El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 Capítulo 21 Sanar y seguir
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21: Capítulo 21: Sanar y seguir 21: Capítulo 21: Sanar y seguir (Diana) Ellos volvieron a entrar.
Samara se movió con la delicadeza silenciosa de una enfermera, reavivando la fogata para que el calor llenara el pequeño recodo, secando la humedad que se había acumulado.
Víktor se sentó a mi lado, sus músculos tensos, su aura de Lycan tranquila y fuerte, el muro inquebrantable que yo necesitaba.
Me miraban en silencio.
Ya no había lástima, ese veneno silencioso.
Había una comprensión profunda, una aceptación que solo el vínculo inquebrantable que nos unía podía ofrecer.
El agotamiento nos venció a los tres.
Víktor no se quedó vigilando; el peligro se había ido, y nuestra prioridad era el descanso.
El sueño nos ganó.
Pasamos el día siguiente en las cercanías de esa cueva, tratando de construir una burbuja de normalidad, un santuario temporal contra el horror de la noche anterior.
El silencio que quedaba no era el vacío de la Soledad, sino un silencio compartido, un espacio sagrado para sanar.
El aire se sentía menos pesado, pero la cueva todavía olía a ceniza y a una leve, persistente fetidez que mi mente no podía ignorar.
Salimos a recolectar ramas secas para la noche, pero la tarea trivial se sentía como una prueba.
Me moví como un autómata, mis ojos buscando en cada sombra, cada hueco en la roca, buscando la silueta retorcida de un goblin que sabía que no estaba allí.
El miedo era ahora una segunda piel, un velo que distorsionaba la luz del día.
Cada crujido de la nieve, cada sonido del viento me hacía tensar los hombros y prepararme para la transformación que la noche anterior me había negado.
Víktor percibía mi tensión; podía sentir su paciencia y su vigilancia a través del vínculo.
No me presionó, pero cada paso que daba era medido, como si temiera que yo colapsara.
Mientras Víktor usaba su Geomancia para probar la estabilidad de las rocas alrededor de nuestro campamento improvisado, asegurando que no hubiera entradas ocultas, Samara se acercó a mí.
Me tendió una porción de carne seca, el gesto maternal y práctico de la Bansheaver.
No vamos a ir a ninguna parte hoy —dijo, su voz tranquila y firme, la voz de la sanadora—.
Esta cueva es nuestra por ahora.
No hay prisa, Diana.
Solo… come.
El acto de comer, de masticar, de alimentar mi cuerpo aún se sentía como una transgresión, como si la carne que ingería fuera indigna.
Pero el hambre era real, un recordatorio biológico de que, a pesar de todo, estaba viva.
—Samara… ¿Cómo… cómo hiciste para no sentir asco?
—pregunté, mi voz apenas un susurro que luchaba por salir.
Me refería al hedor, a la sangre espesa de las criaturas que nos había cubierto en la cueva, al horror que ella había visto.
Ella me miró, y vi la honestidad total en sus ojos plateados.
No había heroísmo, solo una estrategia fría y humana.
—El asco se siente —respondió—.
Pero la Bansheaver me ha enseñado que el control no es la ausencia de sentimiento; es la elección de lo que permites que te dirija en el momento crucial.
Yo elegí el foco.
Me enfoqué en la luz plateada de tu grito en el vínculo, en la furia de Víktor.
No había espacio para otra cosa.
—Yo no elegí —murmuré, mirando mis manos, sintiéndolas sucias de nuevo—.
Me paralicé.
Fui inútil.
—No eres inútil, Diana.
Eres el pegamento que mantiene esta unión estable —intervino Víktor, sin mirarme, golpeando una rama con la suela de su bota para quitarle la nieve.
Su voz era grave, sin rastro de la culpa que lo había torturado la noche anterior—.
¿Quién le dijo a Samara que la pérdida se había transformado en poder?
Tú.
¿Quién encontró la estrategia final contra Ványar?
Tú.
Eres nuestro ingenio, nuestro caos necesario.
Si no existieras, tendríamos que inventarte.
—Pero la misión… el Coleccionista… —dije, la ansiedad regresando como un aguijón.
Sentía la urgencia de seguir.
El tiempo para sanar se sentía como un lujo que no podíamos pagar.
