El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 26
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- Capítulo 26 - 26 Capítulo 26 El Hilo Roto
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26: Capítulo 26: El Hilo Roto 26: Capítulo 26: El Hilo Roto (Samara) Diana y yo miramos aterradas el cuerpo inerte y el charco de sangre en el que yacía Víktor, inmóvil bajo la fría luz de la luna.
El mundo se detuvo.
El rugido del Gorgolith, el viento de la montaña…
todo desapareció.
Solo existía esa imagen.
El silencio.
Y la certeza helada de que lo habíamos perdido.
Mi universo se contrajo a ese único punto de horror.
El sonido, el aire, el frío… todo dejó de existir.
Solo estaba él, roto, sangrando sobre la piedra helada.
Mi Lycan.
Nuestro Víktor.
Un grito mudo se atoró en mi garganta, un lamento que no encontró voz, solo un vacío desgarrador.
Pero entonces, algo parpadeó en la periferia de mi conciencia.
Débil.
Casi apagado.
Una voz, tenue, apenas un susurro que luchaba por cruzar la estática del dolor inundó el vínculo.
«Un…
un mi…
un minuto, chicas…» La voz de Víktor, quebrada, agonizante.
«Tengo…
p.… p.… pociones…
Acábenlo…» La conexión se cortó de golpe.
Vi, como si estuviera a cámara lenta, cómo su forma de Lycan se disolvía, la energía roja parpadeando antes de extinguirse, dejando atrás solo su forma base, desnudo y expuesto al frío implacable, herido de muerte.
La herida de la lanza de piedra era una imagen grotesca en su costado.
El shock se rompió.
Y fue reemplazado por algo más.
Algo primario.
Una ira antinatural invadió a Diana como nunca la había visto.
Un rugido que no era de oso ni de grifo, sino de pura furia Nextherian, brotó de su garganta.
Se lanzó hacia el Gorgolith con una velocidad suicida.
Olvidó las tácticas, olvidó el plan.
Solo había golpes.
Impactos terroríficos con la fuerza combinada de todas las bestias que habitaban en su alma, lloviendo sobre la cabeza de piedra del monstruo.
Sorprendentemente, sus golpes tuvieron efecto, provocaban grietas en la bestia.
El Gorgolith retrocedió, aturdido por la ferocidad del ataque, sacudiendo la cabeza como si intentara quitarse de encima a un insecto furioso.
Diana lo llevaba hacia atrás, paso a paso, alejándola de Víktor.
Yo parecía seguir petrificada, anclada al suelo junto a nuestro amor caído.
Pero mi inmovilidad no era parálisis.
Era concentración pura.
Mientras Diana compraba tiempo con su furia ciega, yo me sumergí en mi interior, buscando la calma, la precisión de la Tejedora.
Tenía que encontrarlo.
Tenía que detenerlo.
Buscaba el hilo de la vida del animal.
Aparté el miedo, el dolor, la desesperación.
Solo existía el tapiz.
Y allí estaba.
Un hilo grueso, de un gris opaco, anclado a la forma de piedra.
Pulsaba con una lentitud antinatural, casi geológica.
No como el hilo brillante de un ser vivo normal.
Ni siquiera parpadeaba.
Era constante, implacable.
Su fuerza parecía inagotable.
Intenté tomar el hilo con mis manos etéreas, canalizar mi empatía, mi nuevo entendimiento de la vida.
Pero era como intentar agarrar humo.
Parecía incorpóreo a mi tacto normal.
Frustrante.
Impenetrable.
Entonces, hice lo impensable.
Lo que la Dama me había advertido no hacer a la ligera.
Invoqué mi magia espectral.
No solo la energía que manipulaba, sino la que era yo.
Sentí el tirón helado en mi propia esencia, esa que no es solo motor sino medidor de mi propia vida, al canalizarla hacia mis manos.
Al hacerlo, vi con mayor claridad el hilo de la vida del Gorgolith.
Ya no era solo una línea gris.
