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El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 49

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  4. Capítulo 49 - 49 La Carrera Salvaje
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49: La Carrera Salvaje 49: La Carrera Salvaje (Víktor) El amanecer se filtró por la estrecha abertura de nuestra cueva improvisada, pintando la roca con tonos grises y rosados.

Despertamos lentamente, el calor compartido de nuestros cuerpos bajo la montaña de pieles era un ancla contra el frío persistente de la montaña.

Sentí el peso familiar de Diana acurrucada contra mi costado y la calma presencia de Samara a mi espalda.

Por un instante, solo existió esa paz, el eco de la noche anterior resonando aún en mi piel, una mezcla de ternura, deseo y una pertenencia absoluta.

Nos movimos sin prisa, estirando músculos que protestaban menos que el día anterior.

Decidimos guardar la carne y los insectos ricos en proteína para cuando fueran una verdadera necesidad; el ascenso final al Colmillo Gris exigiría toda nuestra energía.

Por ahora, nos bastamos con los frutos secos y las raíces energéticas que habíamos recolectado, comiendo pequeños bocados mientras buscábamos nuestras ropas esparcidas por el refugio.

Vi a Diana, cubierta solo con mi abrigo de cuero –que le llegaba casi hasta las rodillas–, riendo mientras buscaba sus botas.

No pude evitar que mi mirada se detuviera en sus hermosas piernas desnudas, recordando vívidamente cómo habían temblado bajo mi tacto apenas unas horas antes.

Aparté la vista, sintiendo un calor familiar subirme por el cuello, justo a tiempo para ver a Samara vistiéndose.

Había una elegancia innata en sus movimientos, incluso al ponerse unos simples pantalones de viaje; cada gesto era fluido, mesurado.

La vista era cautivadora, una mezcla de gracia terrenal y un eco de su antigua esencia espectral.

—¡Oye, eso es mío!

—protesté, fingiendo indignación, al ver a Diana pavonearse con mi abrigo.

Ella se giró, con una sonrisa traviesa.

—¡Pues alcánzame si lo quieres!

Salió corriendo de la cueva, riendo a carcajadas.

La perseguí, olvidando por un momento el dolor muscular, disfrutando del juego simple, del sonido de su risa rebotando en las paredes de roca.

Samara nos observaba desde la entrada, negando con la cabeza, pero con una sonrisa divertida que iluminaba su rostro.

Tras una breve y torpe persecución, logré recuperar mi abrigo entre más risas.

Terminamos de vestirnos y guardamos las pieles y las pocas rocas lisas que habíamos usado para cocinar.

Empacamos todo en nuestros bolsos mágicos, ahora compartidos y accesibles para los tres.

Salimos del refugio que habíamos tallado en la montaña y contemplamos el camino por delante: el largo pasillo natural de piedra que se extendía como una cicatriz en la ladera.

El viento aún soplaba, pero con menos furia que la noche anterior.

—Samara —dije, recordando la visión de su forma etérea moviéndose a una velocidad imposible en mi habitación destrozada—, recuerdo tu velocidad espectral cuando…

bueno, cuando destrozaste mi dormitorio.

—¿Destrocé?

—respondió ella, arqueando una ceja con su habitual sarcasmo—.

Que yo recuerde, el descuidado que rompió la cama fuiste tú.

Sonreí.

Su sarcasmo era como volver a casa.

—Diana —continué, girándome hacia ella—, tu danza contra la horda…

audaz, veloz, impredecible.

Fue impresionante.

Diana se sonrojó levemente, pero enderezó los hombros, y en sus ojos brilló esa nueva seguridad seductora que había descubierto en sí misma.

—Aún no has visto nada.

—Eso suena a un reto —respondí, sintiendo la vieja chispa competitiva encenderse, pero ahora no era solo mía, era compartida—.

Y adoro los retos.

Miré el largo corredor de piedra, luego a las cumbres distantes.

La advertencia de Caelum sobre el Coleccionista y otras entidades resonó en mi mente.

Ser sigilosos ya no era una opción viable; nuestro propio vínculo era un faro.

Si iban a encontrarnos de todos modos, que nos encontraran en movimiento, desafiantes.

—Si el maldito Coleccionista nos siente…

¡que venga!

—declaré, mi voz resonando con una fuerza que no sabía que aún poseía—.

Si envía a sus guardianes…

¡que vengan!

No importa si detecta nuestra magia.

—Quiero saber quién es más veloz.

En cuanto terminé de vocalizar la última palabra, la decisión ya estaba tomada, sentida y aceptada por los tres a través del vínculo.

Desaté mi transformación.