Samara se arrodilló frente a mí, y por primera vez desde el incidente, me miró a los ojos sin la barrera de mi repulsión, forzándome a sostener su mirada.
—La misión no sirve de nada si el vínculo está roto.
Si el lazo entre nosotros se deshilacha, nuestro poder se disuelve.
Y el vínculo es tan fuerte como nuestro miembro más herido —dijo, su mirada era de acero, la de una estratega que no acepta pérdidas innecesarias—.
El Coleccionista quiere nuestro poder total.
Nuestro poder, Diana, nace del vínculo.
—Si te obligamos a seguir ahora, con el asco en tu piel y el miedo en tu mente, él ganará.
Le entregaremos un vínculo inestable, fácil de manipular.
La misión, por ahora, es sanar.
Es una orden táctica.
Sus palabras fueron como una ducha tibia después del baño helado.
Eran hechos que no podía negar.
Eran lógica pura, envuelta en la protección de su amor.
Me eligieron a mí por encima de la meta inmediata.
Me levanté.
Sentí la necesidad imperiosa de hacer algo, de devolverles su fe, de demostrar que estaba luchando por volver.
Caminé hacia Víktor, que seguía en la entrada de la cueva, su figura bloqueando cualquier posible intrusión, la personificación de la seguridad.
Mi corazón latía con fuerza, no de miedo, sino de determinación.
«No es forzado.
No es asqueroso.
Es nuestro», me repetí como un mantra contra la memoria de las garras.
Levanté mi mano temblorosa.
Mi piel estaba limpia, pero la memoria de las manos frías de los goblins seguía ahí.
Extendí mi mano, dudando por un segundo que se sintió eterno, y toqué su espalda.
El contacto fue simple, pero eléctrico.
Era el primer tacto que yo iniciaba desde el ataque, el primer toque de poder, no de pánico.
La espalda de Víktor era pura tensión y músculo, como una armadura.
Debajo de la tela, sentí la calidez profunda de su piel, la fuerza controlada del Lycan.
Él se inmovilizó por un momento, reconociendo el peso simbólico de mi esfuerzo.
Luego, se inclinó ligeramente hacia atrás, aceptando mi toque, permitiendo que yo me aferrara a la estabilidad de su Geomancia.
Era un tacto que decía: Soy fuerte para ti, pero también soy tuyo, y este toque me sana.
Luego caminé hacia Samara, quien nos observaba en silencio, respetando mi proceso, sus ojos llenos de una expectación contenida.
Ella no me dio la mano.
Abrió los brazos, dándome la opción, la elección de la Bansheaver.
La abracé.
El tacto fue diferente, un contraste absoluto con Víktor.
Samara no era roca; era aire contenido.
Su abrazo era suave, pero firme, envolviéndome por completo.
Sentí la fragancia limpia de hierbas y nieve fresca que siempre la acompañaba.
Ella no intentó dominar mi miedo, solo lo envolvió, dándole espacio para respirar sin ahogarme.
Era un tacto que decía: Eres libre de sentir, y yo te sostengo, sin juicio.
El asco no desapareció por completo, pero se hizo pequeño, manejable, relegado a un rincón oscuro de mi mente.
El miedo se convirtió en un eco lejano.
Al recibir su fuerza y su ternura, sentí que reconquistaba mi propia piel.
Mi cuerpo ya no era el objeto de la humillación, sino el templo de su amor y su poder.
Cuando el sol desapareció detrás de la montaña, ya no me sentía avergonzada.
Me sentía necesaria y segura.
Víktor y Samara se hicieron cargo de la guardia nocturna, sentados juntos en la boca de la cueva.
Apagué mis pensamientos y me recosté en el nido de pieles.
Samara se acostó a mi lado.
Me giré hacia ella y, con un gesto que me sorprendió por su audacia, apoyé mi cabeza en su hombro, buscando el ritmo tranquilo de su respiración y el anclaje de su cuerpo.
Cerré los ojos.
La última imagen que vi antes de caer en un sueño profundo y reparador fue a Víktor.
Sentado frente a la entrada, con la Geomancia ardiendo en sus manos.
Nos miró a las dos acurrucadas, y en sus ojos, vi una expresión de profunda paz y orgullo.
Orgulloso de la fuerza con la que habíamos sobrevivido al día.
La misión podía esperar.
Hoy, habíamos enfrentado la batalla de la sanación.
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