El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 31
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- Capítulo 31 - 31 Capítulo 31 El Corazón del Cazador
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31: Capítulo 31: El Corazón del Cazador 31: Capítulo 31: El Corazón del Cazador (Diana) Desperté sintiendo la calidez de Samara a mi lado y el eco reconfortante de nuestro momento en las aguas termales.
Por un instante, casi olvidé dónde estábamos, casi olvidé por qué.
Pero la dura piedra bajo la fina capa de musgo y el silencio donde debería haber estado la respiración profunda de Víktor me devolvieron a la realidad.
Hoy tocaba cazar.
Nos levantamos y compartimos algunas de las bayas que recolectamos ayer.
El ambiente era tenso.
Sabíamos que necesitábamos carne, pero ninguna de las dos quería decir en voz alta lo que ambas pensábamos: ¿Cómo cazar sin Víktor?
—Él lo hacía parecer tan…
natural —murmuré, más para mí que para Samara.
—Lo era para él —respondió ella en voz baja—.
La velocidad, el instinto, la conexión…
nosotras no tenemos eso.
—Podría romper el hilo de la criatura —continuó, pensativa—.
Sería rápido, sin persecución.
Pero…
eso requiere magia espectral.
Gastar mi propia esencia vital por comida…
la comida no me serviría si muero cazándola.
No es sostenible.
La miré.
Vi la lucha en sus ojos, la responsabilidad de ser ahora la única con un poder potencialmente letal tan directo, y el coste que implicaba.
No podíamos depender de eso.
Teníamos que encontrar otra forma.
Nuestra forma.
Y entonces, la idea surgió.
Una idea aterradora, que iba en contra de todo lo que sentía natural, pero que parecía…
inevitable.
—Yo…
yo puedo hacerlo —dije, mi voz apenas un susurro.
Samara me miró, confundida.
—¿Hacer qué?
Respiré hondo.
—La caza.
El golpe final.
Puedo convertirme en un depredador natural, uno real.
Ser yo quien dé el golpe final.
Rápido.
Limpio.
Vi la sorpresa en sus ojos, seguida de una profunda preocupación.
Sabía lo que estaba pensando.
Yo, que lloro cuando una flor se marchita, ¿iba a convertirme en cazadora?
—Y tú —continué, forzando una seguridad que no sentía del todo—, tú puedes usar tu magia de Bansheaver, no la espectral, sino la calmante.
Para apaciguar a las presas, para que mueran en paz, sin miedo.
Como él lo hacía.
Mi corazón se encogió al decir eso.
Odiaba la idea de quitar una vida.
Sentía un conflicto horrible en mi interior, mi personalidad tierna y bondadosa rebelándose contra la necesidad cruda de sobrevivir.
Pero entonces pensé en Víktor, en su respeto por el ciclo, en su agradecimiento a cada criatura.
La decisión de sobrevivir, de ser fuerte por Samara, por nuestro vínculo, y de hacer lo que él hubiera hecho, fue más fuerte que mi miedo.
Tenía que hacerlo.
Por nosotros.
Samara debió ver la resolución en mi mirada, porque asintió lentamente.
—De acuerdo, Nextherian —dijo, usando mi nuevo nombre con una solemnidad que me dio fuerzas—.
Hagámoslo a tu manera.
Salimos de la cueva al frío aire de la mañana.
El plan era simple: Samara usaría su percepción para localizar presas adecuadas, yo me transformaría para la caza, y ella intervendría al final para asegurar una muerte tranquila.
La cacería fue…
intensa.
Localizamos un grupo de conejos de nieve.
Samara extendió su calma, una onda invisible que los hizo detenerse, confiados.
Me transformé en un lince ágil y silencioso.
El instinto depredador fue abrumador, una corriente eléctrica que recorrió mi nueva forma.
El final fue rápido, casi antes de que pudiera pensarlo.
Me arrodillé junto al pequeño cuerpo, aún en forma de lince, y sentí una oleada de tristeza.
Pero recordé a Víktor.
«Gracias», susurré, sintiendo la extrañeza y la necesidad de esas palabras.
Continuamos.
Encontramos un par de zorros árticos, su pelaje blanco casi invisible contra la nieve dispersa.
Repetimos el proceso.
Esta vez, elegí la forma de un águila para el ataque final desde el aire.
De nuevo, el agradecimiento silencioso.
La presa más grande fue una cabra de montaña solitaria que encontramos pastando en una ladera escarpada.
Era fuerte, ágil.
Requirió toda nuestra coordinación.
Samara la calmó mientras yo, como una puma, acechaba y finalmente la derribaba.
Con cada caza, el acto se volvía…
menos doloroso.
No más fácil, pero sí más comprensible.
