El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 30
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- Capítulo 30 - 30 Capítulo 30 El vacío del Bosque
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30: Capítulo 30: El vacío del Bosque.
30: Capítulo 30: El vacío del Bosque.
(Diana) Antes de salir del agua, canalicé mi magia de sanación.
El estanque subterráneo resplandeció con una luz azul verdosa, el color del agua profunda y limpia, y sentí cómo la energía recorría nuestros cuerpos.
Al salir, el vapor cálido se aferraba a nuestra piel, creando un halo en la quietud de la cueva.
El cansancio crónico y el dolor sordo de los días anteriores parecían haberse disuelto por completo, dejando una sensación de calma palpable y una limpieza que iba más allá de lo físico.
Mientras buscaba mi toalla de viaje, no pude evitar que mis ojos se detuvieran en Samara.
La suave luz dorada de los hongos luminiscentes que crecían en las paredes de roca acariciaba sus curvas perfectas; el agua brillaba sobre su piel pálida como diminutos diamantes.
El mechón plateado en su cabello resaltaba contra el castaño oscuro, un recordatorio hermoso de la fuerza y del sacrificio.
Era tan fácil verla como la Bansheaver en ese instante.
Era hermosa.
No solo físicamente, aunque ciertamente lo era.
Era la forma en que se movía, con esa gracia tranquila que había encontrado en medio del caos, la mezcla de poder ancestral y vulnerabilidad que ahora compartíamos.
Me perdí un segundo, mi mente flotando, admirando la línea suave de su espalda, la curva elegante de su cadera…
«…y sobre todo ese lindo trasero…» ¡Diablos!
El pensamiento se me escapó, deslizándose por el vínculo con la sutileza de un jabalí en una cristalería, sin filtro, sin permiso.
Vi a Samara detenerse en seco, su movimiento de Banshee congelado.
Se giró lentamente hacia mí, y una sonrisa burlona, lenta y seductora, se dibujó en sus labios.
—No más lindo que el tuyo, querida —respondió ella, su voz grave, era una caricia divertida que vibró solo en mi cabeza.
Sentí cómo la sangre me subía al rostro hasta el cuello, pintándome del mismo color que las brasas del fuego.
¡Estúpido vínculo!
Mi primer pensamiento íntimo sobre ella en mucho tiempo, y tenía que ser sobre su anatomía.
Aunque…
para ser honesta, no me molestó en absoluto que lo supiera.
Nos vestimos en un silencio cómodo, salpicado de risitas cómplices que resonaban en la pequeña cueva.
La pesada tensión de los últimos días se había aliviado un poco, reemplazada por la simple y preciosa necesidad de seguir adelante, juntas.—Bien —dijo Samara, terminando de atarse las botas—.
¿El plan para hoy?
Me senté en el borde de piedra de uno de los estanques.
—Necesitamos recolectar.
Frutos, raíces, hierbas…
cualquier cosa que pueda ser útil.
Nuestros suministros no durarán para siempre, especialmente si el ascenso se complica.
La mención implícita de por qué podrían complicarse las cosas —la ausencia de Víktor— colgó en el aire por un momento.
—Necesitaremos carne también —añadió Samara en voz baja.
Asentí, pero sentí una punzada de dolor.
La idea de cazar sin Víktor…
sin su conexión, sin su ritual de agradecimiento, sin su fuerza tranquilizadora…
aún dolía demasiado.
Vi el mismo sentimiento reflejado en los ojos de Samara.
—Quizás…
quizás mañana —sugerí—.
Pospongamos la caza por un día.
Hoy enfoquémonos en lo que el bosque nos ofrece sin necesidad de perseguirlo.
Samara asintió con alivio.
—De acuerdo.
Frutos y raíces será.
Salimos de la cueva termal y regresamos a nuestra cámara principal.
Recogimos nuestros bolsos mágicos y nos preparamos para salir.
Era nuestro primer día real operando como un dúo.
La ausencia de Víktor era un hueco palpable, no solo en nuestros corazones, sino en nuestra dinámica.
Él era nuestros sentidos agudos, nuestra brújula natural.
Sin él, tendríamos que encontrar nuestra propia forma de leer el bosque.
Nos adentramos en la ladera de la montaña, moviéndonos con cautela.
El aire era fresco y olía a pino y a tierra húmeda.
Al principio, nos sentimos un poco perdidas.
Víktor habría sabido al instante qué plantas eran comestibles, cuáles medicinales, cuáles venenosas.
Nosotras solo veíamos…
verde.
