El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 50
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- Capítulo 50 - 50 Susurros en el Vínculo
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50: Susurros en el Vínculo 50: Susurros en el Vínculo (Víktor) La euforia de la carrera salvaje nos duró hasta que encontramos refugio.
Fue una declaración, un grito de guerra lanzado a la montaña, y nos había costado una cantidad inmensa de energía.
Encontramos una cueva poco profunda, apenas un hueco en la pared de roca, pero lo suficientemente grande para protegernos del viento implacable que barría la ladera.
Desde esta nueva altura, el Colmillo Gris se veía…
cercano.
Alcanzable.
Esa confianza nos abrigó casi tanto como las pieles que extendimos en el suelo rocoso.
Nos acomodamos, nuestros cuerpos doloridos pero vibrantes por el poder que habíamos desatado.
No preparamos comida; el cansancio era más fuerte que el hambre.
Nos bastaba con estar juntos, sintiendo el calor de los otros, envueltos en la seguridad de nuestro vínculo.
La noche cayó, profunda y llena de estrellas heladas.
Estaba a punto de dejarme llevar por el sueño, sintiendo la respiración tranquila de Diana a mi izquierda y la calma de Samara a mi derecha, cuando una sacudida de pura alerta me atravesó.
No vino de mí.
Vino de Samara.
La sentí tensarse.
No fue un movimiento físico, sino una contracción en su esencia, un erizamiento de su poder de Tejedora.
Abrí los ojos en la oscuridad casi total de la cueva, iluminada solo por el tenue resplandor de la luna en la nieve exterior.
«¿Qué pasa?», proyecté en el vínculo, mi voz mental baja y cautelosa.
Diana también se despertó, sintiendo la alarma repentina.
«Hay un hilo más», respondió Samara.
Su pensamiento era tenso, afilado.
«No son solo nuestros tres hilos aquí.
Hay un cuarto».
Me incorporé sobre un codo, mis sentidos de Lycan agudizándose, escaneando la oscuridad.
No olía nada más que a roca fría, ozono y el leve aroma floral de Diana y el de Samara.
No oía nada más que el silbido del viento en la entrada de la cueva.
«No puedo verlo bien», continuó Samara, su pánico creciendo.
«Es…
escurridizo.
Delgado y frío.
No está quieto.
Se mueve en las sombras, justo fuera de la entrada.
Nos está observando».
Nos pusimos de pie en un solo movimiento silencioso.
El Wendigo.
La palabra resonó en mi mente, una advertencia de las antiguas leyendas.
Un espíritu de hambre, de frío, de locura.
Y antes de que pudiéramos formular un plan, atacó.
No fue un ataque físico.
No hubo garras ni rugidos.
Fue una ola de frío psíquico, una marea de pura malicia que golpeó nuestro vínculo con la fuerza de un martillo.
Sentí una punzada de duda, grasienta y helada, deslizarse en mi mente.
Miré a Samara.
Estaba pálida, sus ojos muy abiertos.
¿Por qué estaba tan asustada?
Ella era la Tejedora, la que había reparado mi hilo vital.
¿O quizás…
no lo había reparado del todo?
¿Quizás el sacrificio de Alun’diel no había sido suficiente?
Sentí una oleada de irritación.
Su nuevo poder la volvía descuidada.
El mechón plateado en su cabello ya no me pareció un símbolo de sacrificio, sino un recordatorio de su imprudencia.
¿Y si su “reparación” era defectuosa?
¿Y si yo era solo un cascarón vacío, una marioneta de su voluntad de Tejedora?
«Víktor…», su voz mental tembló, y sentí su propio miedo golpeándome.
«¿Por qué aprietas los puños?
La furia…
la bestia…
¿de verdad la controlas?
El Djinn te lo dijo, eres débil.
Cambiaste poder por flores.
¿Qué pasa si nos ataca y tú vuelves a fallar?
¿Qué pasa si nos matas tú?» Su paranoia alimentó la mía.
La rabia me cegó.
¿Cómo se atrevía a dudar de mí después de todo lo que había hecho?
¿Después de que morí por ellas?
«¡Basta!».
La voz de Diana en el vínculo fue como un bloque de hielo golpeándonos en la cara.
Clara.
Sólida.
Asustada, pero furiosa.
«¡Está jugando con nosotros!
¡Es el miedo!
¡Es lo que sentimos en la prueba del Djinn !
¡Está usando nuestros peores miedos en nuestra contra!».
Diana.
Ella tenía razón.
Su mente, aunque a veces caótica, era también la más anclada al presente.
No cargaba con la culpa ancestral de Samara ni con mi conflicto interno con la bestia.
Su miedo era simple: la soledad, y la única forma de combatirla era estando juntos.
Su lealtad inquebrantable la convirtió en nuestra ancla mental.
La paranoia retrocedió, dejándonos, temblando y expuestos.
En ese instante, una sombra se movió en la entrada de la cueva.
Era alta, demacrada, y se movía con una rapidez antinatural, apenas un borrón contra la nieve iluminada por la luna.
