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El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 5

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  4. Capítulo 5 - 5 Capítulo 5 No soy como ella
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5: Capítulo 5: No soy como ella 5: Capítulo 5: No soy como ella –De vuelta en la habitación, cuando el día comenzaba…– (Víktor) Samara terminó de arreglarse y salió del hotel rumbo a la tienda de antigüedades de la dama del velo gris.

Diana me miró con una sonrisa traviesa.

—Bueno, parece que hoy nos toca matar el tiempo antes de entrenar.

Me reí, una risa grave que resonó en el pecho.

Me acerqué a ella, cerrando la distancia.

El aire entre nosotros estaba cargado, lleno de electricidad, de algo nuevo, algo que habíamos descubierto en la Sala de los Ecos y en la pequeña choza del bosque.

—Me parece un excelente plan de calentamiento —respondí, mi voz apenas un murmullo.

Lo que siguió fue un redescubrimiento.

La última vez que nuestros cuerpos se habían encontrado, había sido en la Sala de los Ecos y en la cabaña del bosque, ambas, una danza de tres.

Ahora, éramos solo dos.

La dinámica era diferente, más íntima, más enfocada.

Nuestras miradas se sostuvieron por un largo segundo.

Vi en sus ojos un universo de energía chispeante, pero también vi la vulnerabilidad que me había mostrado en la azotea, la lealtad que había demostrado en el bosque.

Ya no era solo una amiga parlanchina.

Era, mi Diana.

El primer movimiento fue mío.

Llevé mi mano a su mejilla, mi pulgar acariciando la suavidad de su piel.

Ella no retrocedió, se inclinó hacia mi tacto, cerrando los ojos con un suspiro que fue casi una rendición.

—Víktor…

—susurró, y mi nombre en sus labios sonó como una pregunta y una respuesta al mismo tiempo.

La besé.

No fue como los besos que compartía con Samara, que eran como una tormenta de ozono y magia ancestral, un choque de voluntades.

Este beso fue como probar el sol.

Era cálido, brillante y lleno de una vida arrolladora.

Sabía a café, a la dulzura del desayuno que habíamos compartido, y a una honestidad tan pura que me desarmó.

Sus labios, al principio tímidos, respondieron con un entusiasmo que era tan característico de ella.

Sus manos, que al principio descansaban nerviosamente en mis hombros, pronto encontraron el camino hacia mi cabello, enredándose en él, atrayéndome más cerca.

Mis propias manos comenzaron a explorar, no con la posesión dominante del licántropo, sino con la curiosidad de un hombre que descubre un territorio sagrado.

Tracé la línea de su cuello, la curva de sus hombros, la suavidad de su espalda.

Cada centímetro de ella vibraba con una energía que era casi tangible, un zumbido de pura vitalidad.

Nos movimos hacia la cama sin romper el beso, en un tropiezo torpe que nos hizo reír contra la boca del otro.

Caímos sobre el colchón, el juego convirtiéndose en algo más profundo.

—Víktor —jadeó, cuando nuestros labios se separaron por un instante—.

No soy como ella.

No soy calma y misterio.

Soy…

un desastre parlanchín.

—Lo sé —respondí, mi voz ronca, mientras mis labios trazaban un camino por su mandíbula—.

Y es exactamente por eso que estoy aquí.

Tu caos es lo que me mantiene cuerdo.

Tu luz…

No terminé la frase.

En lugar de eso, dejé que mis acciones hablaran.

La ropa se convirtió en una barrera que apartamos con una mezcla de risas ahogadas y urgencia creciente.

Verla, completamente expuesta a mí, sin la presencia de Samara, fue una revelación.

Su piel pálida, sus curvas suaves, la forma en que me miraba con una mezcla de deseo y una confianza tan absoluta que me hizo sentir humilde.

Esta vez, no hubo una audiencia.

No había un espectáculo.

Éramos solo nosotros dos.

La sensación de su piel contra la mía era eléctrica.

Sus pechos firmes contra mi piel emanando un calor celestial.

Mis manos, ahora libres, exploraron cada centímetro de ella.

A diferencia de la suavidad etérea de Samara, la piel de Diana era cálida, vibrante, como si la energía de sus mil transformaciones estuviera permanentemente zumbando bajo la superficie.

Y ella me exploraba de vuelta.

Sus manos ágiles, esas que podían convertirse en garras o alas, trazaron las líneas de mis músculos, la cicatriz en mi pecho, con una curiosidad que era a la vez inocente y profundamente sensual.

—Eres tan…

sólido —murmuró, como si fuera un descubrimiento científico.

Sus manos bajaban por mi pecho y abdomen, continuaron bajando sin detenerse.

