El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 35
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- Capítulo 35 - 35 Capítulo 35 Fue ella
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35: Capítulo 35: Fue ella 35: Capítulo 35: Fue ella (Samara) Diana y yo despertamos, aún aferradas la una a la otra en la cama improvisada de musgo.
La luz grisácea del amanecer se filtraba por la entrada camuflada de la cueva.
Me levanté con cuidado para no despertarla, mis músculos aún resentidos, pero mi corazón un poco menos pesado que la noche anterior.
Necesitaba ir a la salida de la cueva, quería ver el amanecer, confirmar con mis propios ojos que habíamos sobrevivido una noche más.
Otra pequeña victoria en esta horrible batalla que se sentía interminable.
Avancé en silencio por el túnel que Diana había cavado.
El aire era frío y olía a tierra helada.
Al dar la última vuelta antes de la salida, lo sentí.
La silueta de un hombre parado en la entrada, recortada contra la luz naciente.
Los primeros rayos del sol me cegaban, impidiéndome definir la forma.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Me tensé.
La magia Bansheaver se levantó en mi garganta como una niebla gélida, lista para ser desatada.
¿Un seguidor del Coleccionista?
¿Habían encontrado nuestro refugio tan pronto?
—Dejaron demasiados rastros mágicos —dijo una voz áspera, quebrada y cansada.
Esa voz…
… ..
.
Un escalofrío de un terror completamente diferente, de una negación imposible, recorrió todo mi cuerpo, erizando toda mi piel.
La figura avanzó hacia mí, saliendo de la luz cegadora.
Tomé postura defensiva, pero mi magia se sentía incierta, como un eco roto.
Aquel hombre ni se inmutó.
Siguió avanzando.
Yo solo podía pensar en Diana, aún dormida en el interior, vulnerable.
Tenía que protegerla.
Di un paso al frente, bloqueando el túnel.
El hombre siguió avanzando, lento pero implacable, apoyando su peso pesadamente en la pared.
Mis ojos se ajustaron a la penumbra a medida que la silueta se internaba en la cueva, y pude verlo mejor.
Estaba cubierto de sangre seca y tierra.
Sin ropa…
solo pedazos de pieles, rotas y muy maltratadas cubrían apenas lo necesario.
Cojeaba visiblemente, terminó apoyándose pesadamente en la pared del túnel.
Pero entonces vi rostro…
pálido, demacrado, con una cicatriz cruzándole la ceja…
extraño, pero inconfundible.
Me quedé completamente helada.
El aire escapó de mis pulmones.
Las palabras rodaron por mi boca sin pensarlo, un susurro ahogado, incrédulo.
… ..
.
—Víktor…
… Él se detuvo a un par de pasos de mí.
Una sonrisa cansada, dolorosa, apenas curvó sus labios.
Era el Lycan en su forma más frágil, pero era él.
—Hola, Bansheaver —murmuró, su voz apenas audible.
Y entonces, sus piernas cedieron.
Se desplomó hacia adelante.
Corrí, atrapándolo antes de que golpeara el suelo, su peso casi me derribó.
Estaba frío, demasiado frío, como si el hielo de la muerte aún se aferrara a sus huesos.
Pero respiraba.
¡Respiraba!
—¡Diana!
—grité, mi voz quebrándose por la emoción—.
¡Diana, despierta!
¡Es Víktor!
De inmediato, mi magia, por un acto reflejo, le devolvió sus ropas básicas.
Escuché un ruido sordo desde el interior de la cueva, seguido de pasos apresurados.
Diana apareció en la entrada del túnel, con los ojos legañosos y el cabello revuelto.
Vio a Víktor en mis brazos, y su rostro pasó del sueño a la incredulidad absoluta en una fracción de segundo.
—¿Víktor…?
—balbuceó, acercándose como si temiera que fuera una ilusión, su mente luchando por no crear un Víktor que no estaba allí.
Lo llevamos entre las dos hasta la cámara principal, depositándolo con cuidado sobre las pieles cerca del fuego agonizante.
Estaba terriblemente pálido, sus heridas eran espantosas —el agujero en su costado, aunque ya no sangraba activamente, era una visión horrible—, y sus huesos…
podía sentir, con solo tocarlo, que varios estaban rotos.
Diana sollozaba abiertamente ahora, arrodillada a su lado, tomando su mano helada entre las suyas.
Yo reavivé el fuego, añadiendo más leña, tratando desesperadamente de devolverle algo de calor.
—¿Cómo…?
—preguntó Diana entre sollozos, mirando de Víktor a mí—.
Sam, tú dijiste…
el hilo…
Asentí, mis propias lágrimas nublando mi visión.
—Lo estaba.
