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El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 17

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  4. Capítulo 17 - 17 Capítulo 17 Primer ascenso
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17: Capítulo 17: Primer ascenso 17: Capítulo 17: Primer ascenso (Víktor) Nos adentramos de nuevo en el bosque al pie de la montaña, pero esta vez con un propósito diferente.

La caza por supervivencia tiene una urgencia, una crudeza que la caza por sustento no posee.

Nos movimos como una unidad afinada, el recuerdo de la batalla contra Ványar aún fresco en nuestros músculos y mentes.

«Hay un oso pardo a medio kilómetro al norte», proyecté, sintiendo su pesado andar sobre la tierra húmeda.

«Grande.

Viejo.

Su piel será perfecta».

«Lo veo», respondió Diana al instante, su voz mental nítida y clara.

Desde el cielo, en forma de águila, era nuestros ojos.

«Se mueve hacia el cañón.

Samara, ¿puedes sentir su estado de ánimo?

¿Está alerta?» «Calma…

pero hambriento», respondió Samara, su percepción ahora afinada a los hilos de la vida y la emoción.

«Busca bayas.

Podemos rodearlo».

La caza fue una sinfonía silenciosa.

Diana, alternando entre formas aéreas y terrestres, lo guio sutilmente.

Samara usó su presencia, un susurro calmante en el viento del bosque, para mantenerlo tranquilo.

Yo preparé el terreno, usando mi velocidad para colocar trampas de contención, no letales, asegurándome de que el final fuera rápido y respetuoso.

Repetí el ritual de agradecimiento mientras Diana y Samara preparaban la valiosa piel.

Necesitábamos al menos dos pieles más.

Un par de lobos de montaña nos proporcionaron lo que faltaba.

Fue más rápido de lo que esperaba; nuestra sinergia era aterradora en su eficiencia.

En menos de una hora, la tarea estaba hecha Regresamos al cobertizo del cazador mucho antes de lo previsto.

El hombre salió al oírnos llegar, evaluando las pieles.

—Buen trabajo, forasteros —dijo, asintiendo—.

Pieles fuertes.

Aguantarán el viento del Colmillo.

Mientras hablaba, gotas de agua comenzaron a formarse en su piel.

Sus rasgos se suavizaron, volviéndose acuáticos.

—Sabía que no eran simples humanos —dijo, su voz ahora líquida y resonante—.

Pude sentir la magia en ustedes.

La fuerza de la tierra, el eco del velo…

y el corazón cambiante.

Se reveló ante nosotros.

Su forma se onduló.

Ya no era un cazador.

Era un Nøkk, un espíritu de agua, usualmente usual contra los humanos, pero el, había aprendido a convivir con ellos.

—Mi hogar está allá arriba —dijo, señalando hacia las cumbres—.

Un manantial helado cerca de la cima.

Pero esa bestia…

—El Gorgolith —interrumpió Diana.

El Nøkk parpadeó.

—Sí…

eso.

Ha profanado las aguas altas.

No he podido volver.

Los vi tan decididos a subir, de inmediato supe que eran mi única esperanza.

Denme las pieles.

Y unos minutos.

Entregamos todo.

El Nøkk se deslizó dentro de su taller.

Escuchamos el susurro del agua, el crujido de hielo, el chasquido de cuero siendo moldeado a una velocidad imposible.

A los pocos minutos, emergió con nuestra nueva ropa: abrigos forrados de cuero y pieles, botas de corteza y cuero flexible, guantes y gorros que olían a nieve fresca.

Los atuendos eran tan cálidos como resistentes.

Adecuados para el frio y para la batalla.

—Un regalo.

Una ofrenda para su viaje —dijo—.

Vayan con cuidado.

Nos pusimos las ropas.

Eran increíblemente ligeras, el calor instantáneo.

Aún quedaban varias horas de luz.

—Las noches en la montaña son peligrosas —advirtió el Nøkk—.

El primer gran refugio, el Yelmo de Hierro, está a días de aquí.

Pero si apresuran el paso, conozco un lugar más cercano, un descanso natural que no está en los mapas: una pequeña cueva resguardada tras una cascada congelada.

