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El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 48

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  4. Capítulo 48 - 48 Sinfonía
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48: Sinfonía 48: Sinfonía (Diana) El sol ya casi se escondía detrás de los picos más altos cuando decidí que ya era suficiente caza por un día.

Mi bolsita mágica ya tenía suficientes suministros, llena de saltamontes gorditos, algunos escarabajos de montaña (que, según mi instinto animal prestado, eran comestibles) y un par de conejos de nieve que logré atrapar usando la velocidad de un zorro.

Teníamos comida para varios días.

Estaba un poco nerviosa por volver a la cueva.

Sabía que les había dado su espacio…Víktor y Samara, era su primera vez solos, sin mí, la intimidad llevaba mucho tiempo siendo compartida, excepto cuando Víktor…no estaba.

Los escuché hablar en el vínculo cuando les interrumpí, «Lo necesitan», proyecté, y luego me desconecté un poco, dándoles privacidad.

Pero una parte de mí se preguntaba si…al volver, algo sería diferente.

Si hubieran reconectado más sin mí, quizá me sentiría fuera de lugar, no tenía derecho ni motivos para pensarlo, pero mi mente a veces me juega bromas pesadas…

Me transformé en algo pequeño y escurridizo, un armiño, todo blanco para camuflarme con la nieve que quedaba.

Me deslicé por la pequeña abertura que Víktor había dejado en la entrada de la cueva.

Dentro, el calor del fuego y el olor a humo me recibieron como un abrazo.

Volví a mi forma base.

Fue raro, esta vez mi ropa no apareció sobre mi cuerpo como siempre.

Simplemente…

cayó al suelo a mis pies en un montón.

Magia caprichosa la mía, supongo.

Desnuda, avancé un par de pasos hacia la luz del fuego.

Y los vi.

Estaban recostados sobre las pieles, cerca de las brasas.

Víktor estaba apoyado en un codo, mirándome.

Samara estaba recostada contra él, su cabeza apoyada en su hombro, también mirándome.

Sus miradas…

no eran de sorpresa.

Había algo más.

Una mezcla de ternura y…

¿lujuria?

Sí, definitivamente.

Una calidez suave que no tenía nada que ver con el fuego.

De inmediato me sentí…

vista.

Bienvenida.

Caminé hacia ellos, sin prisas.

La luz anaranjada del fuego hacía que su piel brillara.

Se veían tan…

en paz.

Tan conectados.

Me recosté con cuidado a su lado, en el espacio que parecía hecho para mí.

—El bolso ya tiene suficientes insectos y conejos para varios días —dije en voz baja, rompiendo el silencio.

Mi voz sonó un poco temblorosa, no de frío, sino de emoción.

Víktor sonrió, una sonrisa suave que le llegaba a los ojos.

Extendió una mano y me acarició la mejilla con el dorso de los dedos.

Su tacto era cálido, un poco áspero por el trabajo manual, pero increíblemente reconfortante.

—Buen trabajo, Nextherian.

Siempre cuidando de nosotros.

Samara se inclinó y me dio un beso suave en la frente.

Su piel era fresca contra la mía, un contraste perfecto con el calor de Víktor.

—Sabíamos que lo harías.

Nos quedamos así un rato, sin decir nada más.

Solo recostados juntos.

El silencio no era incómodo.

Estaba lleno de…

entendimiento.

Sentía el ritmo tranquilo de sus respiraciones, el calor de sus cuerpos junto al mío.

Víktor pasó un brazo por debajo de mi cabeza, acabé usándolo como almohada.

Samara deslizó su mano por mi costado, sus dedos trazando círculos sobre mi piel.

Eran caricias leves, casi ausentes, pero cada toque era como para afianzarme más y más, asegurándome que este lugar, este momento, era real.

Que yo pertenecía aquí.

Finalmente, el hambre nos sacó de nuestro letargo.

Nos sentamos para cenar.

Víktor avivó el fuego y puso unas piedras planas a calentar.

Preparamos una mezcla extraña pero deliciosa: trozos de carne de conejo y cabra asados, raíces dulces que habíamos encontrado, algunas hierbas aromáticas que Samara identificó, y sí, algunos de los saltamontes más grandes, tostados sobre la piedra caliente hasta quedar crujientes.

Al final tenía razón, mezclados con todo lo demás, casi no notabas las patitas.

Y daban un montón de energía.

Comimos con ganas, compartiendo trozos, riendo cuando intenté comerme una raíz demasiado caliente.

Cuando terminamos, el cansancio volvió a hacerse sentir.

Apagamos el fuego casi por completo, dejando solo unas pocas brasas para mantener un calor mínimo.