Estaba roto.
Yo…
intenté repararlo.
Toda la noche.
Pero no…
no brillaba.
No volvía.
—Reparé el hilo —dije—.
Pero no fue suficiente.
Víktor tosió, un sonido débil y húmedo que nos hizo callar al instante.
Abrió los ojos, sus iris dorados, aunque apagados por el dolor y el agotamiento, nos encontraron.
—Fue ella…
—susurró, su voz apenas audible—.
Fue ella.
Nos inclinamos sobre él, desesperadas por escuchar.
Hizo una pausa, luchando por respirar.
—Sentí…
sentí su luz.
Dorada.
Llenando…
llenando el vacío.
Iluminando no solo el hilo…
sino a mí.
Calidez…
y luego…
se despidió.
«Los veo del otro lado»…
fue lo último…
Su voz se apagó, pero sus ojos se cerraron, entró de nuevo en sueño profundo.
Nosotras lo entendimos…El eco dorado que habíamos sentido, la promesa de Alun’diel…
no era solo para proteger su cuerpo inerte.
Nuestro eco nos había devuelto a Víktor.
La magnitud de su regalo, de su amor, nos golpeó con la fuerza de una ola.
Diana y yo nos miramos, las lágrimas corriendo libremente ahora, pero ya no eran solo de dolor.
Eran de gratitud.
De asombro.
De un amor tan profundo que dolía.
Poco me importo preguntar en ese momento, el motivo por el que Víktor se refería al eco de Alun’diel como “ella”.
—Lo hizo…
—susurró Diana—.
Nos lo devolvió.
Pasamos el resto de la mañana cuidando de Víktor.
Mientras yo limpiaba sus heridas con la mayor delicadeza posible, usando agua tibia de los estanques termales y musgo antiséptico, Diana sacó las nuevas pociones de curación que habíamos fabricado apenas el día anterior.
La idea de haber dedicado tiempo a la alquimia en el claro ahora no parecía una simple coincidencia, sino una preparación providencial.
Con cuidado, levantamos la cabeza de Víktor.
Bebió la poción a pequeños sorbos.
Observamos con ansiedad.
Las heridas más pequeñas y los cortes superficiales comenzaron a cerrarse, sí, pero no limpiamente.
Dejaban cicatrices visibles, líneas finas y blancas que parecían grabadas en piedra contra su piel pálida.
Un efecto atípico, pensé.
Recordé cómo el brazo que Diana se había fracturado sanó al instante bajo el efecto de la misma poción.
Peor aún fue el sonido.
Escuchamos cómo los huesos de Víktor crujían y rechinaban dolorosamente mientras se reacomodaban en su lugar.
Un gemido gutural escapó de sus labios apretados; agonizaba.
El aire se llenó de un hedor acre, como a metal quemado y azufre, la corrupción siendo forzada a salir.
El proceso era lento, brutal.
Lo calmé lo más que pude con mi lamento, entonando una melodía suave, no para sanar la carne, sino para intentar apaciguar el dolor que lo consumía.
Mientras tanto, Diana vertió con ternura infinita gotas en su boca, una poción para el dolor que habíamos preparado.
¿Por qué era tan diferente?
La herida de Diana fue por el impacto contra la pared, fue limpia.
Pero Víktor…
él había sido herido directamente por la criatura.
La deducción más lógica era pensar que la vil magia del Gorgolith era tan fuerte, tan persistente incluso en sus víctimas, que por eso la sanación era tan lenta y dolorosa.
Su esencia corrupta luchaba contra la magia curativa a cada paso.
Hicimos todo lo posible por mitigar el dolor durante las siguientes horas, turnándonos para aplicar ungüentos calmantes y asegurándonos de que bebiera agua.
Vimos cómo su cuerpo, lento pero seguro, recuperaba sus fuerzas, cómo el color volvía gradualmente a su rostro.
Mientras él dormitaba, agotado por la terrible experiencia, Diana y yo nos sentamos juntas cerca, tomadas de la mano, observándolo respirar.
El silencio ya no era pesado.
Estaba lleno de una esperanza frágil, pero real.
—Lo cuidaremos —dijo Diana en voz baja, su voz firme a pesar de las lágrimas secas en sus mejillas—.
Lo sacaremos de aquí.
Asentí, sintiendo una nueva determinación nacer de las cenizas de mi desesperación.
Víktor había vuelto.
Roto, herido, marcado, pero vivo.
Era más de lo que podíamos pedir.
Sentí el vínculo entre los tres vibrar, antes distorsionado por el dolor y la ausencia, ahora completo de nuevo, una corriente cálida que nos envolvía.
Nosotras por fin nos sentimos completas de nuevo.
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