El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 Capítulo 3 El refugio del Druida
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3: Capítulo 3: El refugio del Druida 3: Capítulo 3: El refugio del Druida (Víktor) Ya han pasado unos días desde que volvimos a Whitepine.
Nos instalamos en El Refugio del Druida, como siempre.
Aquí, en este remanso de paz humana, tres criaturas mágicas se preparan para una guerra silenciosa.
El profesor Vanyar sin saber que Diana nos había sanado casi por completo, nos exigió un par de semanas de reposo, su preocupación, aunque envuelta en su habitual rigidez élfica, fue casi paternal.
En su mente, nos dio tiempo para sanar y para prepararnos.
Logramos convencerlo de dejarnos pasar la segunda semana aquí en Whitepine, la recolección nos dio una excusa perfecta.
Y desde entonces hemos aprovechado cada segundo.
Los tres somos infinitamente diferentes a lo que fuimos la última vez que recorrimos estas calles.
Aquella vez, éramos fugitivos del dolor, dos almas rotas y una aliada leal que intentaba mantenernos a flote.
Ahora, somos una unidad forjada en ese mismo dolor.
Aun así, en lo esencial, seguimos siendo como un solo ser.
Comunicación, confianza y respeto son la piedra angular de nuestra relación.
No hay nombres para lo que somos, no hay títulos que definan los límites de nuestro afecto.
Solo existe este vínculo, este sentimiento inquebrantable que nos mantiene unidos.
Nos mantiene fuertes.
Los primeros días en Whitepines, fueron una agradable rutina.
Cada amanecer, nos separamos, siguiendo el llamado de nuestra nueva naturaleza.
Pero cada noche, sin falta, el ritual se repite.
Nos reunimos en la habitación más grande del hotel, un espacio que ya huele a nosotros, a la tierra húmeda del bosque que traigo conmigo, a la niebla ozónica del lago que se aferra a Samara, y a la energía chispeante y siempre optimista de Diana.
Es allí donde hablamos de nuestros días, donde compartimos las victorias y frustraciones de nuestro entrenamiento.
Esta noche, Diana fue la primera en hablar.
Se dejó caer en un sillón, con el cuerpo dolorido, pero con los ojos brillantes de un orgullo feroz.
—¡Hoy casi lo logro!
—nos dijo, con la voz aún ronca por el aire helado de las alturas—.
Mantuve la forma del grifo por casi tres minutos.
La miré mientras gesticulaba, describiendo el viento bajo sus alas, y vi más allá de su entusiasmo infantil.
Vi la determinación de acero que se escondía tras su sonrisa.
Su entrenamiento es el más ambicioso.
Aprovecha sus formas de ave para cubrir grandes distancias, busca los puntos más remotos del bosque, lugares donde ninguna criatura la puede interrumpir.
La imagino.
La majestuosa criatura mitad león, mitad águila, surcando el cielo, un punto dorado contra el azul infinito.
Pero también a través de nuestro vínculo, casi puedo sentir el ardor en sus músculos, el esfuerzo monumental que supone para ella mantener unida una forma que su naturaleza nunca imaginó.
—Es increíblemente difícil —continuó, su tono volviéndose más serio—.
Siento cómo la forma quiere romperse, cómo mi cuerpo base lucha por volver.
La reversión es…dolorosa, un calambre en el alma.
Samara se acercó y se sentó en el brazo de su sillón, poniéndole una mano en el hombro.
—Pero lo volverás a intentar mañana, ¿verdad?
Diana le dedicó una sonrisa radiante, una luz que podría opacar cualquier sombra.
—¿Acaso lo dudas?
Mañana serán cuatro minutos.
Contagiada por ese entusiasmo, Samara nos contó cómo ella busca la esencia de su nuevo poder en la quietud del Lago del Velo Gris.
Mientras habla, su rostro adquiere una expresión que aún me estoy acostumbrando a ver: una maravilla sagrada, despojada de todo sarcasmo.
Se ha convertido en la guardiana de los secretos más profundos del mundo, buscando susurros en el universo.
—No son solo hilos —explicó, sus ojos verdes fijos en los míos, tratando de hacerme entender una verdad que apenas tenía palabras—.
Son…
corrientes.
Flujos de energía.
Hoy los vi con más claridad que nunca.
