El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - 16 Capítulo 16 El frio de la montaña
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16: Capítulo 16: El frio de la montaña 16: Capítulo 16: El frio de la montaña (Víktor) La mañana en Rocagris nos encontró en la cabaña rústica, el sol apenas asomándose sobre la imponente silueta del Colmillo Gris.
La sombra del Gorgolith parecía cernirse sobre nosotros, un peso invisible en el aire fresco de la montaña.
Pero incluso bajo esa tensión, nuestra rutina persistía, un ancla de normalidad en medio de lo extraordinario.
El baño fue más silencioso que el día anterior, el vapor mezclándose con nuestros pensamientos concentrados.
Hubo caricias suaves, besos robados, pero también una corriente subterránea de preparación, de enfoque.
Después, desayunamos con calma, pescado frito acompañado con bayas del bosque, una delicia salvaje y reconfortante que no podrías encontrar ni en la cafetería de una universidad mágica.
La fogata proporcionaba un ligero calor en la cabaña mientras nosotros nos sentamos a su alrededor, repasando mentalmente los desafíos que nos esperaban.
Una vez listos, extendimos nuestras provisiones sobre la mesa de madera tosca.
Era hora de planificar.
—Un Gorgolith —dijo Samara, su voz metódica cortando el silencio—.
Las leyendas lo describen como una criatura de piedra viva.
Lento, pero increíblemente resistente.
Vulnerable solo a magia de conmoción muy potente o a ataques precisos en sus uniones, si es que las tiene.
—Y tentáculos —añadió Diana, estremeciéndose—.
La obra mencionaba tentáculos en el lomo.
Eso no está en los bestiarios habituales.
Podrían ser un arma, o quizás un punto débil si son menos acorazados.
Abrimos nuestros bolsos mágicos, el acceso a nuestro arsenal compartido.
Revisamos nuestro inventario, ahora compartido en tres bolsos idénticos gracias a Ványar.
Era impresionante ver cuánto habíamos logrado crear bajo la tutela de Thörne, pero frente a una criatura de piedra viva, ¿sería suficiente?
La duda era una sombra fría.
Repasamos las pociones y granadas que habíamos creado.
—La Bomba Sónica podría desorientarlo, si es que tiene oídos sensibles a esas frecuencias —sugirió Samara, sosteniendo una de las esferas que zumbaban suavemente.
—Y la Esquirla de Hielo —añadí, pensando en la descripción de su piel rocosa—.
Quizás no lo congele del todo, pero podría volver quebradizas algunas partes, crear una fisura para un golpe.
Diana tomó una de las Bombas Pegajosas.
—¿Creen que esto funcione contra la piedra?
En caso de que no logremos inmovilizar esos tentáculos…
—Vale la pena intentarlo —concluyó Samara—.
Y llevaremos doble ración de Pociones de Sanación.
Por si acaso.
Nos sentimos listos, o al menos, tan listos como podíamos estar, quizá un poco cortos de comida, pero podríamos racionarla.
Guardamos nuestro arsenal, aseguramos la cabaña y salimos, iniciando nuestro camino.
Cruzamos el pueblo, que apenas despertaba.
El humo de las chimeneas se elevaba perezosamente hacia el cielo claro, y el aire olía a leña quemada y a nieve lejana de las cumbres.
Llegamos al inicio del sendero que ascendía en zigzag por la montaña, un camino de tierra y roca que se perdía rápidamente en la densidad del bosque al pie del Colmillo Gris No era el más directo, pero si el mas seguro.
Justo allí, junto a un viejo cobertizo de madera del que salía un olor penetrante a cuero, un hombre nos observaba.
Era un habitante del pueblo, de rostro curtido por el viento y manos callosas, vestido con gruesas pieles.
Olía a humo de leña y a algo más, algo salvaje, algo que no lograba identificar.