Sentía el pulso de la vida extinguirse, pero también sentía la gratitud, el respeto por el sacrificio.
Estaba ocupando mi lugar en el ciclo, como Víktor me había enseñado sin siquiera saberlo.
Guardamos los animales completos en nuestros bolsos mágicos, siguiendo su ejemplo.
Los limpiaríamos y prepararíamos más tarde, en la seguridad de la cueva.
Al atardecer, exhaustas, pero con nuestras provisiones repuestas, hicimos una pausa para descansar y comer un poco de los frutos del día anterior.
Encontramos un pequeño saliente rocoso protegido del viento, desde donde podíamos ver el valle extenderse bajo nosotras, teñido por los colores anaranjados y púrpuras del sol poniente.
Estaba a punto de comentar lo hermoso que era, de intentar romper el silencio melancólico que nos envolvía, cuando un movimiento en las sombras cercanas nos puso en alerta.
De detrás de una gran roca cubierta de hielo, emergió una figura.
Era enorme, encorvada, con una piel que parecía hecha de hielo sucio y agrietado.
Largos trozos de hielo colgaban de sus brazos y de su mandíbula que sobresalía demasiado de su horrible cara.
Sus ojos eran dos puntos de luz azul pálida y fría.
Un Troll de Hielo.
Se detuvo a unos metros de nosotras, observándonos con una inteligencia maligna que no esperaba de una criatura así.
Y entonces, habló, su voz un crujido de hielo y piedra molida.
—El Coleccionista les manda saludos.
Antes de que pudiéramos reaccionar, levantó una de sus enormes manos heladas.
El aire frente a ella crepitó, y disparó una estaca de hielo afilada directamente hacia nosotras.
El aire se cortó a mi lado.
Ambas esquivamos por puro instinto, lanzándonos a lados opuestos justo cuando la estaca se estrellaba contra la roca donde habíamos estado sentadas, haciéndola añicos.
El frío que irradiaba era intenso, doloroso.
Me puse de pie de un salto, sacudiéndome el polvo de roca.
Miré al troll, que ya preparaba otro ataque.
Pero el miedo que había sentido antes, esa parálisis helada de la prueba del Djinn, ya no estaba.
En su lugar, sentí una furia fría y una determinación ardiente.
Una sonrisa cínica, una que aprendí de Víktor, se dibujó en mi rostro, sin rastro alguno de miedo.
—Elegiste el peor momento para aparecer —dije, mi voz sonó más grave, más peligrosa de lo que esperaba—.
La cacería de hoy me dio un entendimiento más profundo de una criatura a la que amo y admiro.
Lo sentí entonces.
La conexión.
El entendimiento.
No solo de la forma, sino de la fuerza, de la velocidad, de la furia controlada.
De él.
En un instante, la transformación comenzó.
Mi cuerpo se retorció, creció.
El pelaje negro brotó de mi piel, mis manos se convirtieron en garras afiladas, mis dientes se alargaron.
Era su forma.
Era el Lycan.
El troll pareció dudar por una fracción de segundo, confundido por mi cambio.
Fue todo el tiempo que necesité.
Me lancé hacia adelante con una velocidad antinatural, un borrón rojo y negro contra la nieve.
El mundo se movió a cámara lenta.
Vi el lento levantarse de su brazo para golpearme, la sorpresa helada en sus ojos azules.
Salté, mis garras extendidas.
Un solo ataque certero.
Un movimiento rápido, preciso, impulsado por la fuerza prestada y mi propia furia protectora.
Mi garra encontró su cuello helado.
Hubo un sonido horrible, como hielo viejo quebrándose bajo presión.
Y luego, silencio.
La cabeza del troll rodó por el suelo nevado, deteniéndose a mis pies.
Su cuerpo enorme se quedó inmóvil por un instante antes de desmoronarse en un montón de nieve sucia y fragmentos de hielo que se disolvieron rápidamente.
Volví a mi forma base, jadeando, la adrenalina recorriendo mis venas.
Miré a mi alrededor.
La amenaza había desaparecido tan rápido como había llegado.
Giré hacia Samara.
Estaba boquiabierta, sus ojos verdes muy abiertos, mirando los restos del troll y luego a mí.
Apenas creyendo lo que pasó, y eso solo porque pudo verlo.
Sabía que había sentido mi transformación a través del vínculo, la furia prestada, la precisión letal.
—Diana…
—susurró, su voz llena de asombro—.
Tú…
Sonreí, aunque todavía temblaba un poco.
—Te dije que quería entenderlo.
La miré, mi corazón latiendo con fuerza, no solo por la batalla, sino por la confirmación.
Podía hacerlo.
Podía protegerla, podía ser fuerte…A mi manera.
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