Los hilos brillantes, intensos, son vidas nuevas, la energía de un capullo a punto de abrirse, de un huevo a punto de eclosionar.
Los hilos más pálidos, casi grises, son las vidas que se apagan, la energía que regresa a la tierra.
Hizo una pausa, y una paz que parecía imposible emanó de ella.
La sentí a través del vínculo, una calma que silenció por un instante el eco de mis propias batallas.
—Antes, como banshee, solo veía el final del hilo —su voz sonaba contradictoriamente extasiada y en calma—.
Ahora…
veo el tejido completo.
Vida y muerte, como dijo Caelum no son opuestos.
Son la misma canción, cantada en diferentes tonos.
Un solo tapiz dando forma a un todo.
La escuché y sentí cómo su paz me invadía.
La parte de mí que siempre vivió al borde de la furia, el viejo licántropo, se asentó en silencio, aprendiendo de su serenidad.
Ella está sanando, y al hacerlo, nos está sanando a todos.
La vida y la muerte, así como conviven en el universo, estas fuerzas primordiales ahora, de alguna manera conviven en ella.
Cuando fue mi turno, agaché la mirada.
Sabía que Diana no disfrutaría del todo mi relato.
Su corazón es demasiado tierno para la cruda realidad del ciclo que yo ahora entiendo.
—Ha sido un buen día —dije, intentando evadir el tema.
Diana frunció el ceño.
—¿Solo “buen día”?
Vamos, Víktor, desembucha.
¿Qué hiciste, contarle tus problemas a un muro?
Solté una risita, contagiado por su ligereza.
—Algo así.
Fui a cazar.
El silencio de Diana ya lo esperaba.
Samara, en cambio, me miró con una curiosidad tranquila.
—¿Y?
¿Cómo fue?
Suspiré y comencé a relatar.
—Me adentré en el bosque, no como un depredador que busca imponer su voluntad, sino como una parte más del entorno.
—Encontré un lugar en donde la espesura me dejaba escuchar la tierra con más claridad.
Cerré los ojos y me dejé guiar no solo por el olfato o el oído, sino por el pulso de la tierra.
Sentí los pasos de un conejo a cincuenta metros de distancia como si fueran un tamborileo en mi propia piel.
—El viejo instinto, la bestia, rugió en mi interior —admití—.
Quería la caza, la velocidad, la furia.
Usar la fuerza y la velocidad del licántropo.
Pero la nueva voz, la quietud de la tierra, me pidió paciencia.
—Con un movimiento rápido, arranqué un par de lianas delgadas de un árbol cercano.
Mis dedos, ahora más hábiles, más intuitivos, tejieron dos lazos simples, trampas hechas con la naturaleza misma.
—Luego, me moví, no directamente hacia el conejo, sino a su alrededor, usando el viento para ocultar mi olor, mis pasos silenciados por el suelo que ahora sentía como una extensión de mi propia piel.
Un pisotón deliberado en el suelo fue suficiente.
El conejo salió disparado, asustado, directamente hacia mi trampa.
Las lianas se tensaron, atrapándolo sin herirlo.
Me detuve, sabiendo que llegaba a la parte más difícil de explicar.
… —Mi velocidad ya no fue una herramienta de violencia, sino de precisión.
El final fue rápido, sin sufrimiento.
—Me arrodillé junto a él —continué, mi voz más baja—.
Puse mi mano sobre su cuerpo.
Sentí el calor de su vida desvaneciéndose, no como una pérdida, sino como una transferencia.
La energía regresando al bosque que le había dado cobijo.
—Al instante busque la mirada de Diana, como esperando un reproche por mis palabras.
Ella me miraba con los ojos muy abiertos, no con horror, sino con una nueva comprensión.
Samara simplemente asintió, su mirada llena de un entendimiento profundo.
—Y le di las gracias, fue un impulso, agradecerle a mi presa por la carne y piel que serían bien aprovechadas.
Le agradecí por su lugar en el ciclo que ahora me permite ocupar el mío.
—Tranquilo Víktor— respondió Diana tomando mi mano— Se no quieres alterarme, puedo sentirlo, pero…Lo que vamos a enfrentar en este viaje, debo ser más fuerte.
Puedo soportar esto y más, siempre que ustedes estén a mi lado.
—Además no es como si fuera vegana— dijo destrozando por completo la seriedad del momento.
La platica siguió hasta que nos venció el sueño.
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