Sus ojos, aunque astutos, no tenían malicia, solo la pragmática sabiduría de quien conoce la montaña.
—¿Van a subir, forasteros?
—preguntó, su voz áspera como la piedra—.
Van muy ligeros de equipaje para el Colmillo.
El frío allá arriba muerde hasta los huesos, incluso antes de que la bestia lo haga.
Sonreí, un gesto muy ligero.
—Llevamos lo necesario, muchas gracias.
El hombre entrecerró los ojos, evaluándonos.
—Chico, llevan lo necesario para que encuentre sus cuerpos congelados en un par de días.
No subestimen al viejo Colmillo.
Su advertencia fue cruda, pero sincera.
La montaña no perdonaba la arrogancia, y viajar ligero, aunque posible gracias a nuestros bolsos, no nos protegería del viento helado.
Si van a cazar algo en el bosque bajo —dijo, señalando los árboles cercanos—, tráiganme unas cuantas pieles, conserven la carne para ustedes, si regresan antes del anochecer.
Puedo tenerles unos buenos abrigos y pantalones listos para mañana al alba.
El invierno se adelanta este año, el frío puede ser más peligroso que la bestia.
Hizo una pausa, midiendo nuestra reacción.
—Solo pido un leve excedente de piel como pago por mis servicios.
Un par de pieles extra para mí, y tendrán ropa que les salve el pellejo allá arriba.
Créanme, cuando el viento sople por la noche… me lo agradecerán.
Nos miramos los tres.
La oferta era tentadora.
Extremadamente tentadora.
Sabíamos que el ascenso sería brutal, y la idea de llevar ropas cálidas, hechas por alguien que conocía el clima de la montaña, era un lujo que podría marcar la diferencia entre la supervivencia y el desastre.
Pero también significaba un retraso.
La cacería podría durar un día entero en las faldas de la montaña, exponiéndonos, quizás alertando al Gorgolith o a quienquiera que estuviera vigilando el túmulo.
«Un día es mucho tiempo», proyectó Samara en mi mente, su preocupación era una corriente fría.
«Pero morir congelados tampoco es buen plan», respondió Diana, siempre práctica, aunque sentí su propia impaciencia vibrando bajo la lógica.
«Podríamos usar magia evanescente para crear ropa caliente» Insistió Samara «Él tiene mas experiencia, aunque lo haga a mano sabe exactamente lo que se requiere para subir el colmillo, además, nos sirve para ahorrar magia y en todo caso, sería útil ver primero las ropas y después, de ser muy necesario las podemos copiar con magia, además parece un buen hombre, podría necesitar esas pieles extras…si no podemos ayudar a un hombre, tampoco podemos salvar al mundo…¿o sí?
» Replicó Diana con una enorme sonrisa.
Lo pensé detenidamente.
La velocidad del Lycan, la precisión de la Bansheaver, la versatilidad de la Nextherian…
podíamos cazar rápido.
Y la oferta del hombre era justa.
El instinto, esa nueva voz tranquila que había aprendido a escuchar, me dijo que era la decisión correcta.
Prepararse no era cobardía, era estrategia.
Además, el coleccionista nos estaría esperando en la cima, ya sea hoy, mañana o en un mes.
—Aceptamos —dije en voz alta—.
¿Qué tipo de pieles necesita?
El hombre sonrió, mostrando dientes teñidos.
—Lobos, osos…
lo que encuentren.
Pero que sean grandes.
El frío no respeta a los conejos.
Asentí.
—Volveremos antes del anochecer.
Volvimos sobre nuestros pasos un par de metros hasta una saliente del camino que se internaba en un sendero arbolado, alejándonos un poco del pueblo, un kilómetro o dos cuando mucho.
Nos adentramos de nuevo en el bosque, pero esta vez, la caza tenía un propósito diferente.
No era solo por sustento, era por supervivencia.
La montaña nos esperaba, y debíamos estar listos para su abrazo helado.
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