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El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 20

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  4. Capítulo 20 - 20 Capítulo 20 Impotencia
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20: Capítulo 20: Impotencia 20: Capítulo 20: Impotencia (Diana) La cueva, nuestro refugio, estaba cubierta de sangre, pedazos de criatura y hielo sucio.

El olor metálico y el hedor de los goblins desmembrados era insoportable.

Pero lo que me destrozó no fue la muerte, fue la suciedad.

El hedor de la malicia en el aire Víktor se giró hacia mí.

Su pecho subía y bajaba, en respiraciones que trataban de calmar la furia y la impotencia que seguía ardiendo en sus ojos.

Yo temblaba incontrolablemente, tratando de cubrirme.

Mis manos aferraban los trozos de tela de mi abrigo, intentando inútilmente ocultar mi cuerpo, sentía repulsión y vergüenza…la sangre de la criatura muerta en mi piel, la viscosidad y el asco que me habían roto.

Él no me tocó.

Ni siquiera intentó limpiar la sangre.

En cambio, se agachó y recogió el trozo de tela más grande que quedaba de mi camisa destrozada, un pedazo que apenas cubría mi torso.

Me ofreció la mano.

Retrocedí.

Me levanté como pude, tratando de mantener cubierto mi cuerpo.

Mi mandíbula tiritaba, y el pánico regresó como una ola de frío.

No había podido transformarme.

Yo, la Nextherian, la que podía ser cualquier cosa, me había congelado.

Víktor me miró, y aunque sus ojos eran furiosos, el vínculo transmitió una única cosa: protección.

Una pared sólida entre mi asco y el mundo.

Entonces, dijo la frase más estúpida, más torpe y más Lycan que pude haber imaginado.

—Tienes razón —dijo, su voz ronca por la adrenalina—.

Me distraen.

Cúbrete.

Me reí.

Fue un sonido histérico, roto, pero fue una risa.

Era el chiste más malo y torpe del mundo, su forma de desviar el horror, de decirme que estaba a salvo sin saber cómo decirlo.

Y lo amé por eso.

Pero la risa se convirtió en rabia.

Una furia que no había sentido nunca.

Una furia que no era mía, sino de las miles de criaturas que me habitaban, las que se negaban a ser tocadas, a ser violadas por el terror.

Mi sangre estaba hirviendo y mi piel se congelaba, la ira descontrolada, inundo mi mente.

«¡Nadie me va a humillar de esta forma!

¡No lo voy a permitir!» La transformación fue un desgarro de dolor y poder, un enorme oso polar…Rugí y me uní a la pelea, aplastando, desgarrando, destrozando hasta el último goblin que quedaba.

Entre los cuerpos caídos, vi el del maldito goblin que me tocó, el cerdo que movió mi ropa interior para tomar mi cuerpo.

Di un pisotón con furia incontrolable en su horrible cara.

Su cabeza explotó como una calabaza.

La batalla duró apenas unos minutos más, fue una masacre total.

No quedó ni uno solo vivo, no quedó ninguno de esos asquerosos goblins completo.

Volví a mi forma base.

Mi ropa regresó, gracias a la magia evanescente, pero aún podía sentir el fantasma de esas manos sobre mi piel.

Ese puto asco.

Samara se acercó, sus brazos abiertos.

—Diana…

Retrocedí, chocando contra la pared de la cueva.

—No.

Su rostro se llenó de dolor, pero no podía.

No podía dejar que me tocara.

—Necesito un momento, Sam —dije, mi voz temblando—.

Por favor…

salgamos de aquí.

No quiero estar un segundo más en esta cueva.

Me dirigí a la salida…ellos, me siguieron en silencio.

Caminamos por horas.

El sol de la mañana me pareció una ofensa, demasiado brillante para el horror que sentía.

Apenas comimos, sacando trozos de carne seca de los bolsos sin detenernos.

La montaña nos miraba, indiferente.

Cuando el sol comenzó a caer, encontramos otra cueva.

Esta era más pequeña, solo un hueco profundo en la roca, pero estaba limpia.

Y vacía.

Por un momento me negué a entrar, los recuerdos seguían demasiado frescos.

Samara encendió una fogata.

Me senté lo más lejos que pude, pero el frío de la montaña me obligó a acercarme.

El silencio era peor que los gritos de los goblins.

Y finalmente, me rompí.

Empecé a llorar.

Sollozos feos, secos, de esos que te sacuden el cuerpo y te roban el aire, que no puedes controlar.

—Me paralicé —confesé, apenas pudiendo hablar.

Los miré.

Sus rostros, apenas iluminados por el resplandor tembloroso del fuego, estaban llenos de una preocupación silenciosa que me hizo sentir peor que cualquier dolor.

—No pude…

no pude ni siquiera intentarlo.

No pude transformarme.

Estaba tan asustada.

Si no me hubieran sentido en el vínculo…

si no hubieran llegado…

esas criaturas…

me habrían…

No pude terminar la frase.

