El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 19
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19: Capítulo 19: Vulnerable 19: Capítulo 19: Vulnerable (Diana) Desperté de un sueño pesado, uno de esos donde el agotamiento te guía a la oscuridad.
El frío de la cueva era un zumbido constante, pero la calidez de Víktor a un lado y Samara al otro me habían mantenido a salvo.
Dormimos en nuestro nido de pieles, acurrucados, protegidos del suelo de piedra.
Por la mañana, aún estaba oscuro; la fogata se había reducido a un lecho de brasas anaranjadas que apenas iluminaban la estancia.
Fue un murmuro bajo, casi inaudible, lo que me sacó del todo del sueño.
Abrí los ojos con pereza, adaptándome a la penumbra de la cueva.
Vi la silueta de Samara, sentada, completamente rígida, con la mirada fija en la oscuridad.
—Víktor…
—Siento…
hilos —susurró, y su voz me provocó un escalofrío—.
Muchos.
Se mueven…
un frenesí.
Hilos de vida, pero…
hambrientos.
Víktor ya estaba de pie, silencioso como una sombra.
Se movió hacia la pared de la cueva, su cuerpo tenso y alerta.
—Las paredes —murmuró, su voz era un gruñido grave—.
Hay agujeros.
Me senté de golpe, el cansancio desapareciendo, reemplazado por una oleada de adrenalina fría.
—¿Qué?
¿Agujeros?
—Me froté los ojos, intentando enfocar—.
¿Qué pasa?
¿Son…
marmotas?
—No son marmotas —dijo Víktor.
Y entonces los vi.
Donde antes había roca sólida, ahora había docenas de pequeños agujeros, no más grandes que una pelota, que salpicaban las paredes.
No estaban allí cuando nos dormimos.
Y mientras miraba, horrorizada, algo se movió dentro de uno.
Luego, aparecieron.
No salieron…
Fueron escupidos.
Como si la montaña misma nos estuviera vomitando su veneno.
Horribles goblins.
Decenas de ellos, no, cientos…una plaga.
Criaturas pequeñas, retorcidas, de piel grisácea y ojos brillantes de pura malicia.
Apenas cubiertos con taparrabos raídos, armados con dientes afilados, garras sucias y una hedionda nube de putrefacción que los precedía.
Samara y Víktor reaccionaron al instante.
Samara ya estaba de pie, con su bolso mágico en la mano, un torrente de energía listo para ser liberado.
Víktor rugió, pero no se transformó.
Se plantó frente a nosotras, sus músculos tensándose visiblemente bajo la camisa.
—¡Diana, muévete!
—me gritó.
Fue demasiado tarde.
Un grupo, más inteligente o cobarde que el resto, no había salido por los agujeros del frente.
Habían salido por uno justo detrás de mí.
Antes de que pudiera siquiera respirar la orden de transformación, me cayeron encima como una manada de ratas.
Sentí manos ásperas y frías aferrándose a mis pies y manos, estirándome y aplastándome contra el suelo helado.
Intente gritar, pero otra mano, sucia y pesada, me tapó la boca, metiendo a la fuerza un pedazo de tela sucia que olía a carne podrida y humedad de pantano.
El sabor del asco me llenó la garganta.
Estaba inmovilizada, cada extremidad sometida por el peso y las garras.
El miedo me paralizó, no era solo pánico; era un horror puro, helado, que me cerró el alma.
Mi mente gritaba «¡Oso!
¡Grifo!
¡Algo!», pero mi cuerpo no respondía.
Estaba congelada, completamente desconectada del vínculo mental, silenciada por el terror.
Mientras tanto, el ruido de la pelea principal se alejaba rápidamente, como si las criaturas hubieran logrado llevar a Víktor y Samara hacia un extremo lejano de la cueva.
Los goblins que me sujetaban aprovecharon la distancia.
Empezaron a rodearme, arrastrándome sin piedad al otro extremo, a un rincón oscuro y húmedo cerca de los muros de roca, el mismo lugar de donde seguían surgiendo más de sus compañeros.
Formaron un círculo de caras grotescas, riéndose con sonidos agudos y espeluznantes.
Sentí un dolor punzante cuando algo me rasguñó el brazo.
Luego otro en la pierna, no buscaban herirme, no aún.
Buscaban exponerme Y entonces…
sentí cómo tiraban de mi ropa.
La capa, la camisa y los pantalones secos que nos habíamos puesto.
Oí el sonido de la tela rasgándose.
En un segundo, destrozaron por completo mi abrigo, y rasgaron mis pantalones.
Oí el sonido terrible de la tela rasgándose en tirones cortos y violentos.
En un segundo, destrozaron por completo mi abrigo.
