El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 27
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27: Capítulo 27: Resignación 27: Capítulo 27: Resignación (Diana) El frío de la montaña se coló por debajo de las pieles que me cubrían, pero no era nada comparado con el hielo que se había instalado en mi corazón.
Samara temblaba entre mis brazos, no de frío, sino de una desesperación tan profunda que amenazaba con quebrarla.
De repente, Samara, aún aferrada a mi cuerpo, se sentía inquieta.
Se separó bruscamente, sus ojos verdes, desorbitados, buscaban algo frenéticamente en el aire, en el suelo, en la nada.
La solté por un momento y la vi, perdida, como si estuviera sintonizando una frecuencia que solo ella podía oír.
Sus ojos se movían en todas direcciones, siguiendo hilos invisibles que yo no podía percibir.
—Sam.… me asustas —susurré, mi voz apenas un hilo.
Ella pareció no oírme al principio.
Luego, su mirada se encontró con la mía, vacía y llena de pánico.
—Perdona, Diana —dijo, su voz rota—.
No puedo aceptar que Víktor no esté.
Su hilo está roto, pero… no se ha desvanecido del todo.
Estoy buscando cada fragmento, busco su voz en el vínculo, su esencia en el plano astral… pero no lo encuentro.
No lo veo, Diana.
No está.
Cada palabra era un golpe.
Mi corazón estaba hecho trizas.
Yo tampoco quería perderlo.
Y Sam, mi hermosa Sam… cuánta pérdida ha vivido.
La Madre Banshee, Alun’diel… y ahora Víktor.
No es justo.
Nada de esto es justo.
Las lágrimas volvieron a brotar, calientes contra mi piel fría.
Teníamos que hacer algo.
No podíamos quedarnos aquí, expuestas, con él… así.
—Llevémoslo a la cueva, Samara —dije entre lágrimas, la voz casi ahogada por el nudo en mi garganta—.
Estará… estará a salvo allí.
Samara golpeó el suelo con fuerza, un puñetazo sordo contra la roca helada.
—¡No lo encuentro!
—dijo apenas, un gemido de pura frustración.
Se levantó, su cuerpo temblando, pero con una nueva y sombría determinación.
Entre ambas, envolvimos el frío cuerpo de Víktor en más pieles.
Pesaba.
Pesaba tanto… o quizás era el peso de nuestra pena lo que hacía que arrastrarlo los pocos metros hasta la cueva se sintiera como una tarea imposible.
Dentro, preparamos un fuego nuevo.
Las llamas danzaron, arrojando sombras sobre el rostro pálido e inmóvil de Víktor.
El calor llegaba a la piel, pero no al alma.
Nos sentamos a su lado, observando, esperando contra toda esperanza que se levantara, un susurro, algo… Nada.
El silencio se estiró, denso y sofocante.
—¿Y ahora qué?
—preguntó Samara, su voz vacía, resonando dolorosamente en la quietud de la cueva.
La pregunta me rompió.
¿Qué sigue?
¿Cómo seguimos?
¿Cómo volvemos?
¿Qué hacemos sin él?
Sin nuestra ancla.
Sin nuestro Lycan.
Sin nuestro Víktor.
No respondí.
No había respuesta ni palabras que pudieran llenar el abismo que se había abierto ante nosotras.
Solo miré el fuego, dejando que las llamas hipnóticas consumieran mis pensamientos, hasta caer dormida por el peso del cansancio y el dolor en el alma.
(Samara) Ví cómo el cuerpo de Víktor yacía inerte.
Sentí la rabia ascender, pero no dejé que se convirtiera en un grito.
Diana no se rindió.
Vi la misma determinación gélida en sus ojos.
Ella se arrodilló al lado opuesto del cuerpo de Víktor.
—No vamos a dejarlo ir —dijo con la voz ronca, sin mirarme.
Asentí.
Juntas hicimos guardia solemne.
El silencio de la cueva estaba cargado de dolor y la promesa inquebrantable que nos unía.
Ella colocó ambas manos sobre el costado roto de Víktor.
Su magia sanadora, se manifestó apenas como un leve brillo verde, una pálida súplica.
Ella estaba intentando sellar el daño interno, reparar el cuerpo en su forma base tanto como fuera posible, antes de que la corrupción del Gorgolith se instalara de forma permanente.
Vi cómo sus cejas se fruncían por el esfuerzo.
El cuerpo de Víktor permanecía inerte, frío, sin responder.
No había respuesta, la magia se disolvía, sin chispa vital que encender.
Pero Diana no se detuvo.
Siguió vertiendo su esencia, en un cuerpo que no la tomaba.
Ella vació su reserva de magia hasta que sus manos temblaron y se retiró con un gemido, cayendo rendida al cansancio y al dolor.
Sus lágrimas secas formaban surcos en sus mejillas sucias.
Esconder nuestra magia ya no era prioridad.
Usé la magia evanescente para cubrir el cuerpo rendido de Diana, recreando el atuendo del Nøkk.
Me quedé junto a Víktor, velando su cuerpo, como haciendo guardia, cuidando su alma dondequiera que estuviese ahora.
Puse mi mano en su pecho frío.
No había calor.
No había movimiento.
«No late», pensé, y la constatación fue un golpe físico.