—Sólido y ‘muy’ firme dijo con esa risa traviesa que me vuelve loco.

—Y tú eres…

luz —respondí, antes de reclamar su boca de nuevo.

Mi mano recorrió su cintura, bajo su abdomen y siguió bajando.

—Luz y calor… Hacer el amor con Diana fue como ser atrapado en el corazón de una tormenta de verano.

Fue rápido, brillante, un poco caótico y abrumadoramente alegre.

No hubo la profundidad melancólica o la intensidad casi dolorosa de mi vínculo con Samara; fue una explosión de vida, de risas que se convertían en gemidos, de movimientos torpes que se volvían fluidos por pura necesidad, caricias juguetonas, mordidas leves, miradas indecentes.

Sentí su energía a través del vínculo, una luz plateada y chispeante que se enredaba con la mía, no dominando, sino bailando.

Era un ritmo nuevo, uno que no sabía que me faltaba.

Cuando llegamos al clímax, fue juntos, en una exhalación compartida, un estallido de placer y calor que nos dejó sin aliento y riendo sin razón aparente.

Nos quedamos así, enredados en las sábanas, bañándonos de suaves caricias, mis manos recorrían sus pechos sin prisa, como intentando memorizar cada centímetro de piel.

El silencio que siguió fue cómodo, lleno de una nueva comprensión.

Diana fue la primera en hablar, su voz un susurro contra mi pecho.

—Eso…

eso no fue solo un “plan de calentamiento”.

Me reí suavemente, atrayéndola más cerca, besando su cabello alborotado.

—No.

No lo fue.

Ella levantó la cabeza para mirarme, su habitual energía caótica reemplazada por una calma serena.

—¿Te acuerdas de lo que te dije?

Que tenía miedo de que vieras solo a la aliada, a la amiga…

—Lo recuerdo —dije, mi voz grave—.

Y te lo dije entonces: te vi, Diana.

Y no he podido dejar de verte.

Se sonrojó, una visión encantadora.

—Yo también te vi, Víktor.

Más allá del gruñón que rompe camas.

Vi al hombre que reconstruyó esa cama.

Vi al guerrero que nos protege.

Y.… creo que me gustas mucho más de lo que debería.

Su confesión fue tan directa, tan honesta, que me robó el aliento.

Tome un momento para disfrutar de su desnudes, cuerpo y alma sin nada que la cubriera, de pie frente a mí.

—El sentimiento es mutuo, Therian —respondí—.

Más de lo que crees.

Nos quedamos en silencio, simplemente disfrutando de la presencia del otro.

Habíamos cruzado un umbral, solidificando nuestro propio pilar en el vínculo de tres.

No era una traición a Samara; era un fortalecimiento.

Era la prueba de que nuestro lazo no era una jerarquía, sino un círculo perfecto.

Después de un rato, me levanté de la cama.

Diana paseaba desnuda por la habitación, jugueteando felizmente como niña que acaba de hacer una travesura.

—Ahora sí —dije, dando una palmada en su terso y firme trasero—.

¿Lista para entrenar?

Diana sonrió, inclinándose un poco —¿solo una?

—.

Dijo con voz retadora.

Respondí con otra palmada firme, aceptando la otra mejilla.

Diana siguió recolectando su ropa del piso, asegurándose de que mi mirada la siguiera a cada paso, entonces, impredecible como siempre, comenzó.

—Víktor…

déjame ir contigo hoy.

A tu recolección y entrenamiento.

La miré, sorprendido.

—¿Estás segura?

¿No intentarás de nuevo tu transformación?

Pensé que querías romper la marca de los tres minutos.

—Habrá tiempo para eso más tarde —respondió, tomando mis manos—.

Por ahora, quiero acompañarte.

Quiero entender tus habilidades, ver cómo escuchas a la tierra.

Quiero conectar más contigo.

Hizo una pausa, y vi la duda cruzar su rostro por un instante antes de que sacara fuerzas de valor.

—Podemos…

podemos cazar juntos.

La miré, genuinamente sorprendido.

La idea de que ella, con su corazón tan tierno, quisiera participar en el lado más crudo del ciclo de la vida, me descolocó.

Notó mi expresión y soltó una risa despreocupada para aligerar el momento.

—Solo quiero entender a tu licántropo —aclaró—.

Entender esa parte de ti.

Su sinceridad era un arma imposible de esquivar.

Asentí, una sonrisa formándose en mis labios.

—Está bien, Therian.

Vamos a cazar.

Pero vístete primero, no tiene que ser una experiencia tan “al natural”.

—Admítelo, no podrías concentrarte en otra presa si no cubro mis pechos.

—Respondió.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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