Luego, rasgaron mis pantalones, dejando mi torso y la parte superior de mis muslos expuestos al aire helado de la cueva.
El horror me ahogó.
El frío quemaba mi piel, pero no podía temblar.
Pero eso no fue lo peor…
El asqueroso goblin que me amordazaba me miró con una sonrisa horrible, sus ojos diminutos y brillantes fijos en mis senos, babeaba sobre mí, y su saliva me cayó en la cara.
Y entonces unas manos…
unas manos comenzaron a tocarme.
Asquerosas, frías, invasivas.
Manos que se movían, que apretaban, pellizcaban y exploraban mis senos con una curiosidad sucia y morbosa.
El aliento fétido me llegaba de sus horribles bocas.
Otro par de manos subió entre el suelo y mis muslos, una apretó, rasguñando mi trasero.
Rompiendo un poco mi ropa interior.
Pude ver a uno de esos malditos frente a mí, y algo bajo su taparrabo se movía, una silueta obscena en respuesta al tacto repugnante en mi piel.
Un sentimiento me invadió…
fue…
repulsión pura.
Innumerables palmas se apoderaban de mi piel, provocando mi llanto, un mudo y desesperado sollozo que se ahogaba bajo la tela.
Me encontraba llena de odio y un pánico hirviente cuando sentí que una mano se dirigía a mi entrepierna, penetrando por el tejido roto de mi pantalón con la intención de quitarme la última pieza de ropa interior.
Intenté desesperadamente cerrar las piernas, pero me sujetaban firmemente por los tobillos, así que apreté los muslos con todas mis fuerzas, cada músculo temblando en un vano intento de defensa.
Pero el asalto continuó.
Otro par de manos, sujetando mis rodillas, otro más clavando sus garras en cada muslo…me obligaron a separar…
me obligaron a abrir las piernas.
Sentí el quiebre, la humillación total y absoluta de ser forzada a la exposición.
Fue entonces cuando sentí esa mano, esa asquerosa y sucia mano, en mi intimidad, haciendo a un lado mi ropa interior, preparándose para corromper y degradar mi cuerpo con su invasión.
En ese instante, mi mente se quebró en un solo pensamiento «Se acabó.
Seré solo carne sucia».
Su, risa, esa puta risa triunfal…Ese fue el detonante.
Una ola de asco y terror tan violenta, tan absoluta, recorrió todo mi ser, rompiendo el cerrojo de mi parálisis mental.
No fue un grito físico.
Fue un alarido en el vínculo.
Un grito de puro terror e impotencia que proyecté con cada fibra de mi alma, una súplica desesperada y desgarradora que gritaba en sus mentes: «¡AYUDAAAAAA!
¡POR FAVORRRR AYUDA!».
Víktor y Samara lo sintieron.
El vínculo se encendió como una supernova.
En el mismo instante, escuché un sonido como el de un trueno rompiendo la piedra…
el goblin, el maldito que se preparaba para profanarme…
explotó.
No se desvaneció, explotó.
Un chorro caliente y espeso de su sangre cayó sobre mi cuerpo apenas cubierto por trozos de tela.
El asco, la vergüenza y la impotencia me inundaron, mi cuerpo reaccionó ahora con temblores incontrolables que me sacudían hasta los huesos.
Miré al frente…
Víktor estaba allí.
Había cruzado la cueva en un latido, y ahora estaba sobre mí, en su forma base, pero transformado por la furia.
Su camisa estaba rasgada, la mandíbula apretada hasta el hueso, y la furia ardía en sus ojos inyectados de sangre.
Había concentrado toda la fuerza y velocidad de su linaje Lycan en un solo puño.
No fue una transformación completa, fue una canalización brutal de poder.
Ni siquiera miró a los goblins que seguían atacando a Samara; solo reaccionó a mi dolor.
Fue un solo golpe, un barrido brutal de su brazo, y los goblins que me rodeaban se convirtieron en….… pedazos.
Vi a otros, una parte del grupo que también había tomado turnos para tocarme, intentaron huir de vuelta a los agujeros al ver la masacre.
—¡No escaparán, hijos de perra!
—gritó Samara.
Su voz no era la de la Tejedora; era la de la Banshee desatada, fría, cortante y letal.
Lanzó una de nuestras granadas de hielo.
Las esquirlas estallaron en la boca de los agujeros, y los goblins que huían quedaron clavados a las paredes, congelados al instante en posturas de terror agónico.
Algunos más cayeron petrificados al escuchar el grito puro de Samara.
Víktor, sin compasión alguna, los remató en el suelo con patadas secas.
La furia de mis protectores era el único sonido que quedaba, y yo seguía temblando, inmovilizada, no por el miedo, sino por los restos pegajosos sobre mi piel.
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