El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 41
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- Capítulo 41 - 41 Refugio y verdad
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41: Refugio y verdad 41: Refugio y verdad (Diana) Fogata lista, pescado asado…
una noche bastante aceptable para esta horrible montaña.
Después de tanta subida agotadora, comer algo caliente y recién pescado se sentía simplemente maravilloso.
El pequeño refugio que encontramos junto al manantial era perfecto: protegido del viento helado, con agua fresca y truchas, Víktor había sido súper rápido haciendo la red, y en un instante teníamos cena.
Nos sentamos los tres alrededor del fuego, el calor en mi cara era lo mejor del mundo.
El olor del pescado asándose se mezclaba con el de la vegetación y la roca húmeda.
Por un momento, casi olvidé dónde estábamos, los peligros, el Coleccionista…
Solo éramos nosotros tres, comiendo pescado junto a un fuego.
Normal…Bueno, casi normal.
Pero…
aunque Víktor estaba ahí, comiendo trucha como si nada, riendo un poco con mis intentos de no quemarme los dedos…
yo seguía viendo esa imagen horrible.
Él cayendo.
El…
crujido.
La lanza de piedra.
Su cuerpo inmóvil en el suelo de la cueva…
Era como un recuerdo helado que me recorría de vez en cuando.
Miré a Samara; ella también estaba rara, sonreía, pero estaba más callada de lo normal, con la mirada perdida en las llamas.
Víktor, se dio cuenta, claro.
No es solo por tener el vínculo, él siempre ha sido muy observador, a veces siento que me conoce mejor que yo misma.
Volviendo al tema, Víktor dejó su pescado a medio comer.
—Aún lo ven, ¿verdad?
—preguntó en voz baja.
Su tono era suave, comprensivo, pero la pregunta aterrizó como una piedra en medio de nuestra calma.
Asentí, incapaz de hablar al principio.
Tragué saliva, el nudo en la garganta apretando fuerte.
—Es…
es difícil sacudirse esa imagen —murmuró Samara, confirmando lo que yo sentía—.
Verte así…
inmóvil.
Creí que te habíamos perdido para siempre.
—Yo también —confesé —.
Cuando Sam dijo…
lo del hilo roto…
fue como si el mundo se acabara.
Y luego, esos días solas…
aunque lo hicimos bien, ¿sabes?, recolectando, cazando…
siempre estaba ese miedo.
Esa sensación de que faltaba algo gigante.
De que estábamos…
incompletas.
Vulnerables.
Víktor nos miró a ambas, su rostro serio a la luz del fuego.
Las cicatrices nuevas en su costado eran un recordatorio brutal.
—Lo sé.
Sentí su miedo a través del vínculo, incluso cuando estaba…
lejos, entre la niebla…con Alun’diel.
Después, sentí su desesperación cuando volví.
Y sé que ese miedo no desaparece fácilmente.
No después de algo así.
—¿Y si vuelve a pasar?
—pregunté, y la pregunta salió con todo el miedo que había intentado esconder—.
¿Y si uno de nosotros no regresa la próxima vez?
El Coleccionista, las otras criaturas que Caelum mencionó…
Somos fuertes juntos, ¡lo demostramos contra Ványar!
Pero ¿somos lo suficientemente fuertes para esto?
¿Podríamos seguir si…
si faltara uno de nosotros?
El miedo se hizo grande, pesado, llenando el pequeño espacio de nuestro refugio.
La fogata parecía menos cálida de repente.
¿Qué haríamos si perdíamos a Víktor otra vez?
¿O si yo…?
¿O Samara?
La idea era horrible, paralizante.
Miré a Víktor, esperando que dijera algo, una de sus frases de líder gruñón pero seguro, algo que nos hiciera sentir que todo estaría bien.
Antes de que él pudiera responder, un crujido de madera resonó cerca… no era del fuego el instinto nos puso en alerta al instante, manos listas en los bolsos mágicos.
El sonido venía de uno de los árboles viejos al borde del refugio, justo… detrás de Samara.
Y entonces, pasó algo increíble, el árbol se movió.
La corteza se reacomodó, ramas finas se hicieron brazos largos y nudosos, y raíces salieron del suelo como piernas.
Musgo y hojas lo cubrieron todo, un par de ojos brillantes como luciérnagas y una barba hecha de hierbas secas que le llegaba hasta el pecho.
Su piel era corteza de árbol, lo supe al instante, un Leshy.
Un guardián, no estaba aquí para hacernos daño.
Se irguió frente a nosotros, increíblemente alto, muy muy antiguo, mirándonos con una calma milenaria que daba un poco de miedo, pero de ese que impone respeto.
Nos miró como si hubiera visto pasar mil inviernos, o más.
—Viajeros —dijo, y su voz sonó como el viento entre las hojas, o como madera vieja crujiendo—.
Siento su paso en mis raíces.
Siento su miedo y su determinación.
Nos quedamos mudos, un poco asombrados por su aparición, pero, sobre todo, respetuosos.
Un Leshy no es algo que se vea todos los días —Mi propósito es guiar a aquellos que respetan la montaña —continuó—.
He visto su lucha.
He sentido su pérdida y su renacer.
El camino al Yelmo de Hierro es arduo, pero hay un sendero más corto, oculto a la mayoría.
Puedo mostrárselos.
Hizo una pausa, y sus ojos brillantes parecieron suavizarse un poco al notar nuestra conversación interrumpida, nuestro miedo flotando en el aire.
—La muerte es solo un cambio de estación en el gran bosque, pequeños —dijo, su voz profunda y tranquila, como el murmullo de un río subterráneo—.
Las hojas caen, pero el árbol permanece.
Las raíces se fortalecen en el invierno.
No teman al ciclo.
Abracen la fuerza que nace de él.
Es parte del tejido, como el musgo en mi corteza.
Aceptarlo no borra el dolor, pero permite que la vida siga fluyendo, que nuevas hojas broten en primavera.
Se quedó allí, mirándonos, esperando.
El guardián del bosque, ofreciéndonos un atajo y sabiduría antigua.
Nos miramos los tres.
Su calma…
se sentía…
honesta.
Como la tierra misma.
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