El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 28
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- Capítulo 28 - 28 Capítulo 28 Dos Sombras en la Nieve
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28: Capítulo 28: Dos Sombras en la Nieve 28: Capítulo 28: Dos Sombras en la Nieve (Samara) Dejar a Víktor era la tarea más difícil que nos había impuesto el destino, y yo, la Banshee del Control, debía permanecer firme.
Víktor estaba tendido en el lecho de pieles.
Había envuelto su cuerpo en sus propias mantas, la piel de lobo cálida y gruesa.
Sus heridas eran profundas, pero su rostro, sin la furia Lycan, estaba en calma.
Diana se arrodilló a su lado.
Ella no estaba llorando; su dolor era algo mucho más denso, algo que su Hidromancia le permitía moldear.
Extendió ambas manos sobre el cuerpo cubierto.
El aire, ya frío, cayó en picado.
Sentí el poder de Diana manifestarse y como inició la extracción silenciosa de cada gramo de humedad en la cueva, concentrada por su voluntad.
El hielo no surgió de un charco; se materializó.
Comenzó en la piel de lobo, una capa fina y blanca, como si la escarcha lo hubiera elegido para honrarlo.
Luego, la magia se intensificó.
El hielo se levantó, girando alrededor de las pieles, capa sobre capa de cristal.
Diana estaba esculpiendo un ataúd, un sarcófago tan transparente que parecía haber sido pulido por mil años de vientos árticos.
Yo observaba cómo el cristal encapsulaba el cuerpo envuelto.
A través del hielo, podía ver el contorno fuerte de Víktor, ahora inalterable.
Cuando terminó, Diana no había creado una escultura de duelo, un diamante frío que resguardaba a nuestro Lycan.
Con un toque de energía azul, Diana grabó un diseño en la parte superior del cristal: tres líneas que se unían y luego se rompían en un solo punto.
El símbolo de nuestra tríada.
Brillaba tenuemente en el hielo, un juramento de que él siempre sería parte del vínculo, aunque el hilo central se hubiera cortado.
Ella deslizó la palma de su mano por la superficie lisa del hielo.
La frialdad era una barrera, la distancia que la muerte imponía.
—Nadie más te tocará, Víktor —escuché su voz, apenas un susurro que se ahogó en el hielo—.
Aquí te espera la montaña, nuestro primer y último cimiento.
Y yo volveré.
Se puso de pie, su figura pequeña y firme ante la magnitud de su pérdida.
Ella había gastado su fuerza, no en curar, sino en preservar.
Caminé hacia ella.
Puse mi mano en su hombro, sintiendo su temblor contenido, la piedra que acababa de crear.
No necesitamos palabras.
Mi toque le dijo: Ya no estamos ancladas a la tierra por él, ahora somos aire y fuego, y debemos seguir.
Le di una última mirada al ataúd de cristal brillante, la tumba perfecta del guerrero.
Dejamos atrás a nuestro cimiento.
Salimos al sol de la mañana, yo guiando el camino y Diana a mi lado, dos mitades rotas que, por necesidad, acababan de volverse una.
El ascenso comenzó en un silencio pesado, solo roto por el crujido de nuestras botas sobre la roca suelta y el silbido del viento.
Me enfoqué con una intensidad casi dolorosa en el camino, en cada grieta, en cada posible punto de apoyo.
Mi percepción de Tejedora se extendió, no buscando hilos de vida o muerte, sino analizando la energía de la montaña misma, buscando patrones, estabilidad, cualquier señal de peligro inminente.
Era un mecanismo de defensa, lo sabía.
Mantenerme ocupada para no pensar.
Para no sentir el vacío desgarrador a mi lado donde él debería estar caminando.
A mi lado, Diana era una sombra de sí misma.
Su habitual torbellino de energía, su parloteo incesante, su risa fácil…
todo se había ido.
Caminaba con la cabeza gacha, sus pasos eran mecánicos, eficientes, pero había perdido su brillo.
Su aura plateada, normalmente vibrante y chispeante, ahora era tenue, casi opaca.
Lo noté, por supuesto.
A través del vínculo, sentía su tristeza como una corriente subterránea fría y constante.
Pero no lo mencioné.
Ambas estábamos lidiando con el duelo a nuestra manera.
Ella en su silencio apagado, yo en mi concentración forzada.
El sendero se volvía más traicionero a medida que ganábamos altura.
Rocas sueltas, hielo oculto en las sombras.
Era un terreno que Víktor, con su fuerza y conexión natural, habría navegado con facilidad.
Nosotras teníamos que ser más cuidadosas.
Fue a media mañana cuando nos topamos con el obstáculo.
Al doblar un recodo del camino, nos encontramos con un deslave reciente.
Una masa caótica de rocas, tierra y árboles arrancados bloqueaba por completo el estrecho sendero que bordeaba un precipicio.
No había forma de rodearlo fácilmente.
Nos detuvimos, observando la barrera.
Por un instante, la desesperación amenazó con romper mi coraza de hielo.
Víktor…
Él, con su fuerza bruta de Lycan, hubiera abierto camino en minutos.
Nosotras…
teníamos otras opciones, pero ninguna era ideal.
Recordé las palabras de Víktor cuando nos quitamos la ropa en la cueva del Nøkk: “Debemos ahorrar toda la magia posible…
La magia podría delatarnos, como un faro en la oscuridad.” Tenía razón.
Usar mi forma espectral para atravesar la roca me separaría de Diana.
