El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 46
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- Capítulo 46 - 46 Refugio de Piedra
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46: Refugio de Piedra 46: Refugio de Piedra (Víktor) El último Ghoul se consumió en las llamas que yo guiaba, y un silencio abrupto cayó sobre el claro, roto solo por el crepitar del fuego ahora menguante y nuestras respiraciones agitadas.
Miré a las chicas.
Estaban de pie, firmes, pero podía ver el agotamiento grabado en sus posturas, la tensión residual vibrando en sus músculos después de esa magnífica, aterradora y, debo admitir, ligeramente excitante exhibición de poder.
Diana había sido un torbellino de furia controlada, una danza mortal que diezmó a la horda.
Samara, precisa y letal, había usado su grito como un arma, protegiendo nuestros flancos.
Habían sido increíbles.
Pero el cuerpo, y la magia, tienen un límite.
El esfuerzo les había pasado factura.
Gracias a la asombrosa ofensiva de Diana, yo había actuado más como un ancla táctica y un rematador, utilizando mi recién descubierto control elemental con el fuego y mi conexión con la tierra de forma más sutil.
Mis reservas mágicas, aunque no intactas, aún eran considerables.
Las suyas, lo sentía a través del vínculo ahora tranquilo pero exhausto, estaban casi vacías.
—Buen trabajo —dije, mi voz sonó ronca por la adrenalina—.
Pero tenemos que salir de aquí.
Ahora.
No podíamos arriesgarnos a que más Ghouls aparecieran, o a que lo que fuera que los controlaba se diera cuenta de nuestra presencia.
Necesitábamos un lugar seguro, y rápido.
La noche en la montaña era implacable, y ellas necesitaban descansar.
Me acerqué.
—Pongan sus brazos alrededor de mi cuello.
Aférrense fuerte.
Diana me miró, confundida pero demasiado cansada para discutir.
Samara asintió, entendiendo mi intención.
Con un esfuerzo que tensó mis músculos aún no recuperados del todo de mis propias heridas, pero impulsados por la necesidad, las levanté a ambas, una en cada brazo.
Eran ligeras, pero su peso era un recordatorio tangible de mi responsabilidad.
«Ahora…
a movernos».
Cerré los ojos por un instante, no para buscar, sino para ordenar.
Sentí la piedra bajo mis pies, la estructura de la montaña, las líneas de fuerza que la recorrían.
Le pedí a la roca que nos empujara.
La sensación fue extraña al principio, como si el suelo se deslizara bajo mis botas.
Pequeños montículos de tierra y piedra compactada se formaron casi imperceptiblemente bajo mis talones, impulsándome hacia adelante, deslizándome sobre la superficie helada como si patinara.
Aumenté la velocidad, saliendo del claro manchado de cenizas y sangre.
En apenas un minuto dejamos atrás el escenario de la batalla.
La montaña era escarpada aquí arriba, las pendientes pronunciadas, pero el sendero, si podía llamarse así, era más ancho que la cornisa anterior.
El camino hacia el Colmillo Gris aún era largo, extendiéndose ante nosotros como una promesa sombría bajo la luz de la luna, pero al menos parecía un poco más seguro, con menos riesgo de caídas fatales a cada paso.
Sin embargo, la montaña tenía otros peligros.
A medida que ascendíamos, el viento de la noche empezó a soplar con una fuerza implacable.
Ráfagas heladas nos azotaban, arrancando el calor de nuestros cuerpos, amenazando con arrancarme a las chicas de los brazos.
El sonido era un aullido constante que ahogaba cualquier otro ruido, metiéndose bajo la ropa, mordiendo la piel expuesta.
Nos adentramos en lo que parecía un pasillo natural entre dos enormes paredes de roca, esperando encontrar algo de refugio.
Fue peor.
El corredor actuaba como un túnel de viento, canalizando las ráfagas heladas directamente hacia nosotros.
El viento nos soplaba en la cara con una brutalidad que nos hacía retroceder, levantando nieve y esquirlas de hielo que picaban como agujas.
El pasillo se extendía frente a nosotros, quizás un kilómetro o más de este castigo helado.
Apreté a Diana y a Samara con más fuerza contra mí, sintiendo cómo temblaban a pesar de las ropas del Nøkk.
A este ritmo, la hipotermia sería un enemigo más rápido que cualquier monstruo.
Tenía que hacer algo.
—¿Les queda algo de magia?
—grité por encima del aullido del viento.
Ambas se cubrían el rostro con las manos, la piel enrojecida por el frío.
Asintieron débilmente, un gesto casi imperceptible.