La energía roja brotó de mí, más intensa que antes.

Sentí mis huesos crujir y reacomodarse, el pelaje negro y espeso cubriendo mi piel, mis sentidos explotando con la conexión recuperada con lo salvaje.

Me erguí, más grande, más fuerte que la última vez que había adoptado esta forma.

Era como si morir y regresar, como si el hilo dorado de Alun’diel enredado en mi corazón, me hubiera dado no solo una segunda oportunidad, sino una nueva reserva de poder.

Para mi sorpresa, en el instante en que terminé mi transformación, ellas ya estaban listas.

Vi a Samara a mi izquierda, ya no de carne y hueso, sino una figura espectral de luz verde pálida, flotando a centímetros del suelo, lista para deslizarse como el viento.

A mi derecha, Diana…

su creatividad realmente no tenía límites.

No era solo un leopardo de las nieves, perfectamente adaptado a este terreno, sino uno con enormes alas emplumadas brotando de sus hombros, una fusión majestuosa y letal de tierra y aire.

Los tres nos enfocamos en el camino por delante.

Ninguna palabra fue necesaria.

Un solo pensamiento resonó en nuestro vínculo, una explosión de euforia compartida y desafío puro: «…Ahora…» Y corrimos.

Fue como liberar una presa contenida durante demasiado tiempo.

La sensación de libertad fue abrumadora.

Volver a sentir el poder del Lycan fluyendo por mis venas, la fuerza bruta impulsando mis zancadas sobre la roca y la nieve, era embriagador.

A mi lado, Samara se deslizaba sin esfuerzo, una estela verde fantasmal que apenas rozaba el suelo, su velocidad era irreal, desafiando la fricción y la gravedad.

Diana, por su parte, alternaba entre poderosas carreras usando sus patas de leopardo y cortos vuelos rasantes con sus alas recién manifestadas, una visión increíble de agilidad y poder adaptativo.

El vínculo entre nosotros era una corriente constante de sensaciones compartidas.

Sentía el viento helado en el rostro etéreo de Samara, la tensión de los músculos de Diana al impulsarse para saltar sobre una grieta, y ellas sentían la vibración de la tierra bajo mis garras, el gruñido de placer que retumbaba en mi pecho.

Era euforia pura.

Usar nuestras formas más naturales, movernos sin las limitaciones del cuerpo base, era como respirar por primera vez.

El pasillo de roca quedó atrás en lo que parecieron segundos.

Salimos a una ladera más abierta, y la carrera continuó.

Esquivábamos rocas gigantes, saltábamos sobre arroyos congelados, trepábamos por pendientes heladas usando garras, magia o alas.

No nos detuvimos.

Recorrimos una distancia impresionante, devorando kilómetros de montaña con una velocidad que ningún ser humano podría igualar.

Nos mantuvimos juntos, un trío imparable moviéndose en perfecta sincronía la mayor parte del tiempo.

Pero a veces, la competencia amistosa se encendía.

Por momentos, yo tomaba la delantera, impulsado por la pura fuerza del Lycan, solo para ver a Samara deslizarse a mi lado como un susurro helado, adelantándome con una sonrisa espectral.

Luego, Diana nos sorprendía a ambos, lanzándose desde una cornisa superior en un vuelo corto, pero increíblemente rápido, aterrizando metros por delante.

Era un juego, un reto constante, una celebración de nuestra velocidad y nuestro poder recuperado.

Un amor en libertad.

No éramos conscientes de ello en ese momento, pero sentía cómo nuestra energía combinada, la estela roja, verde y plateada de nuestra carrera, trazaba líneas mágicas visibles en el plano etéreo a lo largo de la cordillera.

Era una vibración poderosa, inconfundible, una que, sin duda, Caelum sentiría desde la universidad, y que otras criaturas, en otros planos, también percibirían.

Era una declaración involuntaria pero inequívoca: Aquí estamos.

Somos fuertes.

Vamos por ti, Coleccionista.

No te tememos.

Corrimos casi hasta el atardecer, sin parar, hasta que los últimos rayos de sol tiñeron de rojo las cumbres más altas y el frío de la noche comenzó a morder con más fuerza.

Solo entonces, jadeando, pero con los corazones llenos de una euforia salvaje, aminoramos el paso, buscando un lugar donde descansar antes de enfrentar el último tramo hacia el Colmillo Gris.

Habíamos cubierto un terreno increíble, y habíamos enviado nuestro mensaje.

La carrera había terminado, pero la caza apenas comenzaba, por primera vez desde que inicio el viaje sentimos que los papeles se habían invertido, el coleccionista era ahora nuestra presa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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