El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Capítulo 4 Tejedora
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4: Capítulo 4: Tejedora 4: Capítulo 4: Tejedora (Víktor) La mañana siguiente nos encontró perezosos, envueltos en la comodidad de la habitación de hotel y el calor de nuestros cuerpos entrelazados.
Decidimos darnos un lujo y pedimos servicio a la habitación, un festín de huevos, tocino y café que devoramos en la cama entre risas.
Después de ducharnos, mientras nos preparábamos para el empezar el día, Samara nos anunció que, en lugar de su meditación habitual, iría a visitar a la Dama del Velo Gris.
Diana y yo intercambiamos una mirada.
No necesitamos preguntar por qué.
Una vibración sutil en nuestro vínculo, una corriente de necesidad y búsqueda que emanaba de Samara, nos hizo entender que este era un momento privado.
Era una conversación que debía tener a solas, de hermana a hermana.
—Nosotros iremos de nuevo al bosque, entonces —dije, dándole el espacio que no había pedido, pero que ambos sabíamos que necesitaba—.
Entrenaremos un poco, recolectaremos algunos ingredientes.
—Con cuidado, por favor —respondió ella, y aunque su tono era ligero, vi en sus ojos una gratitud profunda por nuestro respeto silencioso.
Nos dio un beso a cada uno, un gesto que ya era tan natural como respirar, y salió de la habitación.
Diana me miró con una sonrisa traviesa.
—Bueno, parece que hoy nos toca el postre en la cama.
Me reí, entendiendo su juego.
—Me parece un excelente plan de calentamiento.
La seguí de vuelta a la cama, y por un rato, el bosque y las misiones y los coleccionistas de magias dejaron de existir.
————————————– (Samara) Sali de la habitación sin prisa, pero con el rumbo fijo, caminaba por las calles de Whitepine, disfrutando de la fresca brisa de la mañana.
El sol tibio en mi rostro era un bálsamo, una simple caricia del mundo físico que ahora apreciaba más que nunca.
Iba absorta en mis pensamientos, en las preguntas que se arremolinaban en mi interior, cuando un cosquilleo recorrió mi cuerpo.
Fue una sensación cálida y repentinamente placentera, seguida de un leve espasmo involuntario que me hizo sonreír.
«Ese par» pensé para mis adentros, sintiendo el eco de su alegría a través del vínculo.
Decidieron divertirse un poco antes de entrenar.
La sensación me acompañó hasta que llegué a la tienda.
La pequeña campana sobre la puerta anunció mi llegada.
La Dama del Velo Gris me recibió con un amor y un entusiasmo que me calentaron el alma.
Me observó detenidamente, sus ojos como cenizas viendo más allá de la superficie.
—Veo que más de un aura se ha enlazado a ti, mi niña —dijo, su voz un susurro de hojas secas—.
El vínculo que tienes con tus amigos no solo es muy fuerte…
te hace más fuerte.
No sabes cuánto me alegro por ti.
—Por favor, mi niña, cambia el letrero de la puerta a “Cerrado” y vamos al cuarto de atrás por un poco de té.
Tu energía me dice que estás mejor que nunca, pero tu mirada me dice que algo te preocupa.
Seguí sus indicaciones y la acompañé a la trastienda, un santuario de aromas a hierbas y a tiempo.
Mientras preparaba el té, la observé con ternura.
Extrañaba esa sensación, la simple y profunda comodidad de convivir con otra hermana.
La Dama sirvió el líquido humeante en dos pequeñas tacitas y se sentó frente a mí.
—Cuéntame, mi niña.
¿Qué pasa?
Respiré hondo.
Era el momento.
—¿Qué soy ahora?
—pregunté—.
¿Qué significa ser una banshee que siente la vida con la misma intensidad que la muerte?
La Dama no respondió de inmediato.
En su lugar, me miró con una calma infinita.
—Déjame escuchar tu lamento.
Entona una melodía para mí.
Un poco avergonzada, asentí.
