El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 23
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- Capítulo 23 - 23 Capítulo 23 El Despertar de la Piedra
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23: Capítulo 23: El Despertar de la Piedra 23: Capítulo 23: El Despertar de la Piedra (Samara) La decisión estaba tomada.
La valentía inesperada de Diana, esa chispa de fiera determinación que había surgido de su habitual torbellino de energía, nos había anclado a un propósito que iba más allá de nuestra propia supervivencia.
No podíamos simplemente pasar de largo.
No después de la advertencia del Nøkk, no con la sombra del Coleccionista cerniéndose sobre nosotros.
Nos alejamos del monolito durmiente con una cautela renovada.
Mientras nos movíamos, Víktor y yo colocamos algunas trampas pegajosas en puntos estratégicos del camino, esferas de cristal que se mezclaban con las rocas, esperando.
No teníamos muchas esperanzas de que detuvieran a una criatura de piedra, pero cualquier segundo ganado podría ser crucial.
Exploramos la ladera cercana, buscando un lugar adecuado.
Pronto, encontramos una pequeña meseta rocosa, relativamente plana y despejada, un escenario ideal para la batalla que se avecinaba.
Ofrecía espacio para movernos, pero también estaba rodeada de terreno escarpado.
Y entonces, la vimos.
No muy lejos de la meseta, una estrecha grieta casi invisible se abría en la pared de la montaña.
—Revisemos —dijo Víktor, su instinto siempre alerta.
Nos arrastramos a través de la abertura uno por uno, sintiendo la roca fría rozar nuestros cuerpos.
Al otro lado, la grieta se abría a una cueva sorprendentemente grande, mucho más espaciosa que la que nos había refugiado tras la cascada.
Olía a tierra antigua y a silencio.
Sería nuestro cuartel general, un lugar para planear y, si sobrevivíamos, un refugio donde lamer nuestras heridas.
Desde la entrada de la cueva, observamos de nuevo la meseta.
Al otro lado, un risco caía abruptamente hacia un cañón oscuro.
Calculé la altura.
Suficiente.
—Si la batalla se complica —dije, señalando el precipicio—, arrojarlo por ahí sería una opción.
Quizás no lo mate, pero nos daría tiempo.
Víktor asintió, sus ojos evaluando la distancia y el terreno.
Diana tragó saliva, pero asintió también.
La crudeza de la estrategia era necesaria.
Regresamos a la cueva y nos dedicamos a trazar nuestro plan.
Extendimos un trozo de pergamino en el suelo y comenzamos a dibujar la meseta, marcando posibles puntos de emboscada, rutas de escape.
Revisamos nuestro arsenal en los bolsos mágicos: Bombas Sónicas para desorientar, Esquilarlas de Hielo para intentar quebrar la piedra, Bombas Pegajosas con la esperanza de ralentizarlo, y nuestras Pociones de Sanación.
Víktor usaría su conexión con la tierra para sentir sus movimientos, anticipar sus ataques y, si era posible, usar el terreno en su contra.
Diana sería nuestros ojos y nuestra distracción, usando sus transformaciones para acosarlo desde ángulos inesperados, buscando puntos débiles.
Yo… yo usaría mi nuevo entendimiento, mi habilidad como Tejedora, para buscar su hilo vital, para sentir su intención, y quizás… solo quizás, para encontrar una forma de debilitarlo desde dentro.
Comimos el resto de nuestras provisiones, carne de jabalí y bayas energéticas, preparándonos para estar al cien por ciento en la batalla.
El silencio en la cueva era tenso, pero no había miedo.
Había concentración.
Había unidad.
El atardecer nos regaló un espectáculo de colores amarillos, naranjas y rojizos a través de la estrecha entrada de la cueva.
Un cielo hermoso, casi dolorosamente pacífico, que no parecía ser el preludio de una batalla contra un monstruo de leyenda.
Cuando el último rayo de sol tocó la ladera de la montaña, lo sentimos.
Un temblor bajo nuestros pies, sordo y profundo, seguido de un rugido gutural que pareció hacer vibrar la roca misma.
No fue un sonido animal; fue el despertar de la piedra, el lamento de la montaña cobrando vida.
La criatura había despertado.
Nos miramos.
Era la hora.
Salimos de la cueva con sigilo y corrimos a encender las fogatas improvisadas que habíamos preparado alrededor de la meseta, pequeñas pilas de madera seca rociadas con un acelerante alquímico.
Las llamas brotaron al instante, lanzando una luz parpadeante sobre la roca gris, creando un círculo de luz en la creciente oscuridad.
Necesitábamos luz para esta batalla.
Entonces lo sentimos de nuevo, más cerca esta vez.
La tierra retumbaba con cada paso pesado y arrastrado.
No había sutileza en su avance.
El Terror del Colmillo Gris ya había advertido nuestra presencia y se dirigía directamente hacia nosotros.
A lo lejos, vimos una de nuestras trampas activarse: un destello pegajoso seguido de un rugido de frustración.
—¡Ahora!
—susurró Víktor, preparándose para atacar mientras estaba inmovilizado.
Estábamos a punto de aprovechar el momento, lanzándonos hacia la figura oscura que luchaba contra la sustancia adherente, cuando algo nos detuvo en seco.
Vimos cómo sus patas, o lo que parecían ser sus extremidades inferiores, se ponían al rojo vivo, un brillo intenso como el de metal en una forja.
El material pegajoso chisporroteó, humeó y se derritió bajo el calor imposible, liberando al monstruo al instante.
Un escalofrío me recorrió.
—Eso…
eso no viene en los libros —murmuré, aterrada.
Ninguna leyenda mencionaba tal habilidad.
Diana, a mi lado, jadeó.
—El Coleccionista…
—susurró, y supe que pensábamos lo mismo—.
Si ese tipo colecciona magias raras, puede que también coleccione criaturas raras.
Este Gorgolith es único.
Seguro que el Coleccionista lo trajo a la montaña.
Aún no terminábamos de hablar cuando el monolito viviente empezó a correr hacia nosotros.
“Correr” no era la palabra adecuada.
Era una carga pesada, implacable, el sonido de toneladas de roca golpeando la tierra a una velocidad aterradora.
La luz de nuestras fogatas finalmente lo iluminó por completo.
Era peor que en la obra.
Más grande.
Más antiguo.
Y sus ojos, dos puntos de magma incandescente, estaban fijos en nosotros.
La batalla por el Colmillo Gris acababa de comenzar.
Y ya estábamos en desventaja.
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