Era una estructura compleja, densa, como una cadena de acero reforzada, tejida con la magia oscura del Coleccionista y la terquedad de la piedra misma.
Con una calma ajena a la realidad, una frialdad nacida de la necesidad absoluta, logré tomar el hilo en mis manos espectrales.
Era pesado.
Frío.
Vibraba con una resistencia maligna.
Ignoré el coste que sentía en mi propia alma y comencé a estrujarlo, a manipularlo con violencia.
La criatura se retorció de inmediato.
Soltó un rugido diferente, uno cargado de dolor genuino.
Sus tentáculos se agitaron sin dirección, abriendo flanco para los golpes incesantes de Diana, que seguía atacando con la tenacidad de una loba defendiendo a su cachorro.
Necesitaba más.
Necesitaba terminarlo.
«Cueste lo que cueste», recordé las palabras de Víktor, su determinación resonando en mi mente.
Apreté los dientes, invoqué más magia espectral en mis manos, sintiendo cómo mi propia luz interior menguaba, y con un último esfuerzo desgarrador, torcí el hilo.
Lo estiré hasta su límite.
Y lo rompí por completo.
Un chasquido silencioso resonó en el plano etéreo.
En ese instante, la criatura se irguió sobre sus patas traseras, su cuerpo de piedra temblando.
Soltó un último gruñido, no de furia, sino de dolor, ira y terror puros.
Un sonido que parecía rasgar el velo entre mundos.
Un golpe certero de Diana en el pecho expuesto de la criatura fue todo lo que hizo falta.
El Gorgolith perdió el equilibrio y cayó hacia atrás, por el borde del risco.
Observé, sin aliento, cómo durante la caída, el brillo opaco de los trozos de hilo se apagó por completo.
La criatura se convirtió en una piedra inerte en pleno vuelo y, al impactar contra las rocas del fondo del cañón, se hizo añicos con un estruendo que hizo eco en toda la montaña.
El estruendo fue seguido por un silencio.
Habíamos ganado.
Pero ¿a qué precio?
Diana perdió la forma del Grifo en el instante en que el Gorgolith cayó.
Se tambaleó, apenas tenía fuerzas para mantenerse en pie.
Su cuerpo temblaba por el agotamiento y la adrenalina.
No pudo invocar la magia evanescente para cubrirse.
Corrí hacia ella y la arropé con las pieles de oso que aún había en los bolsos mágicos.
Yo también retomé mi forma base.
El atuendo del Nøkk no se había dañado.
Mi esencia de Tejedora era menos volátil que la transformación de Diana.
Entonces, nuestros ojos se encontraron y nos devolvió a ese terrible momento.
Corrimos hacia Víktor.
Esperábamos verlo sentado, quizás bebiendo la poción, maldiciendo su estupidez.
Pero al llegar…
su cuerpo estaba inerte.
El frasco de poción de curación, lleno aún, yacía en su mano abierta.
Su forma base había sucumbido antes de poder beberla.
Diana se arrodilló junto a él en una histeria frenética.
Sollozos desgarradores sacudían su cuerpo.
Tomó el vial y, con manos temblorosas, vertió la poción en la boca de Víktor, forzándolo a tragar.
Esperamos.
Un segundo.
Diez.
Treinta.
Nada.
El llanto me venció.
Quería gritar, quería maldecir, quería desgarrar el mundo.
Pero ningún sonido salía.
No podía articular.
Así que hice lo único que podía.
Cerré los ojos y proyecté un pensamiento funesto en la mente de Diana, una verdad helada que ninguna de las dos quería aceptar.
«Se fue…
el hilo…
está roto.
No brilla».
Diana me miró.
Sus ojos, normalmente llenos de vida y travesura, eran ahora un vacío insondable.
Entendió.
Nos abrazamos allí mismo, junto al cuerpo sin vida de nuestro amor, bajo la mirada indiferente de la luna.
Un abrazo histérico que no daba consuelo ni mitigaba el dolor.
Solo confirmaba la terrible verdad.
Estábamos solas.
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