El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 40
- Inicio
- Todas las novelas
- El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo
- Capítulo 40 - 40 Capítulo 40 Adaptarse o Morir
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
40: Capítulo 40: Adaptarse o Morir 40: Capítulo 40: Adaptarse o Morir (Samara) Después de una noche que no nos dio todo el descanso necesario, en la pequeña grieta de la ladera, despertamos con los cuerpos entumecidos pero el espíritu renovado.
Ver a Víktor dormir profundamente entre Diana y yo, su respiración tranquila, era un bálsamo para el alma.
Estaba aquí.
Estábamos juntos.
Esa era la única verdad que importaba.
«Aún siento el tenue brillo dorado en su hilo vital, un recordatorio constante del sacrificio de Alun’diel y de la fragilidad que casi nos lo arrebata».
Partimos al amanecer, el tiempo era un lujo que ya no teníamos.
Como de costumbre, comíamos en el camino, pequeños bocados energéticos para mantenernos en movimiento.
Nueces secas, alguna baya resistente al frío que encontrábamos.
El ascenso no permitía descansos para detenerse a cocinar o preparar algo más sustancioso.
Cada caloría contaba, cada momento ahorrado era vital.
La montaña se volvía más traicionera a medida que avanzábamos.
El sendero, si es que podía llamarse así, era una cicatriz irregular en la roca, a menudo cubierta por hielo traicionero o nieve acumulada por el viento incesante.
Cada paso requería concentración absoluta.
El abismo a nuestra derecha era una caída vertiginosa hacia valles envueltos en niebla, un vacío blanco que amenazaba con tragarnos si cometíamos un error.
Pero ahora éramos tres de nuevo.
Y se notaba.
La dinámica había cambiado fundamentalmente respecto a los días en que solo éramos Diana y yo.
La presencia de Víktor, incluso recuperándose, aportaba un equilibrio, una sensación de solidez que nos había faltado desesperadamente.
Era palpable la diferencia; la montaña misma parecía menos hostil con él de vuelta.
Víktor, más recuperado, aunque aún se movía con una rigidez cautelosa producto de sus heridas recientes, pudo usar su conexión natural para leer la montaña.
Era fascinante observarlo.
Se detenía, cerraba los ojos, y sentía el pulso de la piedra bajo sus botas, la historia silenciosa de la roca.
—Por aquí —decía, señalando un camino que a simple vista podría parecer más peligroso—.
La roca es más estable.
El hielo es superficial.
Nos guiaba por el camino más seguro con una maestría que me llenaba de alivio y admiración.
Era como si la montaña le susurrara sus secretos, advirtiéndole de peligros ocultos, de placas de hielo inestables o cornisas a punto de ceder.
Su conexión era nuestra brújula en este terreno implacable.
Cuando su magia —aun recuperándose del trauma— o su cuerpo se cansaban, Diana tomaba el relevo.
Usaba sus transformaciones con una inteligencia táctica que me sorprendía cada vez más.
Se convertía en cabra montesa para probar cornisas estrechas con una seguridad pasmosa, en zorro de las nieves para olfatear cambios en el viento que pudieran anunciar una tormenta repentina.
O se elevaba como ave rapaz, buscando los caminos desde las alturas y proyectándolos a nosotros en imágenes mentales claras y precisas.
«Un giro a la izquierda tras esa roca puntiaguda», nos transmitía, «luego un pequeño salto sobre la grieta».
Su versatilidad era asombrosa, una adaptación constante al desafío inmediato.
Habíamos encontrado una sincronía casi perfecta, una danza silenciosa de habilidades que nos mantenía con vida en este entorno implacable.
Yo, por mi parte, buscaba hilos de vida.
Mi percepción de Tejedora se extendía constantemente, escaneando el entorno con una atención casi dolorosa.
Buscaba el brillo tenue de pequeños animales —marmotas, liebres árticas— que pudiéramos cazar rápidamente para reponer energías.
Buscaba parches de vegetación resistente que pudieran ofrecer alguna raíz comestible, cualquier pista de sustento que nos ayudara a seguir adelante.
Era un trabajo agotador, mantener esa concentración mientras escalaba, mientras luchaba contra el viento helado, pero necesario.
Nuestras provisiones disminuían a un ritmo inesperado.
La carne de jabalí se agotaba, las bayas secas escaseaban.
La montaña exigía un peaje constante a nuestros cuerpos.
«Necesitamos encontrar algo pronto, o el debilitamiento será un enemigo más peligroso que el frío».
Fue casi al atardecer cuando los vi.
Estábamos cruzando una ladera particularmente desolada, azotada por un viento helado que cortaba la respiración y levantaba pequeños torbellinos de nieve.
Me detuve en seco, mi percepción captando algo anómalo, una vibración distinta bajo la monotonía gris de la roca.
No era un hilo, sino cientos de ellos.
Hilos finos y brillantes moviéndose en todas direcciones, creando un patrón complejo y vibrante bajo la superficie de la nieve y la roca.
