El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 45
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- Capítulo 45 - 45 La muerte de la horda
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45: La muerte de la horda 45: La muerte de la horda (Samara) El fuego rugió, una barrera anaranjada y chispeante que apenas contuvo a la marea gris por un instante.
Los Ghouls, impulsados por un hambre ciega o una orden desconocida, comenzaron a cruzar las llamas.
Algunos caían, retorciéndose y consumiéndose en el fuego, pero otros, ignorando el destino de sus compañeros, pasaban por encima de los cuerpos ardientes, sus pieles chamuscadas humeando mientras continuaban su avance implacable hacia nosotros.
La imagen era grotesca, una visión de pesadilla hecha realidad en la meseta helada.
Nos preparamos para el impacto, hombro con hombro, un triángulo de resistencia contra la avalancha.
Víktor estaba tenso a mi lado, sus músculos ya vibrando con la energía contenida del Lycan.
Sentí la adrenalina recorrer mi propio cuerpo, mi magia lista para responder.
Pero antes de que pudiéramos ejecutar cualquier plan defensivo, la voz mental de Diana cortó a través de la tensión, clara y sorprendentemente firme.
«Esta vez, no voy a paralizar…esta vez…yo los protegeré…Confíen en mí».
La proyección fue tan repentina, tan llena de una autoridad que rara vez mostraba, que nos dejó momentáneamente desconcertados.
Antes de que pudiéramos cuestionarla, la vi moverse.
No retrocedió.
Corrió.
Directamente hacia la horda que emergía del fuego.
«¡Víktor!», su pensamiento llegó de nuevo, preciso como una flecha.
«Concéntrate en cómo pisan la montaña.
¡Anticipa su movimiento!
Dime por dónde vendrán».
«Samara», su siguiente orden fue para mí.
«Dime cuándo un hilo vibre.
¡Necesito saber cuándo viene el ataque, usa el viento para saber desde dónde!».
Sus instrucciones seguían llegando, rápidas, concisas, mientras se lanzaba al corazón del caos.
Víktor y yo intercambiamos una mirada fugaz a través del vínculo.
Sabíamos que cuando Diana se ponía así de decidida, hacía locuras.
Pero sus locuras casi siempre funcionaban.
Obedecimos sin dudar, esta era su última venganza por aquella cueva llena de goblins, era su momento de salvarnos.
Víktor cerró los ojos por un instante, y sentí cómo su percepción se hundía en la tierra, leyendo las vibraciones, el peso de cada Ghoul que avanzaba sobre la roca helada.
Yo extendí mi propia conciencia, buscando los hilos vitales, opacos y débiles, de las criaturas que se acercaban, esperando sentir esa tensión, esa vibración que precede a un ataque.
Lo que siguió fue…
indescriptible.
Diana no luchó contra la horda; danzó con ella.
Arremetió contra el primer grupo de Ghouls con una furia controlada que me dejó sin aliento.
No era solo fuerza bruta.
Era gracia.
Tomaba la velocidad prestada de algún felino para esquivar un zarpazo, su cuerpo se difuminaba por un instante.
Al segundo siguiente, adoptaba la fuerza de un oso en sus brazos para lanzar a un Ghoul por los aires.
Luego, en su forma base, sus manos parecían endurecerse, se volvía más fuerte con la fuerza prestada de otra criatura o animal, y con un solo golpe preciso y brutal, apagaba la luz de los ojos de otro atacante.
Saltaba, esquivaba, giraba.
De su espalda brotaban alas de águila por un instante para impulsarse sobre un grupo, aterrizando detrás de ellos con una agilidad imposible.
Con las indicaciones que Víktor y yo le enviábamos sin cesar —«¡Tres a tu izquierda, Víktor siente su carga!», «¡Samara siente uno saltando desde arriba!»—, ella se movía con una precisión letal.
Compartía fragmentos de su propia visión animal con nosotros a través del vínculo, la precisión de los 3 creaba un radar para Diana, sus sentidos y los nuestros marcaban cada movimiento en la meseta: la vista aguda de un halcón identificando al líder del grupo, el olfato de un lobo detectando el miedo en los Ghouls más débiles.
Nuestro vínculo funcionaba en perfecta sincronía, una red invisible de información que nos permitía anticipar cada movimiento caótico e impredecible de la horda.
Diana no tenía ni un solo rasguño.
Era asombroso verla.
Golpeaba, saltaba, esquivaba.
Pasaba de una transformación a otra sin esfuerzo aparente.
A veces era todo su cuerpo —un instante era una pantera negra deslizándose entre las piernas de los Ghouls, al siguiente un tejón furioso excavando bajo sus pies para hacerlos tropezar—.
Otras veces, eran solo partes: garras retráctiles apareciendo en sus manos, alas brotando para un salto rápido.
—Por momentos, incluso parecía que no imitaba animales, me quedó claro, este era solo un fragmento de su verdadero potencial, de lo que deseaba haber podido hacer en la cueva de los goblins.
