El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 39
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- Capítulo 39 - 39 Capítulo 39 El frio de la noche
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39: Capítulo 39: El frio de la noche 39: Capítulo 39: El frio de la noche (Víktor) El día siguiente amaneció claro y frío.
Despertamos entrelazados, un nudo cálido de cuerpos buscando consuelo mutuo contra el frío de la cueva y la memoria reciente del dolor.
Me moví con cuidado, sintiendo un coro de protestas sordas de mis músculos magullados y el tirón agudo de la cicatriz reciente en mi costado.
Estaba sanando, sí, gracias a Alun’diel y a las chicas, pero el cuerpo base era exasperantemente lento.
El Lycan habría estado listo para otra batalla en horas.
Sin embargo, bajo el dolor físico, había una gratitud inmensa por simplemente estar respirando junto a ellas.
Desayunamos rápido, algunos de los pescados ahumados que quedaban, engullidos con la urgencia de quien sabe que cada minuto cuenta.
Mientras nos vestíamos con las pesadas y cálidas ropas, el silencio estaba cargado de preguntas no formuladas.
Sabía que necesitaban escuchar mi parte de la historia, la que me faltaba por contar, la de mi despertar y regreso.
Iniciamos de nuevo el ascenso.
El sendero seguía siendo empinado, pero el terreno no era tan difícil de surcar en esta ocasión, menos traicionero que las secciones inferiores.
El aire era fino y olía a roca fría y a los pinos retorcidos que se aferraban a la vida en las grietas.
Mientras caminábamos, con el ritmo constante de nuestras botas sobre la piedra como única banda sonora, comencé a hablar.
—Desperté solo en aquella cueva —dije, mi voz aún un poco ronca—.
El fuego casi se había extinguido.
Al principio, pensé que estaba soñando.
La confusión era total, un vacío helado donde antes estaba el vínculo, donde antes estaba todo.
Les conté la desesperación inicial, el frío del ataúd que me calaba los huesos, y luego, la urgencia abrumadora por verlas, por saber que estaban a salvo, una necesidad tan fundamental como respirar.
Me cubrí con trozos de tela rasgada como pude —un espectáculo lamentable, sin duda— y salí de la cueva donde me habían dejado, siguiendo el rastro tenue de su magia reparadora en mi hilo vital.
—Seguí sus rastros.
Fueron descuidadas al principio, físicos y mágicos por igual —añadí, lanzándole una mirada burlona a Diana, que fingió indignación—.
Pisadas profundas en la nieve blanda, alguna rama rota…
Pero luego se volvieron apenas visibles.
Huellas borradas por el viento, piedras movidas casi imperceptiblemente…
Era como seguir un fantasma.
Pero los rastros fueron los necesarios para dar con ustedes.
Mi instinto…
esa conexión con la tierra me guiaba.
Sentía la dirección, la urgencia.
Diana ladeó la cabeza, su ceño fruncido en concentración.
—¿Por qué no te sentimos despertar en el vínculo?
Deberíamos haberlo sabido.
Te busqué más de una vez y solo había silencio.
Respiré hondo, el aire frío llenando mis pulmones.
—Creo que mi energía vital era muy débil.
Apenas una chispa reavivada.
Yo las escuchaba, sentía su presencia en el vínculo, pero como un ruido lejano, ecos confusos, apenas podía distinguir palabras.
Era como intentar oír un susurro en medio de una tormenta.
Era frustrante, aterrador.
Hice una pausa.
—Además…
oculté mi presencia.
Como dijo Nimue, si la naturaleza es tu confidente, no te delata.
No sabía si encontraría amigos o enemigos esperándome afuera.
Solo sabía que tenía que encontrarlas.
Tambien disimule mi presencia en el vínculo, quería sorprenderlas, aparecer como un radiante caballero en su refugio, pero como vieron, llegue en un estado deplorable.
Samara me golpeó suavemente en el hombro.
—Nunca te escondas de nuevo de mí —dijo, su voz seria al principio, pero luego una sonrisa tiró de sus labios—.
O estrujaré tu hilo vital.
No pude contener la risa al final de la frase, y el sonido alivió la tensión que aún flotaba entre nosotros.
Su amenaza juguetona era la prueba más clara de que habíamos vuelto a la normalidad, nuestra extraña y perfecta normalidad.
Continuamos caminando.
