El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 37
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- Capítulo 37 - 37 Capítulo 37 El fuego de Alun’diel
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37: Capítulo 37: El fuego de Alun’diel 37: Capítulo 37: El fuego de Alun’diel (Víktor) Hice una pausa.
No para recordar; la imagen estaba grabada a fuego en mi memoria.
Necesitaba respirar; el recuerdo…
dolía.
Dolía en el hilo, dolía en las cicatrices, dolía en el alma.
—Era una niña, no muy pequeña, unos diez años quizás —comencé la historia.
Tenía el cabello negro azabache, como el mío, pero sus ojos…
eran idénticos a los de Samara.
Verdes y llenos de una sabiduría antigua, pero sin la tristeza que a veces carga mi Bansheaver.
Su cuerpo infantil irradiaba una luz dorada, suave y cálida, como el sol de la mañana filtrándose en la nieve.
—Se acercó flotando en esa neblina gris.
No parecía un fantasma, ni un eco.
Era…
real.
Tangible.
Puso su mano sobre mi pecho, justo donde sentía el vacío más profundo, donde el hilo se había roto.
Su voz era dulce, sí, la de una niña, pero firme.
Como la de Samara cuando sabe exactamente lo que quiere.
«No es tu hora, papá», me dijo.
«Ellas te necesitan».
En ese momento supe que era Alun’diel, mi hija.
Estaba asombrado, sin palabras… ella lo notó.
Me miró a los ojos y dijo algo que nadie más sabía, que ni ustedes escucharon, un momento tan mío que oculté incluso del vínculo: «¿Recuerdas ese día que recolectabas a solas?
Te preguntabas cómo sería verme correr por el bosque, bueno…
esta es la forma que el destino me tenía deparada.
Quería quitarte la duda y regalarte el recuerdo».
Mi garganta se cerró por la emoción.
Logré obligar a salir la pregunta.
—¿En dónde estamos?
—pregunté.
«En el Intersticio», respondió.
«Has fallecido, padre, pero aún no llegas al Más Allá».
Hice una nueva pausa, sintiendo el peso de mis palabras, la verdad brutal.
—Me explicó lo que hicieron.
Que Samara había reparado el hilo y Diana había sanado el cuerpo.
Pero el hilo reparado aún estaba opaco.
Estaba ahí, pero vacío.
Le faltaba la chispa.
«Mi madre reparó el hilo, Diana sanó tu forma base, pero te falta una chispa, algo que encienda la vida en tu esencia…
tú eres la roca, mi madre el viento y Diana el agua…
yo estaba destinada a nacer bajo una constelación del fuego, o eso es lo que Dijo Caelum».
«Padre, permíteme darte un último regalo: mi luz, mi fuego, la chispa».
—Entonces sentí cómo su luz, su energía vital dorada, el vestigio de su fuego no nacido, comenzaba a fluir hacia mí.
No era solo calor, era…
vida.
Sentí cómo imbuyó esa luz en mi corazón, justo en el centro del hilo que reparaste con tanto esfuerzo —dije, observando a Samara.
—Era como si estuviera encendiendo una llama apagada —continué.
Samara se llevó una mano al pecho, sus ojos muy abiertos.
Cerró los párpados por un instante, concentrándose.
Cuando los abrió, asintió lentamente, lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas.
—Lo veo —susurró—.
El hilo…
ya no está opaco.
Tiene tu brillo rojo…
y un tenue brillo dorado atado directamente a tu corazón.
—Alun’diel no era solo un eco, no era solo sentimiento.
Era algo más.
Quizás no un ser como Caelum, pero sí un vestigio de esencia pura más allá de la vida y la muerte —continué, la comprensión llegando incluso mientras hablaba.
—Su energía, su luz dorada, llevaba no solo amor, sino también energía vital que le permitía manifestarse en el plano de lo terrenal.
Al no tener un cuerpo físico donde anclarse, se refugió en nuestros corazones.
En los tres.
Pude sentir la felicidad y tristeza conviviendo dentro de Diana.
—Cuando caí en batalla —seguí contando—.
Cuando el hilo y el cuerpo se rompieron…
ella usó esa energía vital, la suya propia, el vestigio de su vida futura, para reparar desde dentro lo que ustedes reparaban afuera.
Para regresarme a ustedes.
La magnitud de su sacrificio me golpeó de nuevo.
La voz se me quebró.
—Pero al despojarse de esa energía…
ella pagó un precio.
Alun’diel no pudo seguir habitando este plano.
Su forma comenzó a volverse translúcida.
Me sonrió, una sonrisa triste pero llena de paz.
Dijo que esperaría pacientemente por nosotros…
al otro lado, en El Más Allá.
El silencio que siguió fue profundo, lleno de dolor, pero también de una gratitud inmensa.
Nuestra hija nos había salvado, a costa de su propia presencia entre nosotros.
Diana lloraba abiertamente, apoyada en el hombro de Samara, quien me miraba con una mezcla de amor y pena que reflejaba la mía propia.
Nos quedamos así un rato, unidos en un triángulo de duelo y amor silencioso.
El crepitar del fuego era el único sonido, aparte de nuestras respiraciones entrecortadas y los suaves sollozos de Diana.
No hacían falta más palabras.
Habíamos compartido la verdad más íntima y dolorosa, y en esa vulnerabilidad compartida, nuestro vínculo se sintió más fuerte, más irrompible que nunca.
Alun’diel se había ido de nuevo, esta vez para siempre de este plano.
Pero nos había dejado el regalo más grande: la vida, y la certeza de que su amor era una fuerza capaz de trascender incluso la muerte.
Nos había devuelto la esperanza.
Nos había devuelto a nosotros.
Y en la quietud de esa cueva, bajo la mirada silenciosa de la montaña, juramos en silencio honrar su sacrificio viviendo, luchando y amando con cada fibra de nuestro ser.
(Samara) Víktor miró a Diana, con esa sonrisa cansada y pícara que le salía solo a él.
—Por cierto, Diana, el ataúd de hielo era increíblemente hermoso.
Lamento haberlo destrozado, pero necesitaba salir, además…
es curioso, una parte se derritió, el resto bueno, el resto lo rompí yo —dijo, sin dejar de mirarla.
Diana se rió.
No fue un sollozo; fue una risa limpia, aunque con rastros de lágrimas, que resonó en la cueva, borrando por un instante el eco de la muerte.
—¡Lycan bobo!
—respondió, su voz llena de amor—.
¡Rompe mil más de mis creaciones si eso te permite volver a mí!
La tensión se rompió.
Yo sonreí, sintiendo la vibración de su risa compartida.
El vínculo, finalmente, estaba en paz…Completo
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