El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 43
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- Capítulo 43 - 43 Garras bajo la piedra
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43: Garras bajo la piedra 43: Garras bajo la piedra (Samara) El Yelmo de Hierro nos ofreció un respiro, un momento suspendido en el aire fino de la montaña.
Las ruinas de piedra, aunque toscas, se sentían como un santuario después del sendero oculto que nos había mostrado el Leshy.
Nos sentamos, protegidos del viento incesante por los muros bajos, y compartimos un silencio cargado de gratitud y anticipación.
Las palabras del guardián arbóreo aún resonaban: «La fuerza no reside solo en resistir el invierno, sino en confiar en que la primavera siempre regresa».
Una metáfora simple, quizás, pero necesaria.
Miré a Víktor.
Estaba de pie, observando el Colmillo Gris, su silueta recortada contra el cielo azul pálido.
La luz dorada de Alun’diel aún brillaba tenue en su hilo vital, un recordatorio constante de su regreso, de nuestro sacrificio compartido.
Ya no era solo el Lycan impetuoso; había una calma en él, una conexión profunda con la piedra y el viento que lo rodeaba.
A mi lado, Diana jugueteaba con una pequeña flor de escarcha que había recogido, sus dedos trazando los pétalos helados con una delicadeza que contrastaba con la fuerza que ahora sabía que poseía.
La Nextherian impredecible, nuestro ancla de alegría y sorprendente sabiduría.
Nuestro descanso fue breve.
El sol comenzaba su descenso, y aunque el viento se mantenía relativamente calmado por ahora, sabíamos que la noche en la montaña era impredecible y brutal.
—El clima está a nuestro favor —dijo Víktor, girándose hacia nosotras—.
Deberíamos aprovechar la luz que queda.
Cuanto más avancemos hoy, menos tendremos que escalar mañana con el frío más intenso.
Diana asintió, guardando la flor con cuidado en su bolso mágico.
—¿Creen que encontremos otro refugio como la cueva de las aguas termales?
Eso fue…
agradable.
Sonreí, recordando la calidez compartida.
—No podemos contar con eso.
Víktor, ¿sientes algo?
¿Alguna cavidad, alguna grieta que nos sirva?
Él cerró los ojos por un momento, concentrándose.
Sentí a través del vínculo cómo su percepción se extendía, sondeando la roca, escuchando el susurro del aire en las fisuras.
—Hay algunas grietas más arriba —respondió finalmente—.
Pequeñas.
Apenas suficientes para protegernos del viento directo.
Nada como la cueva.
Tendremos que confiar en las ropas del Nøkk y en el fuego.
Guardamos nuestras extrañamente escasas provisiones y retomamos el ascenso.
El atardecer nos acompañó, un espectáculo impresionante y melancólico.
El sol poniente pintaba las cumbres nevadas con tonos naranjas, rosas y púrpuras, mientras las sombras se alargaban en los valles inferiores como dedos fríos.
La belleza era innegable, pero había una tensión subyacente, la sensación de estar expuestos en la inmensidad de la montaña mientras la noche se acercaba.
A medida que la oscuridad comenzaba a teñir el cielo, la temperatura cayó bruscamente.
El viento arreció, silbando entre las rocas, levantando pequeños remolinos de nieve helada que nos azotaban el rostro.
Las ropas del Nøkk o sus copias…eran una bendición, una barrera cálida contra el frío cortante, pero, aun así, sentía cómo la helada intentaba filtrarse.
Pasamos junto a otro pequeño túmulo de rocas, similar a los que se usan para marcar senderos o tumbas antiguas.
Era bajo, cubierto parcialmente por la nieve reciente.
Lo miré de reojo, mi percepción de Tejedora buscando algún hilo anómalo, alguna energía estancada.
No sentí nada fuera de lo común, solo la frialdad de la piedra vieja.
Lo descarté como parte del paisaje y seguimos adelante, concentrados en encontrar un lugar donde pasar la noche.
Avanzamos unos cientos de metros más, siguiendo una cornisa estrecha.
La luna, casi llena, comenzaba a elevarse, bañando la nieve con una luz plateada y fantasmal.
Fue entonces cuando el olor nos golpeó.
Un hedor denso, metálico y nauseabundo a sangre vieja y carne en descomposición, tan fuerte que casi me hizo retroceder.
Nos detuvimos, nuestros sentidos en alerta máxima.
El olor provenía de un pequeño recodo rocoso justo delante.
Con cautela, nos asomamos.
La escena que encontramos me revolvió el estómago.
A la pálida luz de la luna, una criatura encorvada y de piel grisácea estaba agachada sobre el cadáver mutilado de una cabra montesa.
Sus largos brazos terminaban en garras negras y afiladas que desgarraban la carne con una avidez repugnante.
Levantó la cabeza al sentir nuestra presencia, revelando un rostro demacrado, sin nariz, con una boca llena de dientes puntiagudos y ojos hundidos que brillaban con una luz muerta.
Un Ghoul.
El sonido de sus dientes rompiendo los huesos de la cabra resonó en el silencio de la noche, un crujido obsceno que se me clavó en los oídos.
Pero lo peor no era la visión grotesca, ni el hedor.
Era la expresión congelada en el rostro de la cabra.
Terror puro.
Sus ojos vidriosos aún estaban abiertos, fijos en la nada.
—Esas criaturas…
comen y cazan por instinto, no por hambre —la voz de Víktor a mi lado era un gruñido bajo, cargado de una rabia helada que sentí vibrar a través del vínculo—.
Mira la expresión de la cabra…
estaba viva cuando le dieron el primer mordisco.
Fue una cacería sin sentido.
Sin respeto.
Apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
Su conexión con el ciclo de la vida y la muerte, esa que había aceptado con tanta reverencia, estaba siendo profanada ante sus ojos.
La muerte era parte del tejido, sí, pero esto…
esto era una aberración, una burla cruel al equilibrio natural.
—No puedo dejarlo pasar —murmuró, su voz tensa.
Antes de que pudiera detenerlo, dio un paso al frente, saliendo de nuestro escondite, listo para enfrentar a la criatura necrófaga.
En el preciso instante en que su bota tocó el suelo nevado, la tierra tembló.
No fue un temblor leve, fue una sacudida violenta que nos hizo perder el equilibrio.
Rocas pequeñas se desprendieron de la ladera, rodando hacia el abismo.
Diana y yo nos miramos, confundidas y alarmadas.
Por un segundo fugaz, pensé que la montaña misma respondía a la furia justa de Víktor, a su defensa del ciclo natural.
Pero el temblor no se detuvo.
Continuó, intensificándose, un retumbar profundo que parecía venir de las entrañas de la montaña.
Instintivamente, nos giramos hacia atrás, hacia el camino por el que habíamos venido.
Y entonces, el horror nos heló la sangre.
El pequeño túmulo de rocas que habíamos pasado de largo, aquel que había descartado como insignificante…
se estaba moviendo.
Las piedras se agitaban, se resquebrajaban.
Y de las grietas, de la tierra helada bajo ellas, comenzaron a emerger figuras.
Decenas de ellas.
Siluetas encorvadas, grises, con garras largas y ojos muertos que brillaban con una luz pálida bajo la luna.
Ghouls.
Una horda entera, saliendo de su tumba oculta, alertados por nuestra presencia, listos para atacar.
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