Busqué en lo profundo de mi corazón, no el dolor ni el presagio, sino esa nueva serenidad.
Mi voz espectral comenzó a sonar, una simple vocalización, una nota pura y cristalina que llenó la pequeña habitación.
Era suficiente para ella, quien solo se limitó a observar, como esperando algo más.
—Veo los hilos —continué, explicando cómo el tapiz de la vida se revelaba ahora ante mí.
La Dama susurró una sola palabra, cargada de revelación y poder.
—…Tejedora…
—Déjame contarte mi niña, he conocido a muchas hermanas, y por mucho tiempo y con mucha ayuda he intentado entender nuestra propia naturaleza.
Es por eso por lo que puedo decirte con certeza: tu papel como mensajera ha quedado atrás.
Tu misión ya no es anunciar la muerte, ahora tienes un impacto más directo.
—Eres una Tejedora.
Con el tiempo, no solo verás los hilos; podrás manipularlos.
Cortarlos o remendarlos.
Un control sobre ese tapiz es una enorme responsabilidad, pero supongo que eso ya lo entendiste.
Eres única, mi niña, y por eso muchas entidades te admirarán o envidiarán.
Debes cuidarte y seguir desarrollando tu poder.
Ya no eres una banshee cualquiera…
Un silencio armonioso llenó el lugar.
Solo pude murmurar la palabra que lo cambiaba todo.
—”Tejedora”…
Gracias, hermana.
Es una revelación y una advertencia.
Entiendo la carga y la responsabilidad.
La Dama interrumpió, su mirada suavizándose.
—La duda sigue en tus ojos, querida.
Dime, ¿qué más carga tu corazón?
Dudé.
La pregunta que realmente me había llevado allí era mucho más dolorosa.
Con la voz entrecortada, al borde del llanto, finalmente la dejé salir.
—La tragedia nos crea, es nuestra maldición…Dime, hermana, ¿por qué mi tragedia no creó a una de nosotras?
Perdí algo invaluable, irremplazable.
El hijo que cargaba en mi vientre ahora solo habita mi corazón como un recuerdo, la posibilidad que no fue, un eco que, aunque a veces resuena, no se volverá un canto.
Aún duele, hermana.
Su calor me reconforta por días, si…pero me quema por momentos.
¿Por qué mi tragedia no dio origen a otra banshee?
¿es nuestra verdadera tragedia no poder dar vida?
La Dama dio un sorbo a su taza de té, mirándome con una calma que pareció mitigar mi dolor.
—Tu tragedia fue enorme, dolorosa, incluso cruel.
Sin duda, suficiente para ver nacer a una de nosotras.
Pero hay un detalle, mi niña.
Déjame explicarlo así: La tragedia que vio nacer a la Madre, a largo plazo, fue solo eso, una tragedia.
El evento que me vio nacer, la dríada que se quitó la vida…
es el mismo patrón.
La tragedia es persistente, nadie gana nada, solo dolor.
Esa es la verdadera marca de nuestro nacimiento maldito.
—Tu tragedia, en cambio, fue diferente.
Te unió y te ligó a dos almas increíbles que permanecen a tu lado.
Y… el eco, tu pérdida…
puedo verlo.
Un fragmento, algo que persistió con tal de estar a tu lado.
Se abraza literalmente a tu corazón, un fragmento de hilo enredado a ti.
—Por eso no nació una hermana, mi niña.
Porque no todo fue tragedia.
Después de un silencio reflexivo y un sorbo a mi taza de té, pude al fin responder.
—Gracias hermana.
—No tienes nada que agradece mi niña, mejor cuéntame, como es el gran tapiz del universo, yo no he logrado desarrollar la habilidad del todo, veo fragmentos solamente, además, estos viejos ojos ya no son lo mismo, cuéntame para conocer el universo a través de tus ojos.
La dama y yo seguimos hablando por horas, casi hasta que cayó la noche y se dio la hora de volver al hotel.
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