Pequeñas vibraciones, una corriente subterránea de energía vital pura.
Vida líquida fluyendo oculta.
Agua.
Agua en movimiento.
La señal era inconfundible, una melodía sutil en el tapiz energético.
—Víktor —dije, mi voz apenas un susurro contra el viento aullante—.
Siento…
agua.
Mucha.
Cerca.
Debajo de nosotros, quizás a unos cientos de metros ladera abajo.
Él cerró los ojos, concentrándose, su rostro tenso por el esfuerzo de filtrar el ruido del viento y sentir la tierra.
Un segundo después asintió, una lenta sonrisa formándose en sus labios agrietados por el frío.
La tensión en sus hombros pareció disiparse.
—Sí.
Puedo sentirla ahora.
Fría.
Pura.
Un manantial.
Nace de la roca, un poco más abajo.
Hay…
vida allí.
Diana aterrizó a nuestro lado con un suave batir de alas, volviendo a su forma humana en un destello rápido.
El frío le había enrojecido las mejillas.
—¿Agua?
¿De verdad?
¡Me muero de sed!
Entre Víktor y yo coordinamos sensaciones para ubicar el punto exacto.
Yo seguía los hilos danzantes que se arremolinaban bajo la superficie, él sentía la humedad filtrándose en la roca, el pulso frío del agua subterránea buscando una salida.
Trazamos un mapa en nuestra mente, compartiéndolo al instante a través del vínculo.
«Allí, tras esa cornisa», proyecté.
«Siento la roca hueca», confirmó él.
Mientras, Diana, desde el aire de nuevo en forma de halcón, apuntaba pequeños obstáculos en el terreno que nos separaba del origen: una grieta oculta por la nieve, una zona de hielo inestable que brillaba con un azul traicionero.
Su visión aguda nos ahorró rodeos peligrosos.
Así, entre los tres, guiados por mis hilos, la percepción de Víktor y los ojos de Diana, encontramos el oasis.
No era una cascada ni un río visible.
Era una grieta profunda en la base de un acantilado escarpado, de donde brotaba un chorro constante de agua cristalina y helada, cantando sobre las piedras.
Y en el pequeño estanque que formaba antes de volver a desaparecer bajo tierra, vimos el brillo plateado de peces moviéndose ágilmente.
¡Truchas!
Varias, de buen tamaño.
La alegría nos inundó, un alivio tan intenso que casi nos hizo olvidar el cansancio acumulado y el frío penetrante.
¡Agua fresca y comida!
Era un regalo inesperado de la montaña, una tregua en nuestra ardua travesía.
Llenamos incontables botellas —viales vacíos de pociones reutilizados ingeniosamente— con el agua cristalina, saboreando su pureza helada.
Las guardamos en el bolso mágico, asegurando nuestro suministro.
Luego, con una rapidez sorprendente nacida de la necesidad, Víktor improvisó una pequeña red con lianas finas que sacó del bolso mágico —un truco aprendido en sus días de conexión con el bosque— y pescamos una generosa cantidad de truchas.
Sus escamas plateadas brillaban bajo la luz menguante.
¡Comida fresca!
Era un lujo inesperado, casi olvidado.
Mientras guardábamos nuestra captura en hielo improvisado dentro de los bolsos, noté que la cercanía del agua propiciaba el crecimiento de un pequeño parche de hierba resistente y algunos arbustos bajos en una depresión cercana.
Era un pequeño oasis de vida en medio de la roca desnuda y el hielo.
Esta grieta nos proveía no solo de sustento, sino de un refugio con su propio micro ecosistema.
Había incluso algunos árboles viejos, retorcidos por el viento, aferrándose a la vida, algunos ya caídos y secos.
—Miren —dije, señalando los troncos grises y desgastados por el tiempo—.
Los troncos de esos viejos árboles caídos servirían de leña.
Podrían darnos calor para usar este lugar como refugio esta noche.
Ya casi anochece y no encontraremos nada mejor.
Víktor asintió, examinando la pequeña depresión resguardada del viento.
—Es un buen lugar.
Protegido, con agua, comida y combustible.
La montaña nos ha ofrecido descanso.
Deberíamos aceptarlo.
Diana ya estaba recogiendo ramas secas con entusiasmo renovado.
—¡Fogata y pescado asado!
¡Suena mil veces mejor que más bayas secas!
¡Manos a la obra!
La perspectiva de una comida caliente y un refugio seguro para pasar la noche nos dio nuevas fuerzas.
Nos pusimos a trabajar de inmediato, limpiando un espacio para la fogata, reuniendo la madera seca que abundaba entre las rocas y preparando las truchas con manos entumecidas pero expertas.
El sol se ocultaba tras los picos lejanos, tiñendo las nubes de violeta y naranja, pero por primera vez en días, la llegada de la noche no traía consigo solo el temor al frío y a lo desconocido, sino también la promesa de un merecido descanso.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com