Que Diana volara por encima como un águila gastaría una energía considerable y la expondría en el cielo abierto.
Peor aún, una demostración de poder tan visible podría llamar la atención no deseada.
Debíamos ser sutiles, conservar nuestras fuerzas, mantenernos juntas.
Miré a Diana.
Su rostro estaba pálido, sus ojos fijos en el desastre.
Vi el mismo pensamiento reflejado en su mirada: ¿Cómo seguimos sin él?
Pero entonces, algo cambió en su expresión.
La desesperanza dio paso a una determinación sombría.
Se irguió, sacudiendo la cabeza como si espantara un mal pensamiento.
—No podemos retroceder —dijo, su voz era baja pero firme—.
Tenemos que encontrar la forma.
Asentí.
Tenía razón.
Nos redescubríamos como dúo, obligadas a encontrar nuestras propias soluciones, soluciones más sutiles.
—Yo analizaré la estabilidad —dije, acercándome al borde del deslave—.
Buscaré el camino más seguro a través o por encima.
Tú…
busca alternativas.
Algo discreto.
Me concentré, extendiendo mi percepción.
Sentí la tensión en las rocas sueltas, el precario equilibrio de los troncos atrapados.
Mientras tanto, Diana se transformó.
No en algo grande, una ágil cabra montesa, una forma fácil, sutil, perfectamente adaptada a este terreno y no requería grandes cantidades de magia.
Con seguridad asombrosa, comenzó a trepar por la pared sobre el deslave, buscando una cornisa, una ruta alternativa.
Trabajamos juntas, nuestro vínculo transmitiendo información sin necesidad de palabras.
Le indiqué las rocas inestables que debía evitar.
Ella me “mostró” una pequeña repisa a medio camino que podría servir de punto de apoyo.
Combinando mi análisis y su agilidad natural, logramos superar el obstáculo.
Fue lento, peligroso y agotador, pero lo hicimos.
Solas.
La constatación no trajo triunfo, solo un recordatorio agudo de quién faltaba.
Hicimos una breve pausa para comer al otro lado del deslave, apenas unos minutos sentadas sobre una roca fría, masticando carne seca y bayas energéticas.
Abrí mi bolso mágico y noté con creciente inquietud la disminución de nuestras provisiones.
La caza de Víktor había sido abundante, pero el viaje era largo y nuestro apetito, incluso mermado por el dolor, era constante.
Debíamos ser más cuidadosas.
Continuamos el ascenso.
El sol comenzó a descender, pintando las cumbres nevadas de un frío color rosado.
El viento arreció, trayendo consigo el olor a hielo y la promesa de una noche gélida.
La advertencia de Ványar resonó: la montaña no perdona.
—Tenemos que encontrar refugio —dije, mi voz tensa por el frío que empezaba a calar—.
Pronto.
Víktor habría sentido una cueva a kilómetros.
Yo no tenía esa habilidad.
Diana alzó el vuelo, ahora como un pequeño gorrión, volaba apenas por encima de mi cabeza, sus ojos agudos escrutando la ladera en busca de cualquier resquicio.
Pasaron minutos que parecieron horas.
El sol ya casi se ocultaba tras los picos.
El pánico comenzaba a formarse de nuevo en mi pecho.
«¡Allí!», llegó el pensamiento de Diana, una mezcla de alivio y urgencia.
«Una sombra bajo un saliente.
Parece…
tierra suelta».
Nos dirigimos hacia el lugar que indicó.
Era una pared de tierra compactada por el hielo, casi vertical, al pie de un acantilado.
No había una cueva visible, solo una ligera depresión.
—No es mucho —dije, decepcionada y sintiendo el frío intensificarse.
Diana aterrizó a mi lado, volviendo a su forma base.
Su rostro estaba tenso por la urgencia.
—Sam, hay dos opciones —dijo, su voz seria, mirándome directamente—.
Usar la magia ahora, a lo grande, o arriesgarnos a morir congeladas aquí afuera esta noche.
Entendí al instante.
Conservar la magia era vital, pero la supervivencia lo era más.
Asentí.
Sin más explicaciones, Diana se transformó de nuevo.
Esta vez, su cuerpo se ensanchó, se cubrió de un pelaje espeso y grisáceo, y sus manos se convirtieron en enormes garras excavadoras.
Se había convertido en un tejón gigante.
Con una fuerza sorprendente, comenzó a cavar en la pared de tierra helada.
La tierra volaba a su alrededor mientras creaba un túnel.
Observé, asombrada por su poder y su ingenio.
Creaba nuestro refugio con sus propias manos.
Cuando terminó, había excavado un túnel largo, con un par de curvas estratégicas para evitar que el viento helado entrara directamente.
Mientras ella recuperaba el aliento, yo traté de cubrir la entrada con vegetación, rocas, trozos largos de corteza y todo lo que pude encontrar, disimulando la abertura lo mejor posible.
Entramos en nuestro refugio.
Era estrecho, olía a tierra fría, pero era seguro.
Encendimos una pequeña fogata en el centro, el humo escapando lentamente por la entrada camuflada.
El silencio volvió a caer, pero esta vez, no había distracciones.
Solo las llamas y el peso abrumador de nuestra pérdida.
Miré el fuego danzando, y la imagen de Víktor, inerte en la otra cueva, volvió con una claridad insoportable.
Las lágrimas que había contenido durante todo el día finalmente encontraron su camino.
Diana se acercó y me abrazó, y lloramos juntas, dos sombras acurrucadas frente al fuego, lamentando nuestra pérdida una vez más.
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