Soltaron su agarre de mi cuello y se pararon a mi lado, flanqueándome, sus cuerpos pequeños luchando contra las ráfagas.
Miré una de las imponentes paredes de roca que nos encerraban.
Era sólida, masiva.
Pero sentí algo en ella, una resonancia, una posibilidad.
Mi conexión con la tierra, amplificada por el entrenamiento con Nimue y, quizás, por la propia desesperación del momento, me susurró una idea audaz.
—Quiero probar algo —les dije, mi voz tensa por el esfuerzo y la concentración—.
Pongan su mano en mi hombro.
Creo que podemos transmitir más que pensamientos y sensaciones.
Denme su magia restante.
Toda la que tengan.
Vi la duda en sus ojos por un segundo.
Era un riesgo.
Si fallaba, quedarían completamente agotadas, indefensas.
Pero la alternativa era congelarnos aquí afuera.
Lo intentaron.
Cerraron los ojos, sus manos frías presionando mis hombros.
Sentí cómo visualizaban su magia —la chispa plateada y adaptable de Diana, la corriente verde y empática de Samara— fluyendo hacia mí.
La conexión fue instantánea.
Una oleada de poder me recorrió, cálida, vibrante.
No era solo mi propia energía, ni la suma de las tres.
Era algo más.
La sentí amplificarse, potenciarse de una manera increíble mientras se mezclaba con la mía.
Era como si nuestras esencias se hubieran fundido temporalmente en una sola entidad.
Los tres lo sentimos al mismo tiempo.
Pensábamos al unísono.
Sentíamos el frío como uno solo.
Respirábamos al mismo ritmo.
El vínculo había alcanzado un nuevo nivel, una conexión total forjada en la necesidad.
No hubo necesidad de explicar el plan.
Ellas vieron a través de mis ojos, sintieron mi intención tan claramente como si fuera suya.
Me vieron dar un paso hacia la pared de roca, levantar mis manos y tocar la superficie helada.
Canalicé toda esa energía combinada, la fuerza de nuestro vínculo amplificado, hacia la piedra.
Ordené.
Moldee.
La roca gimió bajo mi voluntad, un sonido profundo y antiguo que vibró en nuestros huesos.
No la rompí; la convencí.
La empujé hacia adentro, dándole forma, creando un hueco donde antes solo había solidez.
Estaba terraformando la montaña a mi antojo, abriendo una cueva con mis propias manos y la fuerza indómita de nuestro vínculo.
El esfuerzo era inmenso.
Sentía cómo la energía fluía de mí, cómo mis músculos temblaban bajo la tensión.
Pero seguí adelante, guiado por la necesidad compartida de refugio, hasta que la cavidad fue lo suficientemente profunda, lo bastante ancha para protegernos del viento implacable.
Cuando terminé, retrocedí un paso, jadeando.
La conexión mental se atenuó, volviendo a ser un susurro en lugar de una voz compartida.
Nos permitimos caer rendidos dentro del espacio recién creado.
El silencio, después del aullido constante del viento, era casi ensordecedor.
Estábamos a salvo, al menos por ahora.
Diana, recuperándose más rápido gracias a su naturaleza adaptable, rebuscó en su bolso mágico.
Sacó leña seca —siempre preparada— y unas cuantas piedras lisas, acomodándolas hábilmente para formar una pequeña fogata.
Un rápido chorro de un vial rojizo —un catalizador de Thörne, sin duda— y las llamas brotaron al instante, llenando la cueva improvisada de una luz cálida y sombras danzantes.
Samara, mientras tanto, sacó varias pieles gruesas de su propio bolso, extendiéndolas sobre el suelo rocoso para crear camas improvisadas.
Yo me encargué de la comida, sacando los últimos trozos de carne de cabra ahumada y algunas raíces energéticas.
Antes de sentarnos, me concentré una última vez.
Con un movimiento lento de mi mano, sentí cómo la piedra a la distancia respondía a mi llamado.
La entrada de la cueva se cerró casi por completo, dejando solo una pequeña abertura en la parte superior, lo suficiente para tener aire fresco sin dejar entrar las peores ráfagas de viento.
Apenas pudimos dar un par de bocados a la comida.
El agotamiento nos venció por completo.
Nos derrumbamos sobre las pieles, buscando el calor del fuego y el del otro.
Estoy bastante seguro de que los tres roncamos como ogros esa noche, un coro desafinado perdido en el corazón silencioso de la montaña.
Pero estábamos vivos, estábamos juntos, y habíamos encontrado refugio.
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