El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 34
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- Capítulo 34 - 34 Capítulo 34 El refugio de la piel
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34: Capítulo 34: El refugio de la piel 34: Capítulo 34: El refugio de la piel (Diana) En ese primer roce, la memoria del asco se levantó como una niebla fría.
Mis músculos se tensaron, esperando la invasión, el tacto sucio, la urgencia depredadora.
Pero el beso de Samara era deliberado, lento y paciente.
No había apuro; era un toque elegido.
Samara no me estaba tomando; me estaba devolviendo mi piel.
Ella era el contraste absoluto con el trauma de la cueva: limpia, fuerte, y llena de elección.
En sus brazos, yo era una sobreviviente que elegía ser amada, no una víctima.
Y el recuerdo de Víktor estaba allí, no como una sombra, sino como el permiso silencioso para amarla, para sellar la unión en pareja.
Sentí sus lágrimas silenciosas mezclarse con el agua en mis mejillas; me fue imposible contener mi propio llanto.
Pero no era triste.
Era…
la liberación de la vergüenza, la confirmación de que mi cuerpo era todavía capaz de sentir algo puro.
Era alivio, conexión, el dolor de extrañar a Víktor y encontrarnos la una a la otra, todo a la vez.
(Samara) Sentí sus lágrimas.
Eran el duelo de la tríada y la purificación de su cuerpo.
Mientras la besaba, mis dedos subían por su espalda, un cuidado casi maternal cuando pasaban por las cicatrices que dejó la batalla.
Cada caricia era una decisión calculada de ternura, no de pasión, para guiarla a la seguridad.
En mi mente, el vínculo proyectaba un mensaje constante: «Lo hicimos por él.
Estamos vivas por él.
» Su cuerpo se relajaba bajo mis manos, y sentí una inmensa paz al saber que yo podía ser el santuario que Víktor ya no podía ser.
(Diana) Me aferré a su cintura, mis manos se deslizaron bajo el agua, apreté su lindo trasero.
La acerqué más a mí, con fuerza y delicadeza, queriendo sentirla completamente contra mi cuerpo, buscando el calor para llenar el vacío que sentía en mi alma y en nuestro círculo.
Nuestros besos se llenaron de hambre, sí, pero era un hambre de vida, de afirmación.
Un hambre que llevó mis labios a explorar su cuello, sus hombros, sus pechos.
Cada beso mandaba un impulso de calor, un cosquilleo que hacía temblar su cuerpo.
Sentí cómo se estremecía cuando mis dedos se aventuraron más abajo, rozando sus muslos bajo el agua.
Ella no se encogía; me aceptaba.
(Samara) Ella respondió con la misma audacia, sus manos explorando mi cuerpo con una curiosidad que me hizo jadear.
Sus caricias volviéndose más íntimas, reclamando mi cuerpo como suyo.
Su corazón latía con fuerza, tan cerca de mí que parecía latir dentro de mi pecho, un recordatorio de que ambas seguíamos latiendo.
(Diana) Mis dedos se perdían entre sus piernas bajo el agua, sentía su calor más intenso que el del manantial que presenciaba nuestro encuentro.
Ella arqueó la espalda, un gemido suave escapando de sus labios, sus dedos enredándose en mi cabello.
El sonido resonó en la cueva, amplificado por el agua, una melodía solo para mí, el sonido de la supervivencia.
Quería escuchar más.
(Samara) Respondí con la misma osadía, pero más despacio, mis dedos encontraron sus muslos, cuidando a cada instante, no abrir viejas heridas, su cuerpo se relajó poco a poco bajo mi tacto, una aceptación que entendí al instante.
Mi mano continuo su camino hasta llegar a su intimidad, en donde hice otra pausa, una respiración profunda y una mirada llena de amor y confianza fueron mi señal para continuar, mis dedos frotaban con sutileza, perdiéndose en su interior, provocando su dulce humedad, hasta provocar esa pequeña explosión de placer que le regresaba la propiedad de su cuerpo, la certeza de que se podía entregar por amor, (Diana) Nos movimos en el agua, nuestros cuerpos entrelazados en una danza lenta y sensual, una reconstrucción táctil de nuestra alianza.
Sentí la electricidad entre nosotras, el aire espeso con un deseo que era a la vez tierno y voraz.
Era como si estuviéramos redescubriendo no solo a la otra, sino a nosotras mismas, a través del tacto, del sabor, de la entrega.
Por un instante, todos mis miedos, todo el dolor, la pérdida…
todo el asco que me había marcado…
todo se disolvió en el calor del agua y en la certeza de su presencia, de su deseo elegido.
Nos quedamos así, flotando juntas, perdidas en las sensaciones, hasta que el agua empezó a enfriarse y supimos que era hora de salir.
Al salir del agua, mientras Samara secaba nuestros cuerpos con caricias que ahora eran simplemente amorosas, lo entendimos.
Habíamos perdido a Víktor, sí, y dolía horrores.
Pero aún nos teníamos la una a la otra.
El vínculo no estaba roto; se había reconfigurado, cicatrizado.
No sabíamos si la magia restante sería suficiente contra los peligros de la montaña y el Coleccionista.
Solo había una certeza: lo que sea que venga, lo enfrentaríamos juntas.
(Samara) Nos envolvimos en ropas ligeras y nos recostamos juntas cerca del fuego.
Nos cubrimos con un par de pieles y pasamos la noche entera abrazadas.
Ya no era el abrazo de la supervivencia inmediata; era el abrazo de la promesa.
Era un abrazo lleno de amor, sin duda alguna, pero en lo más profundo estaba cargado de miedo.
Miedo a soltar…
a perder de nuevo.
Así, con el alma rota y el corazón un poco menos roto, pasamos una noche más, preparándonos para ser las dos mitades que seguirían adelante por el tercero que faltaba.
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