«¡No puedo seguirlo!», proyectó Samara, su percepción de Tejedora luchando por fijar el hilo escurridizo de la criatura.
«¡Mis sentidos apenas lo captan!», gruñí, mi visión de Lycan fallando en enfocar algo tan rápido y tan…
frío.
No tenía un olor de vida, olía a hielo y a hambre vieja.
«¡Víktor, fuego!», gritó Diana en nuestra mente.
«¡Si no podemos verlo, iluminémoslo!».
Obedecí.
Canalicé mi conexión, no con la tierra, sino con el fuego de nuestra fogata.
Con un gesto, arranqué una llamarada de las brasas y la lancé como un látigo hacia la entrada de la cueva.
El Wendigo soltó un chillido agudo, un sonido como el del hielo quebrándose, y saltó hacia atrás.
Lo vimos claramente por un segundo: piel como corteza gris y congelada, astas irregulares brotando de su cráneo, garras largas como cuchillos de hielo y ojos que ardían con una luz azul y vacía.
Era una abominación.
Pero en lugar de huir, saltó hacia la cueva, lejos del fuego, aferrándose a la pared opuesta con sus garras inhumanas.
Se movió por el techo, una araña monstruosa, y se dejó caer, apuntando directamente a Diana.
Ella reaccionó con una agilidad increíble, transformándose no en un Grifo o un Lycan, sino en algo más pequeño y rápido: un leopardo de las nieves, rodando para esquivar las garras que buscaban desgarrarla.
La criatura aterrizó donde ella había estado un segundo antes y volvió a trepar por la pared, fuera de nuestro alcance.
Y entonces, atacó mi mente de nuevo.
Esta vez no fue duda, fue algo peor.
Una ola de hambre pura, primitiva.
El olor de la sangre caliente en la nieve.
La sensación de los tendones desgarrándose entre los dientes.
La emoción cruda de la caza.
«La cabra…
el ciervo…
la chica…
es lo mismo…», susurró en mi alma.
Mi visión se tiñó de rojo.
La bestia rugió en mi interior, no como un aliado, sino como un maestro.
Me giré, mis sentidos inundados.
El leopardo de las nieves…
Diana…
olía a presa.
Un calor intenso me recorrió, el instinto de cazar, de derribar, de morder…
«¡Víktor, NO!».
El grito mental de Samara fue un impacto físico.
No fue el grito de terror; fue su lamento calmante, la melodía que había usado con el Penumbrae.
La nota clara y fría cortó la neblina roja de mi furia, haciéndome tropezar hacia atrás, horrorizado por lo que había estado a punto de hacer.
El control del Wendigo sobre mi instinto era aterrador.
«¡Está en el techo, justo sobre ti, Sam!», proyectó Diana, recuperando su forma base y reenfocándonos.
El Wendigo se dejó caer, sus garras de hielo apuntando directo al pecho de Samara.
«¡AHORA!», rugí, proyectando el plan que nació de la desesperación y la sinergia.
No ataqué al Wendigo.
Ataqué la cueva.
Golpeé el suelo de piedra con ambas manos, llamando a la montaña con toda la fuerza de mi vínculo.
La roca obedeció.
Un pilar de piedra afilado, un estalagmita improvisada, brotó del suelo justo donde la criatura iba a aterrizar.
Al mismo tiempo, Diana, con una velocidad increíble, sacó una granada sónica de su bolso y la lanzó.
Samara, reaccionando a nuestro plan compartido, soltó un grito de Banshee, pero esta vez el físico, una onda de fuerza pura.
Todo sucedió en un instante.
El Wendigo, incapaz de detener su caída, soltó un chillido de sorpresa.
La onda sónica de la granada lo golpeó, aturdiéndolo.
El grito de Samara lo golpeó un instante después, frenando su descenso lo suficiente para que cayera con todo su peso sobre el pilar de roca que yo había creado.
La piedra lo atravesó limpiamente.
Hubo un sonido horrible, un gorgoteo húmedo, y luego un grito final que se disolvió en un susurro.
La criatura se convulsionó y luego se deshizo, no en carne, sino en una nube de humo negro y escarcha que se evaporó en el aire cálido de la cueva.
El silencio que cayó fue absoluto.
Nos quedamos inmóviles, jadeando, temblando por la adrenalina y el terror psíquico.
La paranoia se había desvanecido, dejándonos expuestos y vulnerables.
Diana, demostrando una vez más ser nuestra ancla, fue la primera en moverse.
Se arrastró sobre las pieles, su rostro pálido pero resuelto, y nos tocó a Samara y a mí en el brazo, un contacto físico que nos devolvió al presente.
—¿Están…
están bien?
—susurró.
Samara y yo nos miramos.
La paranoia que nos había hecho dudar del otro momentos antes parecía una pesadilla lejana.
Asentimos, aunque ambos sabíamos que las cicatrices de ese ataque mental tardarían en sanar.
La fortaleza mental de Diana, su negativa a dejar que el miedo rompiera nuestro vínculo, nos había salvado.
La montaña nos había puesto otra prueba, y apenas la habíamos superado.
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