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El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 29

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  4. Capítulo 29 - 29 Capítulo 29 El Susurro de las Aguas Cálidas
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29: Capítulo 29: El Susurro de las Aguas Cálidas 29: Capítulo 29: El Susurro de las Aguas Cálidas (Samara) Abrí los ojos a la penumbra de la cueva que Diana había cavado para nosotras.

El fuego se había consumido hasta las brasas, dejando solo un débil resplandor anaranjado.

A mi lado, Diana dormía profundamente, agotada por el llanto y el esfuerzo del día anterior.

El espacio vacío en nuestro improvisado lecho, donde Víktor debería haber estado, era una herida abierta en la quietud.

Me incorporé con cuidado, mis músculos protestando.

El dolor físico era un eco sordo comparado con la opresión en mi pecho.

Pensé en él, solo, en la otra cueva, custodiado únicamente por el eco dorado de nuestro hijo.

La imagen era insoportable, pero la promesa de Alun’diel —«Yo lo cuidaré»— era un ancla minúscula en medio de la tormenta de mi dolor.

Tenía que aferrarme a ella.

Tenía que seguir.

Me senté junto a Diana, observando las brasas.

¿Cómo seguir?

¿Cómo encontrar la fuerza?

La respuesta vino con el suave murmullo de su respiración a mi lado.

Tenía que hacerlo.

Por ella.

Por Víktor.

Por la promesa que nos hicimos.

Cuando Diana despertó, sus ojos estaban hinchados por el llanto, pero había una determinación renovada en su mirada.

Nos miramos en silencio por un momento, compartiendo el peso de la mañana sin él.

—Tu transformación en tejón gigante ayer…

fue increíble, Diana —dije, mi voz sonaba ronca, pero quería que supiera—.

Cavaste nuestro refugio.

Nos salvaste del frío.

Ella sonrió débilmente.

—Tenía que hacerlo.

—Y las alas…

—continué, recordando su breve pero asombroso despliegue en la batalla—.

Como una Quimera.

Nunca había visto a un Therian hacer algo así.

Los ojos de Diana se iluminaron, a pesar de la tristeza que aún los velaba.

Se sentó, abrazando sus rodillas.

—He estado practicando —confesó en voz baja—.

Desde lo del Grifo…

algo cambió.

Descubrí que los límites para una Nextherian son la imaginación y el conocimiento.

La escuché con atención, fascinada.

—Puedo transformarme en animales que conozco, variando sus tamaños, como el tejón gigante.

Puedo imitar criaturas o transformarme en otras que jamás he visto pero conozco o entiendo, como el Grifo.

Puedo cambiar partes de mí como Quimera, como las alas.

O convertirme en un enjambre…

Descubrí mucho practicando sola en el bosque.

Quería sorprenderlos…

Su voz se quebró al final.

Una lágrima rodó por su mejilla al darse cuenta de que Víktor no había estado aquí para verla alcanzar ese nuevo pináculo de su poder.

Me acerqué y la abracé con fuerza.

—Es increíble lo mucho que ha crecido tu poder, Diana —susurré contra su cabello—.

Estoy tan orgullosa de ti.

Me siento tan afortunada de tenerte.

Él también lo estaría.

Lo está, dondequiera que esté ahora.

Ella asintió, secándose las lágrimas con rabia.

—Lo sé.

Por eso tenemos que seguir.

Se separó de mí, sus ojos brillando de repente con una nueva idea.

—Oye…

he detectado algo —dijo, cerrando los ojos por un momento, concentrándose—.

Mientras cavaba anoche…

y ahora.

Tomé prestados sentidos animales, como los de un oso, que pueden oler el agua subterránea.

Sentí…

calor.

Agua cerca.

Se puso de pie de un salto, su energía habitual regresando en oleadas.

Volvió a transformarse en el tejón gigante y comenzó a rascar y excavar en una pared de la cueva que parecía sólida.

La roca cedió bajo sus garras con sorprendente facilidad, revelando una abertura estrecha.

El vapor cálido nos golpeó en la cara.

Nos asomamos.

