El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 47
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- Capítulo 47 - 47 Fuego en la montaña
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47: Fuego en la montaña 47: Fuego en la montaña (Víktor) El letargo se rompió lentamente.
Abrí los ojos a la penumbra cálida de la cueva que habíamos creado.
El fuego, ahora reducido a brasas resplandecientes, proyectaba una luz anaranjada y suave sobre los rostros dormidos de Samara y Diana, acurrucadas a mi lado.
Sus respiraciones eran tranquilas, profundas.
Habíamos dormido casi hasta el atardecer del día siguiente, nuestros cuerpos exigiendo descanso después de la batalla y el agotador uso de magia para terraformar nuestro refugio.
Me moví con cuidado, sintiendo el coro familiar de músculos adoloridos y el tirón agudo de la cicatriz en mi costado, un recuerdo permanente del Gorgolith y, extrañamente, del sacrificio de Alun’diel.
Pero bajo el dolor, sentía una fuerza tranquila, una vitalidad que no había sentido desde…
bueno, desde antes de todo.
Estaba sanando.
Estábamos sanando.
Con un esfuerzo silencioso, me levanté y me acerqué a la entrada sellada de la cueva.
Puse mi mano sobre la roca fría y sentí su solidez, pero también la conexión.
Con un pensamiento, una orden susurrada a la montaña, moví la piedra lo suficiente para crear una abertura.
Salí despacio.
El aire helado de la montaña me golpeó, pero ya no era un enemigo.
La tormenta invernal había cesado por completo.
Una fina capa de nieve fresca cubría las laderas, brillando bajo la luz dorada del sol poniente.
Y sobre esa blancura, la vida regresaba.
Pequeños brotes de vegetación resistente asomaban entre las rocas, musgos de colores intensos se aferraban a las grietas.
La vista era hermosa, serena.
Pequeños insectos de montaña, adaptados al frío, zumbaban perezosamente, y vi a lo lejos el rápido movimiento de una liebre ártica desapareciendo tras una roca.
La montaña respiraba de nuevo.
Escuché movimientos detrás de mí.
Diana y Samara salían de la cueva, parpadeando ante la luz.
Se acercaron, poniéndose a mi lado, observando la escena conmigo.
—Sobrevivimos —susurró Diana, y había asombro en su voz.
Antes de que pudiera responder, sus ojos se fijaron en algo que se movía en la nieve cerca de sus pies.
Con una agilidad sorprendente, se agachó y atrapó un saltamontes grande, de color pardo y patas robustas.
Sin dudarlo, se lo llevó a la boca y lo mordió.
El crujido seco resonó en el aire quieto.
Confieso que el sonido me revolvió un poco el estómago.
Diana me miró, notando mi expresión, y levantó una ceja.
—¿Qué?
—dijo, masticando—.
Tú comes conejos crudos después de cazarlos.
Esto tiene la misma proteína, quizás más concentrada.
Podríamos recolectar algunos insectos grandes, pasarlos por una piedra caliente en la fogata y mezclarlos con frutos o raíces.
Casi no notarás las patitas cuando los comas.
Nos darán energía suficiente para seguir.
Su lógica era impecable, nacida de su instinto animal y su creciente pragmatismo.
Samara la miró, no con asco, sino con una sonrisa de aprobación.
—Es un muy buen plan, Nextherian.
Inteligente y sostenible.
Se acercó a Diana y le dio un beso tierno en la mejilla.
Ver cómo se había fortalecido su lazo, cómo se cuidaban y admiraban mutuamente, especialmente durante el tiempo en que yo no estuve…
llenaba un hueco en mi alma que no sabía que tenía.
Ambas juntaron sus frentes por un instante, un gesto de profunda conexión, como si compartieran un secreto silencioso, ocultándolo momentáneamente incluso de nuestro vínculo compartido.
Diana sonrió, una luz radiante en sus ojos, y se alejó dando brinquitos.
—¡Voy por la cena entonces!
En un parpadeo, su forma cambió.
Ya no era Diana, sino una criatura parecida a un hurón, ágil y veloz, que comenzó a moverse entre las rocas, buscando su nueva presa.
Samara me observó marchar a Diana, y luego se giró hacia mí.
Tomó mi brazo con una suavidad que contrastaba con la fuerza que sabía que poseía, y me guio de regreso hacia la calidez de la cueva.
El contraste entre el frío exterior y el refugio era inmediato.
El fuego aún sonaba suavemente.
Cuando estuvimos en el interior, cerca de las llamas, soltó mi brazo y se paró frente a mí.
Me miró a los ojos, y vi una vulnerabilidad allí, una emoción profunda que había estado conteniendo.
Una lágrima solitaria rodó lentamente por su mejilla, brillando a la luz del fuego.
—Te extrañé, lobo tonto —susurró, y la frase sonó ahora como la más dulce de las caricias.
Se lanzó a mis brazos, abrazándome con todas sus fuerzas.
Fue un abrazo desesperado, hambriento, como si necesitara confirmar que yo era real, que estaba allí.