—¿Cómo lo hacía?
—murmuré, mirando un parche de hojas desconocidas.
—Él escuchaba —respondió Samara—.
Sentía el pulso de la vida en ellas.
Yo…
yo veo los hilos, pero aún no sé interpretarlos todos.
Solo siento si algo está ‘vivo’ o ‘muerto’, no necesariamente si es ‘bueno’ o ‘malo’ para comer.
Decidimos probar un enfoque combinado.
Samara se concentraba, buscando áreas donde los “hilos de vida” parecían más vibrantes o tenían una cualidad energética particular.
Yo usaba mis transformaciones.
Me convertí en una ardilla, trepando a los árboles para ver qué frutos comían los pájaros.
Luego en un ciervo, olfateando el suelo, fijándome en qué hojas mordisqueaban los herbívoros locales.
Era un proceso lento, lleno de ensayo y error.
Recogimos algunas bayas de aspecto delicioso que resultaron ser increíblemente amargas.
Desenterramos una raíz que Samara sintió como “muy energética”, solo para descubrir que era dura como la piedra e imposible de masticar.
—Esto es más difícil de lo que pensaba —admití, escupiendo una hoja ácida.
—Él lo hacía parecer fácil —respondió Samara, pero no había derrota en su voz, solo respeto—.
Tendremos que aprender.
Y aprendimos.
Comenzamos a coordinarnos mejor.
Samara localizaba una energía subterránea prometedora.
«Raíces tuberosas, creo.
Siento…
almidón», proyectaba.
Yo me transformaba en tejón y cavaba con rapidez hasta desenterrarlas.
Eran una especie de patata silvestre, ¡perfectas!
Yo, como halcón, divisaba un brillo rojo en la copa de un árbol lejano.
«Bayas de Fuego Invernal», le comunicaba.
«Dulces y llenas de calor.
Pero están muy altas».
Samara usaba entonces un toque sutil de su magia, no el poder de Bansheaver, sino un control delicado, para hacer que la rama descendiera lo suficiente para que pudiéramos alcanzarlas.
Encontramos un parche de hierbas con hojas plateadas.
Recordé haberlas visto en uno de los libros de pociones de Thörne.
—Hierba Lunar —dije—.
Creo que sirve para calmar los nervios.
Samara la tocó y cerró los ojos.
—Sí.
Su hilo es…
sereno.
Muy tranquilo.
Definitivamente útil.
Recolectamos un buen manojo.
Mientras lo guardaba, mis dedos rozaron una flor silvestre de un azul intenso, casi idéntica a las que crecían cerca de la cascada congelada donde habíamos pasado la noche anterior, la noche antes de…
Me detuve.
La imagen de Víktor, sonriendo mientras yo le contaba sobre el Azulejo Glaciar, golpeó mi mente con la fuerza de un puñetazo.
Sentí a Samara tensarse a mi lado, percibiendo mi repentina oleada de dolor a través del vínculo.
Nos miramos.
No dijimos nada.
No hacían falta lágrimas.
Solo compartimos ese instante de recuerdo agudo, de ausencia palpable.
Luego, respiramos hondo y seguimos adelante.
Por él.
A medida que avanzaba el día, nos volvimos más eficientes.
Nuestros bolsos mágicos comenzaron a llenarse: raíces nutritivas, bayas energéticas, hierbas medicinales, hojas comestibles.
Habíamos encontrado nuestra forma de leer el bosque, diferente a la de Víktor, pero efectiva.
Una combinación de la percepción sutil de Samara y mi adaptabilidad animal.
Regresamos a la cueva cuando el sol comenzaba a ocultarse tras los picos, pintando el cielo de violeta y naranja.
Estábamos cansadas, sucias, pero con una profunda sensación de logro.
Lo habíamos hecho.
Habíamos sobrevivido y prosperado, solas.
Encendimos el fuego y comenzamos a organizar nuestra cosecha.
La cueva se sentía un poco más pequeña, un poco más nuestra.
El vacío dejado por Víktor seguía ahí, un dolor sordo en el fondo de mi corazón, pero ya no era un abismo paralizante.
Era una ausencia que estábamos aprendiendo a llevar, juntas.
—Mañana…
—dijo Samara en voz baja, mientras clasificaba unas raíces—.
Mañana cazaremos.
Asentí.
Estábamos listas.
O al menos, lo estaríamos.
Por ahora, teníamos este refugio, teníamos provisiones, y nos teníamos la una a la otra.
Y por esta noche, eso era suficiente.
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