Más allá, la cueva continuaba, abriéndose a una serie de estanques naturales de piedra, llenos de agua humeante y cristalina.

¡Aguas termales!

Nos miramos, Diana y yo.

Una sonrisa lenta se dibujó en nuestros rostros.

Era un regalo inesperado, un respiro ofrecido por la montaña misma.

—Vamos a darnos un baño —dijo Diana, su voz suave de nuevo—.

Para limpiar nuestras heridas.

Y.… para descansar un poco.

—Podríamos pasar un día o dos aquí —añadí, pensando en voz alta—.

Podemos reponer fuerzas y buscar nuevos suministros en los alrededores antes de seguir subiendo.

Necesitamos estar al cien por cien.

Diana asintió.

Nos quitamos las ropas de viaje y nos sumergimos en el agua cálida y reconfortante.

El calor penetró en nuestros músculos doloridos, disolviendo la tensión acumulada.

El vapor nos envolvía, creando un santuario íntimo y silencioso.

Nos recostamos en el borde de piedra, dejando que el agua nos sostuviera.

El silencio ya no era pesado, era tranquilo.

Apoyé mi cabeza en el hombro de Diana, y ella rodeó mi cintura con su brazo.

No hubo palabras.

Solo la calidez del agua, el vapor ascendiendo hacia la oscuridad de la bóveda, y el contacto reconfortante de nuestros cuerpos.

Fue un momento íntimo, uno que nació no del deseo ardiente, sino de una necesidad profunda de conexión, de reafirmación.

Mis dedos, casi sin pensarlo, encontraron los suyos bajo el agua, entrelazándose.

Sentí su piel suave, la fuerza contenida en su agarre.

Ella giró su mano y acarició mi muñeca con el pulgar, un gesto simple que envió una oleada de calor directamente a mi corazón.

Respondí de la misma manera, mis caricias parecían sanar la piel a su paso.

Tracé la línea de su hombro, sentí la tensión remanente de la batalla disolverse bajo mi tacto.

Acaricié la curva de su cuello, deteniéndome en el pulso acelerado que sentía bajo mis dedos.

Ella suspiró, un sonido suave que se perdió en el vapor, e inclinó la cabeza, ofreciéndome más acceso.

Nuestros labios se encontraron, besos que nos regresaban la fuerza.

No eran besos desesperados ni exigentes, sino lentos, profundos, llenos de un entendimiento silencioso.

Eran un bálsamo, una forma de compartir el dolor sin nombrarlo, de recordarnos que aún estábamos vivas, que aún sentíamos.

Sentí sus lágrimas mezclarse con el agua en mis mejillas, y las mías respondieron de igual manera.

Lloramos juntas de nuevo, pero esta vez no era un llanto de desesperación, sino de liberación, de una tristeza compartida que, de alguna manera, nos hacía más fuertes.

Sus manos exploraron mi espalda, deteniéndose en las pequeñas cicatrices de batallas pasadas, trazándolas con una reverencia que me estremeció.

Yo hice lo mismo, mis dedos encontrando los moretones aún sensibles en sus costillas por el golpe del Gorgolith, aplicando una presión suave, un reconocimiento silencioso de su dolor y su valentía.

No había lujuria en nuestro toque, sino una profunda ternura, un cuidado mutuo que trascendía lo físico.

Era un lenguaje sin palabras, una forma de decir “estoy aquí”, “te veo”, “comparto tu carga”.

Nos abrazamos bajo el agua cálida, nuestros cuerpos desnudos encontrando consuelo en el contacto, piel contra piel, corazón contra corazón.

Sentí su fuerza, la resiliencia indomable que se escondía tras su aparente fragilidad.

Y supe que ella sentía la mía, la calma de la Tejedora que había encontrado un ancla en medio de la tormenta.

Este momento íntimo, nacido del duelo, era un acto de sanación, un recordatorio silencioso de que, aunque habíamos perdido una parte vital de nuestro trío, aún nos teníamos la una a la otra.

Y que juntas, encontraríamos la fuerza para seguir adelante, llevando a Víktor y a Alun’diel no como un peso, sino como una luz en nuestro interior.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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