Era la Nextherian en su máxima expresión, impredecible, imparable…hermosa y letal.
Y en cada movimiento fluido, sentí cómo su piel se curaba de la memoria sucia del tacto ajeno.
Me fue imposible no morder mi labio inferior ante tal despliegue de fuerza y habilidad.
Nuestra función era apoyarla, cubrir sus flancos.
Si algún Ghoul lograba esquivar su danza mortal, yo estaba lista.
Concentraba mi poder, no en un lamento amplio, sino en un grito enfocado, una onda de sonido pura que golpeaba a la criatura específica o una fuerte brisa que la enviara volando por encima del borde de la meseta, hacia el abismo.
Gastaba la magia más rápido, pero no costaba energía vital como romper un hilo y era igualmente efectivo, los Ghouls caían muertos.
Algunos pasaban deliberadamente.
Sentía la intención de Diana a través del vínculo: «Estos son tuyos, Víktor».
Eran los más grandes, los más fuertes, aquellos que requerirían más que un golpe rápido.
Y Víktor estaba listo.
Salía de las sombras creadas por las rocas o el humo, interceptándolos con la fuerza del Lycan.
No se transformaba por completo, conservando energía lo más que podía, pero sus golpes tenían el peso de la bestia.
Los derribaba con una eficiencia brutal, asegurándose de que no volvieran a levantarse.
Estábamos masacrando a la horda.
Diana, con su dinamismo endiablado, era el centro de la tormenta.
Yo, con mi grito ahora convertido en un arma precisa, era la guardiana del borde.
Y Víktor, silencioso y letal, era el martillo que aplastaba a los que se atrevían a pasar.
La pila de Ghouls caídos crecía.
El hedor a muerte y carne quemada era sofocante, pero seguíamos luchando, impulsados por la adrenalina y la necesidad desesperada de sobrevivir.
Ya quedaban pocos.
Una docena, quizás menos, dudando dispersos por el claro, intimidados por nuestra defensa coordinada.
Fue entonces cuando Víktor proyectó un pensamiento en el vínculo, una mezcla de recuerdo y descubrimiento.
«Recuerdan que les dije…
que nuestra hija me dio chispa…su fuego…».
Lo vimos dar un paso atrás, alejándose un poco de nosotras, su atención fija en los Ghouls que aún ardían en el borde del claro.
Levantó las manos, no en una postura de ataque, sino con una gracia lenta, casi como si estuviera dirigiendo una orquesta invisible.
«Pues miren esto», pensó, y una sonrisa salvaje, llena de un poder, se dibujó en su rostro.
Comenzó a mover las manos.
Para alguien que siempre decía no saber bailar, sus movimientos eran hermosos, fluidos, una coreografía sutil y poderosa tejida en el aire helado.
Y el fuego…
el fuego de los cuerpos calcinados de los Ghouls…
respondió a su llamado.
Las llamas que antes ardían caóticamente ahora se sincronizaban con sus gestos.
Se elevaban, giraban, se estiraban como látigos incandescentes bajo su control.
Con un movimiento amplio de sus brazos, dirigió llamaradas precisas hacia los Ghouls restantes.
El fuego los alcanzó, envolviéndolos, consumiéndolos en segundos.
Los últimos chillidos se ahogaron en el rugido de las llamas controladas.
Y entonces, silencio.
Solo se escuchaba la danza del fuego que ahora suavemente, obediente, respondía bajo la guía de Víktor.
Nos quedamos inmóviles, observando la escena, asombradas.
Diana tenía la boca abierta.
Yo sentí un escalofrío recorrer mi espalda, no de miedo, sino de pura admiración.
Había añadido otra arma a su arsenal, un poder elemental nacido de nuestra hija, el fuego que consume y transforma.
Miró sus manos, luego a nosotras, una afirmación silenciosa en sus ojos.
«Ganamos, Alun’diel…ganamos» La horda había sido aniquilada, reducida a cenizas humeantes y restos pegajosos sobre la piedra helada.
El silencio que siguió al último crepitar del fuego controlado por Víktor era denso, cargado no solo de alivio, sino de asombro.
Nos miramos los tres, jadeando, cubiertos de sudor y la inmundicia de los Ghouls, pero enteros.
La revelación de nuestro poder combinado colgaba en el aire, tan impactante como la batalla misma.
Diana había demostrado una versatilidad increíble, una danza letal de formas y habilidades que superaba todo lo que habíamos visto antes.
Yo había logrado enfocar mi grito, convirtiendo el lamento en un arma de impacto físico, derribando enemigos a distancia.
Y Víktor…
su control sobre el fuego, una extensión inesperada y poderosa de su profunda conexión con la esencia de nuestra hija, había sido la clave final para acabar con los monstruos restantes.
No solo habíamos sobrevivido; habíamos evolucionado en medio del combate, refinando nuestras habilidades individuales y descubriendo nuevas formas de entrelazarlas.
La montaña nos ponía a prueba, y nosotros estábamos respondiendo, volviéndonos más fuertes, más sincronizados, con cada desafío.
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