El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 Capítulo 22 El Monolito Durmiente
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22: Capítulo 22: El Monolito Durmiente 22: Capítulo 22: El Monolito Durmiente (Samara) La luz pálida del amanecer se filtró en la cueva, despertándonos suavemente.
El calor de Víktor a mi espalda y el peso tranquilo de Diana sorprendentemente acurrucada contra mi costado era todo lo que necesitaba en la quietud de la montaña.
Por un instante, solo existió esa paz, el eco de la noche anterior no era más que un recuerdo ahogado.
Nos levantamos sin prisa, nuestros músculos aun protestando por el esfuerzo del día anterior, pero la promesa del viaje nos impulsaba.
Desayunamos pescados ahumados junto al fuego menguante, el silencio cómodo solo roto por el crepitar de las brasas.
Luego, llegó el momento de vestirnos con las pesadas y cálidas ropas que el Nøkk nos había regalado.
Mientras me ajustaba las botas de corteza flexible, observé a Víktor luchar torpemente con los cordones de su propio abrigo.
—Víktor —dije, mi tono era práctico, pero con un deje de advertencia—.
Necesitamos hablar de estrategia para las noches.
Él levantó la vista, atento.
Diana dejó de trenzar su cabello y nos miró.
—Estos abrigos son maravillosos, pero no podemos depender solo de ellos.
Las noches aquí arriba serán brutales.
Es una necesidad imperiosa encontrar refugios como esta cueva para evitar el frío extremo cada noche.
La tienda de campaña que traemos no resistiría una tormenta invernal aquí arriba.
Miré a Víktor directamente.
—Necesito que te concentres.
Usa tu conexión, siente los elementos.
Quiero que aprendas a identificar “cómo se siente una cueva”, cómo vibra la roca hueca, quizás yo pueda ayudar a sentir cómo el aire fluye diferente en su interior.
Luego miré a Diana.
—Y tú, volando sobre nosotros, puedes ser nuestros ojos.
Busca entradas, fisuras, cualquier cosa que parezca un refugio.
La idea es buscar la forma de dormir bajo techo cada noche.
No podemos permitirnos congelarnos antes de llegar al Coleccionista.
Ambos asintieron, entendiendo la gravedad de la situación.
Terminamos de prepararnos en silencio, el peso de la logística añadiéndose al desafío que ya teníamos por delante.
Salimos de la cueva, dejando atrás nuestro refugio y el mal sabor de una experiencia casi desastrosa, continuamos la ardua caminata.
El ascenso era implacable.
El sendero se volvía cada vez más escarpado, obligándonos a usar las manos para trepar por secciones rocosas.
El aire era fino y cortante, y cada bocanada era un esfuerzo.
Para no hacer pausas largas que nos enfriaran, comíamos durante el camino: puñados de bayas secas, raíces energéticas que Víktor encontraba, o unos cuantos trozos de la carne ahumada de jabalí, sacados directamente de nuestros bolsos mágicos.
No podíamos darnos el lujo de perder más tiempo.
A pesar del esfuerzo, una parte de mí estaba maravillada.
Mi nueva percepción, la habilidad de ver los hilos, transformaba el paisaje.
Veía la energía vital fluyendo por los escasos arbustos que se aferraban a la roca, sentía el pulso lento y antiguo de la montaña bajo mis pies, percibía los tenues hilos grises de pequeños animales que habían perecido en el frío, su esencia volviendo lentamente a la tierra.
Era un tapiz complejo y hermoso, un constante recordatorio del ciclo que ahora entendía de una forma tan íntima.
Fue a media tarde cuando lo vimos.
En una pequeña meseta azotada por el viento, se alzaba una figura de piedra que helaba la sangre.
Era inconfundible.
Asemejaba casi a la perfección la descripción del Gorgolith de la obra de teatro: una silueta masiva y encorvada, con una piel que parecía tallada en granito, protuberancias retorcidas a modo de cuernos y, lo más perturbador, formas serpentinas que se enroscaban en su lomo, inmóviles como la roca misma.
Diana quedó fascinada al instante.
—¡Wow!
¡Es igual que en la obra!
—exclamó, dando un paso hacia la “estatua”—.
¡Mira los detalles, Sam!
Es increíblemente realista.
Pero yo sentí un terror helado recorrerme.
Mis ojos no veían solo piedra.
Veían el hilo.
Un hilo vital, grueso y potente, anclado a la figura, pulsando con una lentitud casi imperceptible, como el latido de una montaña dormida.
—¡Diana, retrocede!
—grité, mi voz aguda por el pánico—.
¡Ahora!
Ella se detuvo, sorprendida por mi tono.
Me miró, confundida.
—Esa “estatua” —expliqué, mi voz temblando ligeramente—.
Está viva.
Puedo ver su hilo vital.
Es la criatura misma.
Al parecer, duerme durante el día, convertida en un monolito invulnerable.
La comprensión golpeó a Diana.
Palideció y retrocedió lentamente hasta ponerse a mi lado y el de Víktor.
Los tres observamos la figura inmóvil, sintiendo su poder latente, su promesa de violencia nocturna.
—Tenemos que alejarnos —dije, mi mente trabajando a toda velocidad—.
Si no nos alejamos lo suficiente y no encontramos un refugio seguro antes del anochecer, tendremos que lidiar con el Terror del Colmillo Gris esta noche.
Víktor asintió, sus ojos fijos en la criatura de piedra.
—Puedo “escanear” la ladera con mi conexión —dijo—.
Buscar caminos ocultos que nos lleven lejos.
Estaba a punto de concentrarse cuando la voz de Diana nos detuvo.
Firme.
Decidida.
—No podemos hacerlo.
Víktor y yo la miramos, sorprendidos.
—Dejar esta criatura libre sería irresponsable —continuó, su mirada encontrando la nuestra con una tenacidad que nunca le había visto—.
No solo se lo debemos al Nøkk.
El pueblo necesita que lo ayudemos.
Esta bestia aterroriza la región.
Se irguió, su pequeña figura emanando una fuerza inesperada.
—Busquemos dónde acampar cerca —ordenó—.
Y preparemos la batalla.
Su valor, su repentina y feroz determinación, me dejó sin aliento.
Víktor la miraba con una mezcla de asombro y profundo orgullo.
Me acerqué a ella y la tomé por los hombros.
—Mi amada Nextherian —dije, mi voz suave pero llena de admiración, antes de besarla en los labios—.
Tu increíble valor y bondad nos van a meter en muchos problemas.
Ella sonrió, una sonrisa valiente que no ocultaba el miedo en sus ojos.
—Pero estoy contigo —continué—.
Debemos ayudar al pueblo.
Debemos lidiar con esta criatura.
Víktor puede preparar el terreno para la batalla.
Tú y yo…
planearemos.
Nos alejamos unos cientos de metros de la estatua durmiente, buscando un lugar resguardado entre las rocas para pasar la noche.
La decisión estaba tomada.
La montaña no solo nos ponía a prueba con su clima; nos enfrentaba a sus monstruos.
Y nosotros no íbamos a retroceder.
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