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El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 33

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  4. Capítulo 33 - 33 Capítulo 33 El Calor que Permanece
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33: Capítulo 33: El Calor que Permanece.

33: Capítulo 33: El Calor que Permanece.

(Diana) Guardamos el último vial en mi bolso mágico.

¡Lo habíamos logrado!

Teníamos nuevas pociones, trampas improvisadas y un montón de ingredientes listos para el viaje.

A pesar del éxito, el aire seguía siendo pesado, impregnado de una anticipación que no era de misión, sino de pura necesidad.

Miré a Samara, que estaba limpiando los viales restantes con una concentración admirable.

Estaba tan hermosa, incluso cubierta de polvo de hierbas y con ese cabello plateado rebelde cayéndole sobre la frente, que me recordaba la belleza inalterable del invierno.

—Bueno —dije, acercándome a ella.

Mi corazón latía con fuerza.

Solo queda un asunto pendiente.

«Esta vez es diferente, yo lo deseo, yo…lo necesito» Pensé Samara levantó la vista, arqueando una ceja con ese gesto de Bansheaver que lo sabe todo, pero vi la chispa de diversión mezclada con una comprensión profunda y solemne en sus ojos.

Entendió mi intención al instante, la súplica desesperada que viajaba por el vínculo antes de que pudiera formularla.

Ella entendió que no era un capricho, sino la única forma que me quedaba de borrar la suciedad de la vieja cueva, y de aferrarnos la una a la otra tras la pérdida de Víktor.

Me acerqué más, tan cerca que nuestros pechos se apretaron suavemente entre sí.

Dude un momento, pero sentir el calor tranquilo que emanaba de ella, una mezcla de su propia fuerza vital y la magia silente que ahora la envolvía…Me dio el valor.

Me incliné y le susurré al oído, mi voz apenas un soplo contra su piel: —Desnúdate…

Me di la vuelta antes de que pudiera responder y me dirigí con paso decidido hacia la abertura que llevaba a las aguas termales, dejando caer mis ropas en el camino sin mirar atrás.

Escuché su risa ahogada, un sonido que no era de burla, sino de complicidad, que hizo que mi corazón diera un vuelco.

(Samara) El pensamiento de Diana entró como un golpe suave, un recordatorio de la vida que aún palpitaba entre nosotras.

Lo había iniciado ella.

Era una orden táctica, un movimiento necesario para nuestra supervivencia.

Víktor era la piedra angular, la fuerza que absorbía el miedo; ahora yo debía ser el santuario.

Sentía la ausencia del Lycan como un dolor físico, una presión en el centro del vínculo.

Esta noche era tanto para ella como para mí.

Me despojé de mis ropas sin prisa, sabiendo que cada segundo era vital para que Diana diferenciara este tacto del horror de aquella cueva.

Lo que sentía no era lujuria, sino la pesada responsabilidad de no fallarle en este momento sagrado, y la necesidad urgente de reafirmar nuestra unión sin el tercero, la necesidad mutua de sanar la piel.

(Diana) Sentí sus pasos ligeros detrás de mí.

Samara me siguió, despojándose de sus ropas.

Casi podría jurar que sentí su mirada recorrer lentamente mi espalda, no con deseo depredador, sino con la atención meticulosa de quien examina una herida antes de limpiarla.

Eso era justo lo que necesitaba en ese momento: sentir que mi cuerpo era elegido, no tomado.

Sentir que mi cuerpo era validado como mío de nuevo.

Necesitaba olvidar la suciedad de hacía días y enfocarme solo en ella, en Samara, en la mujer que ahora era el único anclaje de la tríada rota.

Llegamos al agua humeante.

El vapor nos envolvió como un abrazo cálido, ocultándonos del resto de la cueva, creando nuestro propio mundo secreto, un espacio que los goblins nunca podrían tocar.

Me sumergí primero, soltando un suspiro de puro placer al sentir el calor penetrar mis músculos cansados.

¡Era como derretirme, como si la tensión acumulada se desprendiera en el agua!

Samara entró después, moviéndose con esa gracia suya que siempre me dejaba sin aliento.

El agua se aferraba a su piel pálida, resaltando cada curva bajo la luz tenue de los hongos.

Nos recostamos en el borde de piedra, una frente a la otra.

El silencio nos rodeaba de paz y tranquilidad.

(Samara) Entré en el agua.

El calor me quemaba, pero era una quemadura bienvenida que acallaba el grito constante de mi Bansheaver por la pérdida de Víktor.

Su cuerpo estaba tranquilo, pero sus ojos estaban demasiado abiertos, observando el agua.

Ella estaba buscando el miedo, y yo era la única que podía alejarlo.

La intención del acto no podía ser solo el placer; debía ser la sanación física, el vendaje del alma que yo, la sobreviviente, debía ofrecer.

Lo que sentía era la inmensa responsabilidad de ser el santuario que Víktor ya no podía ser y la necesidad de pertenecer, de ser suya.

Verla allí, tan serena, con las gotas de rocío acariciando su piel, el vapor suavizando los bordes de su figura…

era perfecta.

Simplemente perfecta.

Era mía.

(Diana) Lentamente, comencé a moverme hacia ella, mi corazón latiendo fuerte.

Intenté replicar su delicadeza, pero mi cuerpo, traicionado por la memoria de la cueva goblin, se sintió rígido y cauteloso.

Leves ondas de agua anunciaron mi cercanía.

Samara me miro a los ojos.

Su mirada estaba llena de una anticipación respetuosa, esperando mi próximo movimiento, lista para detenerse si detectaba la más mínima señal de pánico.

(Samara) Mis caricias subieron lentamente por su brazo mojado.

Sentí cómo su piel se erizaba bajo mi toque, pero no era por miedo; era por una electricidad controlada que le permitía disfrutar el momento.

Llegué hasta su cuello, mis dedos jugando con los mechones húmedos que se pegaban a su piel.

Ella echó la cabeza hacia atrás con un suspiro suave, un permiso tácito, ¡dejándome besar justo ahí!

Su piel sabía a.…agua caliente, a musgo de la cueva y a ella misma.

Lo disfrute como si fuera un sabor nuevo y adictivo.

Con ternura busqué sus labios.

Un beso lento, profundo, dibujando un mapa de confianza en su boca.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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