El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 15
- Inicio
- Todas las novelas
- El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo
- Capítulo 15 - 15 Capítulo 15 La Leyenda de Rocagris
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
15: Capítulo 15: La Leyenda de Rocagris 15: Capítulo 15: La Leyenda de Rocagris (Víktor) El sol nos despertó filtrándose entre las hojas, pintando de dorado el interior de nuestra improvisada tienda.
La noche anterior, el abrazo bajo la luz de nuestra magia nos había sanado más profundamente que cualquier poción.
Despertamos no solo descansados, sino renovados, el eco de la prueba del Djinn ahora era un recuerdo lejano, una cicatriz compartida que nos había hecho más fuertes.
Preparamos un desayuno sencillo con los pescados que las chicas habían conseguido.
El aroma a pescado asado sobre las brasas de la fogata se mezcló con el olor a tierra húmeda del bosque, un festín simple pero profundamente satisfactorio.
Comimos en silencio, disfrutando de la calma, sabiendo que era nuestro último respiro antes de continuar el viaje.
Antes de partir, decidimos explorar un poco el área.
—Este claro se siente…
diferente al bosque cerca de Whitepine —dijo Samara, sus ojos verdes escaneando la vegetación—.
Quizás encontremos ingredientes distintos.
Tenía razón.
Pasamos una hora recolectando juntos.
Mi conexión con la tierra me guio hacia raíces con un pulso energético más frío, más mineral, diferente a las del bosque antiguo.
Samara encontró un tipo de liquen plateado que crecía en las rocas sombrías y que, según dijo, vibraba con una energía protectora.
Diana, ágil como siempre, trepó a los árboles más altos para recoger unas bayas de un color azul profundo que ninguno de nosotros había visto antes.
Guardamos nuestros nuevos hallazgos en los bolsos mágicos, sintiéndonos un poco más preparados para lo desconocido.
Volvimos al coche y retomamos la carretera.
El trayecto a Rocagris fue tranquilo.
El paisaje cambió gradualmente, las colinas suaves dando paso a las estribaciones rocosas de las montañas del norte.
El aire se volvió más fresco, más áspero.
Llegamos a Rocagris al atardecer.
El pueblo estaba enclavado en un valle estrecho, con casas de piedra oscura y tejados inclinados, construidas como si se aferraran a la ladera de la montaña que se cernía sobre ellas.
Columnas de humo ascendían de las chimeneas, y el aire olía a carbón y a pino.
Tenía un aire rudo, de frontera, muy diferente a la pintoresca tranquilidad de Whitepine.
Buscamos un lugar para hospedarnos.
En lugar de una posada concurrida, optamos por rentar una pequeña cabaña de madera en las afueras del pueblo, buscando privacidad y un lugar donde pudiéramos hablar libremente sin oídos curiosos.
Era rústica, pero acogedora, con una chimenea de piedra y vistas directas a la imponente montaña.
Dejamos nuestras cosas y salimos a pasear, a estirar las piernas y a tantear el ambiente del lugar.
Las calles empedradas estaban poco iluminadas, y los pocos lugareños que encontramos nos miraron con una curiosidad reservada, no hostil, pero tampoco abiertamente amistosa.
Eran gente de montaña, acostumbrada a su propio ritmo y a sus propios secretos.
Al llegar a la plaza central, un espacio abierto con una fuente de piedra seca en el centro nos sorprendió encontrar una multitud reunida.
Se arremolinaban alrededor de un pequeño escenario improvisado, donde un grupo de actores aficionados representaba una obra bajo la luz parpadeante de unas antorchas.
La curiosidad nos pudo.
Nos acercamos, abriéndonos paso entre la gente.
La obra era simple, casi infantil en su ejecución, pero la historia que contaba captó nuestra atención de inmediato.
Narraba la reciente aparición de una extraña bestia: el “Terror del Colmillo Gris”.
Un actor vestido con pieles y cuernos exagerados representaba a la bestia.
Según el relato del narrador, era una criatura enorme y acorazada que habitaba en las cumbres más altas de la montaña.
Tenía una piel gruesa como la roca, imposible de perforar, cuernos retorcidos y tentáculos musculosos que brotaban de su lomo.
Su temperamento era brutal, territorial.
—¡Y cuando la bestia baja!
—clamó el narrador, mientras el actor-monstruo rugía y hacía ademanes torpes hacia un par de ovejas de cartón—, ¡arrasa con nuestros rebaños!
¡Se lleva el ganado y deja tras de sí solo el miedo!
La descripción me recordó a las ilustraciones de bestiarios antiguos.
Samara se inclinó hacia mí.
«Es un Gorgolith», proyectó Samara en mi mente, su voz teñida de reconocimiento académico.
«Las leyendas antiguas coinciden con la descripción…
piel como roca, cuernos…
pero los tentáculos en el lomo…
eso es una variante local inusual, o algo peor».
La obra continuó, detallando cómo los turistas ya no se atrevían a hacer excursiones a la cima, cómo las antiguas rutas de pastoreo habían sido abandonadas por miedo a ser devorados.
El “Colmillo Gris”, el pico donde se suponía que estaba el túmulo del Coleccionista, era ahora territorio prohibido, el dominio del monstruo.
—Quizás por eso el túmulo está abandonado —dijo Diana en voz baja, uniéndose a nuestro pensamiento silencioso—.
Por lo peligroso del camino.
Nos miramos los tres.
La misión acababa de volverse más complicada.
No solo teníamos que enfrentarnos a un Coleccionista de Magias y a sus posibles seguidores.
Primero, tendríamos que lidiar con el monstruo local.
La obra terminó con el “héroe” del pueblo ahuyentando a la bestia con una antorcha encendida (un final claramente optimista para tranquilizar a la audiencia).
La multitud aplaudió con más alivio que entusiasmo.
Nos alejamos de la plaza, el relato de la criatura resonando en nuestras mentes.
—Bueno —dijo Diana, tratando de aligerar el ambiente—, al menos sabemos que tendremos algo de acción antes de llegar al jefe final.
Samara sonrió, pero su mirada estaba fija en la silueta oscura de la montaña que se recortaba contra el cielo nocturno.
—No subestimemos las leyendas locales, Diana —advirtió—.
A veces, los monstruos de los cuentos son más reales de lo que pensamos.
Regresamos a la cabaña en un silencio cargado.
El aire fresco de la montaña, que antes parecía vigorizante, ahora se sentía pesado, lleno de una amenaza invisible.
Encendimos la chimenea, pero el fuego no lograba disipar del todo el frío.
Nos sentamos, observando las llamas danzar, cada uno perdido en sus pensamientos.
Nuestro breve descanso en Rocagris acababa de convertirse en la tensa antesala de nuestro próximo desafío.
Ya no solo nos esperaba el Coleccionista en la cima; el camino mismo estaba custodiado por una bestia de piedra y sombra.
La montaña nos observaba desde la oscuridad, y por primera vez, sentí la verdadera magnitud de la prueba que teníamos por delante.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com