Su cuerpo se apretó contra el mío con tal intensidad que algunas de las cicatrices y moretones protestaron con un dolor agudo.
Ella lo sintió a través del vínculo, lo supo al instante, pero en lugar de aflojar el abrazo, solo sonrió contra mi pecho, una sonrisa triste y feroz.
—Si duele, es porque estás vivo —murmuró, sus palabras vibrando contra mi piel.
Me soltó lentamente, sus manos deslizándose por mis brazos, reacias a perder el contacto.
Buscó mi mirada de nuevo, y la intensidad en sus ojos verdes me robó el aliento.
Su expresión era solemne, casi reverente.
—Volviste a la vida…pero … ..
.
—¿Cuánto tiempo más debo esperar para que me hagas el amor?
La pregunta flotó en el aire cálido de la cueva.
Entendí entonces el secreto compartido con Diana, el espacio que nos habían regalado.
La necesidad en su voz era un eco de la mía propia.
Después de rozar la muerte, después de la pérdida y el reencuentro, había un hambre fundamental de reafirmar la vida, la conexión, el simple y abrumador milagro de estar juntos.
Escuché la voz traviesa de Diana resonar débilmente en el fondo de mi mente, a través del vínculo: «Lo necesitan».
Una bendición silenciosa desde la distancia.
Con un movimiento de mi mano, sentí cómo la piedra a la entrada de la cueva respondía a mi voluntad, cerrándose casi por completo, sumiéndonos en una intimidad iluminada solo por el fuego danzante.
Me giré hacia Samara.
Ella no se despojó de sus ropas; se desvaneció de ellas.
Sus ropas se disolvieron por su voluntad, como un velo de humo, cayendo en suaves pliegues al suelo.
No fue un acto de ansiedad, sino un ritual de Bansheaver, una rendición total de control para este momento.
Su lentitud era deliberada, hipnótica.
El aire se cargó de una electricidad silenciosa.
Me acerqué, mis propios dedos torpes desabrochando mi camisa, mi mirada fija en ella.
La forma en que la luz del fuego jugaba sobre su piel, creando sombras suaves en los huecos de su cuerpo, era hipnótica.
Olía a humo de leña, a las hierbas que había recogido, y a esa esencia única, suya, un aroma a ozono y misterio que siempre me había embriagado.
Nuestras manos se encontraron, nuestros dedos entrelazándose.
Su piel era suave, más cálida de lo que recordaba, vibrando bajo mi tacto.
La atraje hacia mí, sintiendo el contacto de nuestros cuerpos desnudos, un contraste perfecto entre la calidez viva de su piel y el frescor residual de la cueva en la mía.
No hubo prisas.
Fue un redescubrimiento lento.
Mis labios buscaron los suyos, un beso que comenzó tierno, casi tentativo, un reconocimiento silencioso del milagro de tenerla de nuevo.
Sentí el temblor que la recorrió cuando respondí a su beso, profundizándolo, reclamando una conexión que la muerte casi nos arrebata.
Mis manos exploraron su espalda, sintiendo la fuerza delicada de sus músculos, deteniéndose en el mechón plateado de su cabello, un recordatorio del precio que había pagado.
Acaricié esa hebra con reverencia antes de perderme en la suavidad del resto de su melena.
Ella suspiró contra mi boca, un sonido que era mitad alivio, mitad anhelo.
Sus manos trazaron las nuevas cicatrices en mi torso, no con lástima, sino con una ternura que me desarmó, como si estuviera leyendo la historia de mi regreso en mi propia piel.
Sus dedos se detuvieron sobre mi corazón, y sentí, a través del vínculo y del simple contacto, su alegría silenciosa al sentir su latido fuerte y constante.
Nos movimos hacia las pieles extendidas junto al fuego, nuestros cuerpos cayendo juntos sobre la suavidad improvisada.
La luz de las llamas danzaba sobre nosotros, proyectando sombras alargadas que se mezclaban y se separaban en las paredes de roca.
Cada caricia era una pregunta, cada beso una respuesta.
Redescubrí la curva de su cintura, la suavidad de su vientre, la firmeza de sus muslos.
Ella exploró mi cuerpo con la misma devoción lenta, sus labios dejando un rastro de fuego sobre mi piel, sus manos aprendiendo de nuevo la forma de mis hombros, la línea de mi mandíbula.
El deseo creció, no como una tormenta repentina, sino como una marea lenta y poderosa.
Era una necesidad profunda de conexión, de borrar la ausencia, de reafirmar la vida en cada poro.
Nuestros alientos se volvieron uno, nuestros gemidos suaves se mezclaron con el crepitar del fuego.
La sentí rendirse bajo mi tacto, su cuerpo arqueándose, ofreciéndose.
Y yo me entregué a ella, no con la furia del Lycan, sino con la devoción de un hombre que había vuelto del borde del abismo solo para encontrarla.
Fue una unión que trascendió lo físico, un acto de fe, una celebración silenciosa de la vida encontrada en los brazos del otro.
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