El sollozo se convirtió en un ahogo, en un nudo de horror en mi garganta.

—Diana, no tiene caso pensar en lo que pudo o no haber sucedido —dijo Samara, su voz suave, demasiado calma, intentando guiarme de vuelta a la razón.

—¡Claro que lo tiene, Samara!

—grité, mi voz rota, desgarrada por la rabia y la humillación—.

¿No lo entienden?

¡No pude pelear!

¡Me congelé!

¡Yo no hice nada!

¡Fui un estorbo!

¡Ustedes dos son tan fuertes, tan rápidos, tan increíbles, y yo…

yo solo soy un peso muerto que casi estropea la misión!

…Estarían… estarían mucho mejor sin mí.

Víktor se movió, y pensé que finalmente se rompería y me abrazaría, me diría que todo estaba bien.

Pero no lo hizo.

Simplemente se sentó a mi lado.

Lo vi en su mirada: la misma culpa sin nombre que yo sentía, multiplicada por su propia furia.

Fue la misma expresión que tenía yo cuando lo vi roto en la azotea de ÚLTIMA: la impotencia absoluta.

—Te fallé —su voz, grave y profunda, no se dirigía a mí, sino a las brasas, a la oscuridad de la cueva—.

Cuando por fin sentí tu grito en el vínculo, Diana…fue tarde.

Estaba peleando con mi rabia en el otro extremo de la cueva mientras un sucio animal te tocaba.

No noté la maniobra.

No fui lo suficientemente rápido.

Me miró entonces, y en sus ojos inyectados de sangre, no había amor, sino una tortura evidente.

—Casi permito que te mancillen.

Casi permito que te roben algo que yo, como tu protector, debía resguardar.

Mi fuerza no sirvió de nada porque no estuvo donde debía estar.

Si esa cosa te hubiera…

—Se interrumpió, incapaz de nombrar el horror, su mandíbula apretándose hasta que el hueso crujió—.

Contigo cerca soy más fuerte, Diana.

Pero sin ti, no soy nada más que un arma ciega.

No podría enfrentar esta montaña sin ti.

Samara se arrodilló, acercándose, pero, como Víktor, respetó el espacio que el trauma había puesto entre nosotros.

—Es verdad, Diana —dijo, su voz recuperando la firmeza—.

Nos necesitamos.

Los tres.

Cualquiera de nosotros puede tener un momento de quiebre.

Tuvimos suerte, sí, pero sobrevivimos por el vínculo.

Mañana podría ser mi voz la que se rompa, o la de Víktor la que se quede paralizada por la rabia.

—No eres un estorbo, eres nuestro cimiento —finalizó Samara.

Los miré.

Mi Lycan…

Mi Bansheaver…

Mi familia.

Sus palabras no eran de lástima ni de consuelo vacío; eran hechos brutales, anclados en su propia culpa y necesidad.

Me limpié la cara con la manga sucia, sintiendo el raspón seco de la sangre.

—No volveré a fallar —dije, mi voz ronca por el llanto, pero ahora firme, dura como la piedra—.

Yo…

yo también quiero…

ser capaz de protegerlos.

Quiero ser digna de su fuerza.

—Solo, denme un momento por favor —dije, cerrando los ojos.

La ira y el dolor seguían ardiendo, pero ahora, el fuego tenía un nuevo propósito.

Ellos lo entendieron.

Sin una sola pregunta más, se levantaron en un silencio cargado de promesas.

Salieron de la cueva y se quedaron firmes en la entrada, como dos centinelas de piedra, bloqueando la oscuridad, bloqueando el mundo.

Yo utilicé mi hidromancia para volver líquida la nieve que cubría una pequeña pared.

Necesitaba borrar la sensación, borrar el contacto.

Desvanecí mis ropas, mi propia piel me causaba una repulsión violenta.

Me bañé como pude, raspando la mugre de la cueva con unas hojas y raíces que encontré en el suelo.

El agua helada, convertida en un chorro gélido, me quemaba la piel, un dolor limpio que intentaba desplazar la suciedad interna.

Pero ni siquiera el frío cortante y el dolor físico podían borrar la sensación de las pequeñas y repugnantes manos de los malditos goblins.

Las restregué una y otra vez, tratando de lijar la memoria de ese toque.

Cuando sentí que, físicamente, no podría quedar más limpia, utilicé mis poderes para tejer una ropa nueva y simple sobre mi cuerpo, seca y sin historia.

El llanto se había ido.

Solo quedaba el agotamiento, un cansancio que no era físico, sino del alma, que me llegaba hasta los huesos.

La furia había cedido, dejando un vacío helado.

—Chicos, se van a congelar allá afuera y.…no quiero estar sola más tiempo.

—Mi voz era apenas un susurro roto, una admisión de debilidad que no me importaba—.

Solo…

Necesito dormir.

Me recosté en el lecho de pieles, no buscando calor, sino la simple presencia de mi familia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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