El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 38
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- Capítulo 38 - 38 Capítulo 38 Hilos Plateados Corazones Dorados
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38: Capítulo 38: Hilos Plateados, Corazones Dorados 38: Capítulo 38: Hilos Plateados, Corazones Dorados (Diana) Finalmente, respiré hondo.
El aire olía a fuego, a cueva y a ellos.
Necesitábamos…
algo.
Un respiro.
Un momento para asimilarlo todo.
—Samara, ¡hay que llevar a Víktor a las aguas!
—dije, tratando de sonar animada—.
El calor le sentará genial para los músculos.
¡Y un baño nos vendrá bien a todos antes de dormir!
Mañana seguiremos el camino, ¿verdad?
¡Aún ni siquiera llegamos a la primera cúspide, el Yelmo de Hierro!
Samara me miró, y vi un destello de gratitud en sus ojos por romper la tensión.
—Buena idea, Nextherian.
Ayúdame.
Entre las dos ayudamos a Víktor a incorporarse.
Se quejó un poco, con un gruñido muy suyo, pero noté que casi toda su fuerza había regresado.
Apoyaba más peso en nosotras de lo necesario, ¡el muy tramposo!
Pero no me importó.
Se dejaba consentir, y después de lo que había pasado, se lo merecía con creces.
Llegamos a la cámara de los estanques.
El vapor cálido nos envolvió como un abrazo.
¡Adoro este lugar!
Sin pensarlo dos veces, fui la primera en quitarme la ropa y meterme de un salto al agua caliente.
Entrar al manantial era la gloria, casi como si el agua se llevara un poquito del dolor.
Me giré justo a tiempo para ver cómo Samara desnudaba lentamente a Víktor.
Lo hacía con un cuidado, una ternura…
que me hizo sentir un nudo en la garganta.
Le quitó los últimos jirones de ropa con la delicadeza con la que trataría un pergamino antiguo.
Después, se quitó sus propias ropas con esa elegancia suya que me fascina, y entraron juntos al agua.
Nos quedamos ahí los tres, relajados, dejando que el calor hiciera su magia.
Víktor suspiró, recostando la cabeza en el borde de piedra, sus nuevas cicatrices visibles bajo el agua.
Samara flotaba a su lado, sus ojos cerrados, pero sentía su calma a través del vínculo.
Yo chapoteaba un poco, demasiado feliz para quedarme quieta.
¡Estaba vivo!
¡Estábamos juntos!
Fue Víktor quien rompió el silencio.
Miró a Samara, su expresión seria.
—Sam.… tu cabello.
El mechón blanco.
¿Qué…?
Vi a Samara agachar la mirada, sus dedos jugando con el agua.
Dudó por un instante, y luego respondió, su voz apenas un susurro.
—Es…
mi propio sacrificio.
No puedo tocar los hilos de la vida, manipularlos como lo hice contigo, a menos que utilice mi energía espectral.
Mi propia esencia vital.
Vi el horror en los ojos de Víktor.
Se incorporó de golpe, salpicando agua.
—¡¿Qué?!
—dijo, alterado—¡Traerme de vuelta…
te costó años de vida…!
—Quizás siglos —respondió Samara, tranquila, encontrando su mirada—.
Pero daría eso y mucho más con tal de besarte de nuevo.
Se acercó a él y lo besó, un beso suave pero lleno de una certeza que pareció calmar la tormenta en sus ojos.
Víktor se relajó bajo su toque, pero vi lágrimas silenciosas rodar por sus mejillas.
Mi pobre Lycan, odiaba verlo sufrir.
Al separarse, Samara cambió el tema intempestivamente, como si no quisiera darle más vueltas a su sacrificio.
Me miró, y sus ojos brillaron con orgullo.
—Diana ya te entiende mucho mejor, ¿sabes?
—le dijo a Víktor—.
Mientras no estabas, aprendió a cazar.
Eso le permitió comprenderte más a fondo.
Y cuando nos atacó un troll de hielo ayer…
bueno…
Samara hizo una pausa dramática, ¡la muy teatrera!
—Diana se convirtió en un Lycan y lo decapitó.
Víktor me vio entonces, su boca ligeramente abierta, con una mezcla de asombro y orgullo que hizo que me sonrojara.
—¿Qué hiciste qué?
—preguntó, su voz llena de incredulidad.
—Decapi…
—no me dejó terminar la respuesta.
En un movimiento borroso, típico de él, ya estaba sobre mí, sus brazos rodeándome, besándome con una intensidad que me robó el aliento.
Había extrañado esa velocidad, esa fuerza y esa pasión suya.
Sus labios reclamando los míos, su cuerpo presionándome contra la pared de roca…
Ese beso me derritió por completo.
Samara nos miraba desde cerca con una sonrisa divertida.
Cuando finalmente se separó, me miró, sus ojos dorados brillando intensamente.
—Estoy orgulloso de ti, Diana —dijo, su voz ronca.
Sentí las lágrimas picar de nuevo, pero esta vez eran de felicidad pura.
Me sequé las mejillas con el dorso de la mano.
—Lycan tonto —respondí, mi voz temblando un poco—.
No vuelvas a asustarnos así jamás.
Víktor retrocedió un poco, me miró con ternura.
Luego volteó con Samara y tomó uno de sus mechones blancos entre sus dedos, observándolo como si fuera la joya más preciosa y terrible del mundo.
—Perdóname —dijo con seriedad, su voz cargada de culpa.
—Solo no vuelvas a pedirme que te lance por los aires —dije yo, tratando de calmar el momento con una broma, aunque una parte MUY grande de mí lo decía en serio.
Nunca, nunca quería volver a sentir ese miedo, esa pérdida….
Víktor me miró sonriendo, una sonrisa triste pero genuina.
—Discúlpame, Diana.
Tenía que hacerlo.
Samara y yo lo miramos, esperando.
—Sentí cómo el Gorgolith se preparaba —explicó, su mirada perdida por un instante en el recuerdo de la batalla—.
El balance, la forma en que apoyó sus patas en el suelo y, sobre todo, su furia…
me indicaron que venía un ataque devastador.
Tenía que asegurarme de que yo fuera su objetivo.
Nos miró a ambas, sus ojos llenos de una vulnerabilidad que rara vez mostraba.
—Yo no soy tan fuerte como ustedes —continuó—.
Si algo les hubiera pasado…
yo no hubiera podido continuar.
Me hubiera…
Samara y yo lo interrumpimos con un abrazo, rodeándolo desde ambos lados, aferrándonos a él en el agua cálida.
Ambas proyectamos al unísono en el vínculo, un pensamiento simple pero poderoso: «Estamos juntos.
Los tres.
Es lo único que importa».
Sentí cómo se relajaba en nuestro abrazo, el peso del mundo pareciendo aligerarse de sus hombros.
Nos quedamos así, los tres juntos en el agua cálida.
Después de todo el dolor y el miedo, vinieron más besos y caricias, suaves al principio, luego más intensas.
Era como si necesitáramos reafirmar que estábamos allí, los tres, vivos y juntos.
Era una celebración silenciosa, un lenguaje de piel y calor que curaba las heridas que las pociones no podían alcanzar.
Finalmente, salimos del agua, temblando un poco por el frío del aire en contraste con el calor del estanque.
Nos vestimos con ropa seca y nos recostamos junto al fuego en la cámara principal.
Éramos tres…
al fin, los tres dormimos juntos de nuevo, apretados sobre las pieles, entre la tensa calma del regreso de nuestro Lycan y el peso de la misión aún por completar.
Pero por esa noche, solo importaba que estábamos juntos.
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