Pero no podía rendirme.
Seguí buscando el hilo.
Los fragmentos estaban dispersos, débiles, casi invisibles incluso para mi percepción de Tejedora.
Con una paciencia nacida de la desesperación, comencé a reunirlos.
Soy Tejedora.
Si puedo romper, puedo enmendar.
Una determinación fría se asentó en mí.
Usaré todo el poder, toda la magia espectral que sea necesaria.
Debo traerlo de regreso.
No era una petición.
Era un juramento.
Limpié las lágrimas de mi rostro con furia y me concentré.
Dejé que mi forma base se disolviera.
Me convertí en Bansheaver.
No hubo terror, ni grito.
Solo paz, calma, sin frío.
Solo el cambio.
El poder ancestral fluyó a través de mí, frío y antiguo.
Pasé la noche entera enmendando el hilo.
Era un trabajo arduo, minucioso.
Cada fragmento era esquivo, cada unión requería una cantidad inmensa de mi propia esencia.
Canalicé mi magia, mi vida misma, en mis manos espectrales para poder manipular la delicada estructura de su alma rota.
Sentía cómo mi propia luz menguaba con cada hebra que reconectaba, pero no me detuve.
Vida por vida.
Era el único trato que la magia entendería.
Al amanecer, cuando los primeros rayos de sol tiñeron de gris la entrada de la cueva, lo había logrado.
El hilo estaba remendado por completo, una línea continua pero opaca, sin brillo.
Había agotado una buena parte de mi reserva espectral, pero él seguía sin volver.
La esperanza se resquebrajó, dejando solo un vacío helado.
Volví a mi forma base, cayendo de rodillas junto a él, exhausta.
El esfuerzo me pasó factura.
Diana despertó con el ruido y, al verme, entendió lo que había pasado.
No necesitaba palabras.
Una parte de mi cabello, casi toda la mitad izquierda, no volvió al tono castaño oscuro, sino que permaneció de un blanco plateado, una clara marca del precio que había pagado por la magia.
Vida por vida.
Pero, fue en vano, Víktor aún no estaba ahí.
Diana me abrazó.
Y entonces me rompí.
Lloré desconsolada en su hombro, aferrada a su cuerpo, dejando salir todo el dolor, la frustración, la desesperación.
—No quiero… no puedo… —balbuceaba, las palabras ahogadas por los sollozos.
Diana solo acariciaba mi cabello, sosteniéndome, ella también bañada en lágrimas, pero haciéndose la fuerte por mí.
En ese abrazo silencioso, lo entendimos.
Durante la batalla, Víktor no fue solo la fuerza de la espada, sino también el escudo.
Nos protegió a cada instante, absorbiendo los golpes, desviando los ataques.
Diana y yo salimos casi intactas del encuentro gracias a él.
Su sacrificio había sido consciente.
La voz de Diana, suave pero firme, me volvió al momento.
—Debemos seguir, Sam.
El Coleccionista es un peligro para todo el mundo.
Cuando terminemos con él, volvemos por Víktor para llevarlo a casa.
Sus palabras eran lógicas, necesarias.
Pero mi corazón se rebelaba.
—No estoy lista para dejarlo —susurré—.
Sé lo que debemos hacer, pero no puedo despedirme aún.
Diana guardó silencio y se quedó mirando el fuego.
Yo no podía separar la vista del cuerpo de Víktor, recordando su sonrisa torcida, el calor de su mano, la forma en que sus ojos se iluminaban cuando nos miraba.
Cada instante vivido a su lado era una tortura y un tesoro.
Ambas nos quedamos en silencio, mirando el fuego.
No teníamos apetito para desayunar.
Solo existía el dolor y la quietud de la cueva.
Después de un momento, respiré hondo, reuniendo los pedazos de mi voluntad.
Víktor nos había pedido que acabáramos con el Gorgolith.
Nos había pedido que siguiéramos.
—Es hora de partir, Diana —dije, mi voz apenas un susurro—.
Tienes razón.
Víktor dijo «cueste lo que cueste».
Debemos terminar la misión.
Ambas nos arrodillamos a los costados de su cuerpo.
Pusimos la mano sobre su pecho frío e inerte.
Y nos despedimos en silencio, una promesa muda de volver por él, una despedida que se sentía como una traición… Sabíamos que él, lo habría querido así.
—Me debes un baile— Dijo Diana.
—Abraza a Alun’diel por mi— Susurré —Te amo Víktor.
En ese momento, el pecho de Diana y el mío brillaron con un dorado intenso.
Una calidez familiar nos envolvió, emanando no de nosotras, sino a través de nosotras.
Y una voz, que no era ni mía ni de Diana, resonó clara y serena en nuestro vínculo, un susurro lleno de amor y promesa: «Yo lo cuidaré».
El fulgor dorado abandono nuestros cuerpos y se adentró en el corazón de Víktor…Aun nada.
Diana y yo nos miramos, con lágrimas frescas brotando, pero esta vez no eran solo de dolor.
Eran también de asombro, de gratitud.
Alun’diel estaba allí.
Velando por su padre.
Con el corazón un poco menos roto, sabiendo que no lo dejábamos solo, nos levantamos y caminamos rumbo a la salida.
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