Podrían alcanzarla antes del anochecer si se dan prisa.

Sigan el sonido del agua que llora.

Agradecimos al espíritu y nos giramos, listos para iniciar el ascenso.

La advertencia del Nøkk resonaba, pero la calidez de sus regalos nos daba una nueva confianza.

La montaña nos esperaba.

El sendero ascendía abruptamente desde el principio.

La tierra suave del bosque dio paso a la roca desnuda y a senderos de cabras apenas marcados.

Al paso de las horas, el aire se volvió más fino, más frío, y el silencio de las alturas reemplazó el murmullo del bosque bajo.

Mis sentidos, ahora permanentemente conectados al pulso de la naturaleza, se deleitaban.

Sentía la historia milenaria grabada en las capas de piedra.

Samara caminaba a mi lado, su respiración acompasada, sus ojos verdes absorbiendo el paisaje con una nueva serenidad.

Ya no buscaba presagios en las sombras; parecía encontrar respuestas en la simple majestuosidad de las montañas.

Diana, como era de esperar, estaba fascinada por la fauna local.

Se detenía cada pocos metros, agachándose para observar una marmota que tomaba el sol en una roca o siguiendo con la mirada el salto imposible de una cabra montesa en un risco lejano.

«¡Miren eso!», proyectó en nuestras mentes, señalando un pequeño pájaro de plumaje azul brillante que revoloteaba cerca.

«Se llama Azulejo Glaciar.

Dicen que su canto puede congelar el rocío».

Hizo un intento de imitar su trino agudo, un sonido extrañamente melodioso que nos hizo sonreír.

Estaba catalogando mentalmente cada criatura, cada habilidad, preparándose.

Encontramos un pequeño parche de flores púrpuras aferradas a una grieta protegida del viento.

Las reconocí de inmediato.

—Flores de Escarcha Silente —dije, acercándome—.

Thörne las mencionó.

Absorben el sonido.

Su esencia podría ser útil para una poción de sigilo o una trampa silenciosa.

Recolectamos algunas con cuidado, guardándolas en nuestros bolsos mágicos.

Mientras lo hacíamos, Samara imitó la voz áspera de Thörne: —«Recuerden, jóvenes: la precisión es la diferencia entre un elixir y una detonación no programada».

Diana soltó una carcajada y respondió con la voz profunda y resonante de Ványar: —«¡Más rápido, señorita Samara, la entropía no espera a los lentos!» Me uní al juego, imitando el tono cansado de Caelum: —«El tiempo es…

irrelevante.

Concéntrense en el flujo».

Las imitaciones eran torpes, pero nos hicieron reír, aligerando la tensión del ascenso.

Era nuestra forma de recordar a nuestros mentores, de llevar un pedazo de ULTIMA con nosotros.

Para no hacer pausas largas, comimos mientras caminábamos: frutas secas y trozos de la carne de jabalí que había cazado, sacados directamente de nuestros universos de bolsillo.

La energía era necesaria; el sol ya comenzaba a descender, pintando las cumbres nevadas de un tono anaranjado y frío.

El tiempo apremiaba.

El sonido llegó primero, un murmullo bajo y constante que crecía con cada paso.

El “agua que llora”, como lo había llamado el Nøkk.

Apresuramos el paso, siguiendo el sonido a través de un terreno cada vez más escarpado.

Pasado el atardecer, finalmente la encontramos.

Oculta en una curva del sendero, una cascada caía desde una cornisa rocosa.

Pero no era agua líquida.

Era una cortina sólida de hielo translúcido, brillando con la última luz del día.

Detrás de ella, apenas visible, se adivinaba la oscura boca de una cueva.

—Ahí está —susurró Samara.

El acceso no era fácil.

Teníamos que pasar a través de la base de la cascada congelada, donde un rocío helado y constante caía como agujas de hielo.

Nos cubrimos lo mejor que pudimos con las capuchas de los abrigos del Nøkk y cruzamos el umbral helado.

El frío era penetrante, robándonos el aliento por un instante

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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