Volvimos a la cama improvisada de pieles.

Me acomodé en el centro esta vez, casi por instinto.

Víktor se recostó a mi derecha, Samara a mi izquierda.

Nos tapamos con otra capa de pieles, creando una pequeña montaña cálida contra el frío de la cueva.

Estaba a punto de cerrar los ojos, sintiéndome más segura y en paz de lo que me había sentido en mucho tiempo, cuando sentí el movimiento a ambos lados.

Víktor se giró hacia mí, su rostro cerca, sus ojos dorados brillando suavemente a la luz de las brasas.

Samara hizo lo mismo, su rostro sereno iluminado desde el otro lado.

—Gracias, Diana —susurró Víktor, su voz grave era una caricia en la oscuridad—.

Por cuidarnos.

Por ser tú.

Samara asintió, sus ojos verdes llenos de una emoción que me hizo sentir un nudo en la garganta.

—Por traernos de vuelta —añadió ella, su voz suave—.

A los dos.

De muchas maneras.

Sentí cómo el calor subía a mis mejillas.

No sabía qué decir.

Pero ellos no esperaban palabras.

Samara se inclinó y me dio un beso suave en los labios, un beso que sabía a humo de leña y a una gratitud profunda.

Luego se apartó un poco, dejando espacio.

Víktor se acercó desde el otro lado, su beso fue más firme, posesivo, pero increíblemente tierno.

Y entonces, empezó.

No fue apasionado como otras veces.

Fue…

diferente.

Lento.

Reverente.

Sus manos comenzaron a moverse sobre mí, no con urgencia, sino con una delicadeza que me hizo temblar.

Los dedos de Samara, frescos y suaves trazaron la línea de mi clavícula, descendiendo lentamente por mi pecho.

Sentí su aliento cálido cerca de mi oído, susurrando palabras que no entendí del todo, pero cuyo significado sentí en cada poro de mi piel: apreciación, pertenencia, amor.

Al mismo tiempo, las manos de Víktor, grandes y cálidas, exploraron mi espalda, sus pulgares masajeando los músculos tensos por el día de caza y escalada.

Sus labios encontraron mi hombro, dejando besos suaves, casi castos, que enviaban oleadas de calor por todo mi cuerpo.

Me sentí…

adorada.

Rodeada.

Completamente segura.

Era como si estuvieran tejiendo un capullo de afecto a mi alrededor, bañándome en caricias, en besos suaves, en susurros tranquilizadores.

Samara besó la curva de mi cuello, mientras Víktor acariciaba mi vientre con una ternura que me hizo contener la respiración.

No había prisa.

No había demanda.

Solo entrega.

Me dejé llevar, flotando en esa nube de sensaciones cálidas, sintiendo cómo el vínculo entre nosotros se fortalecía, cómo las últimas sombras de miedo y duda se disolvían bajo sus manos, bajo sus labios.

Sus caricias se volvieron un poco más audaces, explorando, aprendiendo mi cuerpo de una manera nueva, no como un juego, sino como un mapa sagrado.

Sentí los labios de Samara en mis pechos, un toque eléctrico que me hizo jadear suavemente.

Sentí la barba creciente de Víktor rozar la parte interna de mi muslo, un contraste áspero y delicioso, que siguió su camino por mi pierna, hasta llegar a…esa pequeña zona de placer vibrante.

Cerré los ojos, perdida en el momento, sintiendo sus energías, la calma verde de Samara y sus caricias, la fuerza roja de Víktor…devorándome.

Pude sentir sus energías mezclarse con la mía, plateada y vibrante, disfrutando, creando algo nuevo, algo completo.

Éramos tres notas distintas formando una armonía… una perfecta sinfonía.

Me besaron el rostro, la frente, los párpados, y todo el resto de mi piel, como si quisieran memorizar cada parte de mí.

Sus manos se encontraron sobre mi corazón, sus dedos entrelazándose sobre mi piel.

Y en ese instante, sentí una paz tan profunda, tan absoluta, que supe que había encontrado mi verdadero hogar.

No en un lugar, sino en ellos.

El cansancio finalmente nos venció.

Sus caricias se volvieron más lentas, sus besos más suaves.

Nos acomodamos de nuevo, yo en el centro, sus cuerpos cálidos presionados contra mis costados, sus brazos rodeándome.

Me sentí como el tesoro más preciado del mundo, protegida, amada.

Y mientras me hundía en el sueño, envuelta en su calor y en la seguridad de nuestro vínculo, supe que, pasara lo que pasara en las montañas, mientras estuviéramos juntos, todo estaría bien.

Roncamos, seguro.

Pero roncamos felices.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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