Los tres, ya por costumbre, íbamos recogiendo flores de colores intensos que desafiaban al hielo, semillas extrañas que encontrábamos en piñas caídas, plantas resistentes que crecían en las grietas, sus hilos vitales tenues pero persistentes.
Todo lo que parecía útil iba directo al bolso mágico.
Comíamos un poco durante el camino —frutos secos, carne ahumada—, sin detenernos, saboreando la energía que nos daban, conscientes de que cada caloría contaba.
El sol alcanzó su cenit, bañando las laderas rocosas con una luz brillante pero fría.
La inmensidad de la montaña era abrumadora.
Picos nevados se alzaban a nuestro alrededor como dientes blancos contra el cielo azul pálido.
El viento silbaba constantemente, un recordatorio de la fuerza implacable de este lugar.
Íbamos en fila india por un sendero estrecho que bordeaba una caída pronunciada.
Yo iba delante, buscando el camino más seguro, sintiendo la textura de la roca bajo mis botas, escuchando el crujido de la escarcha.
Samara iba detrás de mí, sus ojos analizando el entorno con la precisión de una estratega.
Y Diana cerraba la marcha, sus pasos más ligeros, su energía contenida pero alerta.
De repente, sentí un pellizco agudo y juguetón en el trasero.
Brinqué al instante, girándome con un grujido ahogado, casi perdiendo el equilibrio en el estrecho sendero.
Diana soltó una carcajada sonora, retrocediendo un paso con las manos en alto, sus ojos brillando con pura travesura.
—¡Perdón, perdón!
—dijo, su risa haciendo eco en las rocas—.
¡Solo comprobaba que eres real!
Después de todo lo que pasó…
¡verte caminar ahí tan serio!
Necesitaba asegurarme de que no eras un fantasma…uno increíblemente atractivo.
Negué con la cabeza, el corazón aun latiendo un poco rápido por la sorpresa, pero no pude evitar sonreír.
Su forma de romper la tensión era tan…
Diana.
Impredecible, un poco loca, pero increíblemente necesaria.
Me recordaba que, incluso en medio del peligro y la misión, aún podíamos encontrar momentos de simple y absurda alegría.
Samara se reía silenciosamente detrás de mí, negando también con la cabeza, pero vi el cariño en su mirada.
Esta chica, este vendaval de energía y corazón, nos mantenía cuerdos.
Nos mantenía unidos.
Seguimos avanzando hasta que el sol comenzó a descender de nuevo, pintando el cielo de tonos fríos y violetas.
La temperatura cayó bruscamente.
El frío se tornó más difícil de soportar, un frío que se metía en los huesos, que hacía que cada respiración doliera.
El viento comenzó a soplar con más fuerza, aullando entre los picos como un lobo hambriento, amenazando con arrancarnos del sendero.
No encontrábamos refugios visibles.
La ladera era una pared casi continua de roca y hielo.
La preocupación comenzó a crecer.
Pasar una noche a la intemperie aquí arriba sería peligroso, incluso con las ropas del Nøkk.
La oscuridad se cernía sobre nosotros rápidamente.
Seguimos avanzando hasta casi medianoche, la luna era nuestra única guía en la oscuridad helada, su luz plateada creando sombras fantasmales en la nieve.
Fue entonces cuando lo sentí.
Mi conexión con la tierra, aunque aun recuperándose, percibió una anomalía.
Una interrupción en la estructura de la roca, un vacío donde debería haber solidez.
Un susurro de aire ligeramente más cálido escapando de la piedra.
—A lo lejos —dije, forzando la voz contra el viento, señalando hacia un punto oscuro en la ladera de la montaña—.
Detecto un hueco.
Una cavidad.
Nos desviamos del sendero, trepando con dificultad por la pendiente rocosa, luchando contra el viento que amenazaba con derribarnos.
La encontramos: una grieta estrecha, casi invisible, oculta tras un saliente de hielo que el viento había esculpido.
Era pequeña, apenas lo suficiente para una fogata modesta y nuestros tres cuerpos sentados muy juntos.
Entramos, agradecidos por el respiro del viento incesante.
Encendimos un pequeño fuego, cuyas llamas proyectaban sombras danzantes en las paredes angostas.
Nos acurrucamos, compartiendo el calor corporal y el de las llamas.
No sería una noche cómoda, el suelo era irregular y el espacio mínimo, pero sí segura.
Estábamos ocultos, protegidos del viento, juntos.
Y por ahora, eso era todo lo que importaba.
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