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El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 52

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  4. Capítulo 52 - 52 La Fortaleza del Vínculo
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52: La Fortaleza del Vínculo 52: La Fortaleza del Vínculo (Samara) La Yuki-onna se disolvió en el aire helado de la montaña, dejando tras de sí un silencio más profundo y una advertencia que pesaba más que la roca misma.

El Coleccionista usaba portales.

Había otro Guardián.

La magnitud de nuestra misión parecía crecer con cada paso que dábamos.

Me giré, alejándome de la entrada de la cueva, y observé a mis compañeros.

Diana tiritaba, frotándose los brazos, su rostro pálido por el frío y por la revelación.

Víktor avivaba las brasas de la fogata, su mandíbula apretada, su mente claramente repasando la batalla contra el Wendigo.

Estábamos heridos, no solo físicamente por la batalla contra la horda, sino psíquicamente.

«Van dos», proyecté en el vínculo, mi pensamiento era agudo, despojado de cualquier calidez.

El miedo me hacía sentir fría y analítica.

Víktor levantó la vista del fuego, sus ojos dorados encontrando los míos.

Pude sentir su acuerdo sombrío.

«Dos criaturas», continué, mi voz mental era un eco en sus mentes, «que han logrado intervenir nuestra conexión».

Empecé a caminar de un lado a otro de la pequeña cueva, incapaz de quedarme quieta.

La Tejedora en mí detestaba un tejido defectuoso, y el nuestro lo era.

«El Djinn fue quirúrgico.

Nos aisló y usó nuestros miedos más profundos como un arma personalizada.

Pero el Wendigo fue peor.

Fue un martillo.

Atacó el vínculo mismo, sembrando paranoia, casi logrando que nos destruyéramos entre nosotros».

La imagen de Víktor, sus ojos teñidos de rojo, su instinto de Lycan mirándome a mí, a Diana, como presa, me provocó un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura.

«El entrenamiento de Nimue estaba incompleto», concluí, deteniéndome frente al fuego.

«Nos enseñó a sincronizar, a proyectar, a actuar como uno solo.

Nos enseñó a abrir el canal.

Pero nunca nos enseñó a cerrarlo.

No nos enseñó a defendernos de una intrusión».

Diana se abrazó las rodillas.

—Hizo que nos sintiéramos paranoicos.

Fue horrible.

—Entonces tenemos que reforzarlo —dijo Víktor.

Se puso de pie, su presencia llenando la cueva.

Siempre práctico, siempre buscando una solución física—.

La mente es parte del cuerpo.

Un cuerpo fuerte crea una mente fuerte.

Quizás es disciplina lo que nos falta.

Deberíamos entrenar.

Mañana, en lugar de solo caminar, deberíamos forzarnos.

Correr hasta que nos fallen las piernas, entrenar en la ventisca, con el torso desnudo si es necesario.

Forjar nuestra voluntad contra el frío, contra el dolor.

Si nuestros cuerpos son más duros, nuestras mentes lo serán también.

Lo miré, entendiendo su lógica.

Era el camino del Lycan.

Pero no era suficiente.

—Eso es fuerza bruta, Víktor —repliqué—.

Esto fue una infiltración, no un ataque frontal.

Podríamos tener los músculos de un Gorgolith y aun así ser vulnerables a un susurro.

Esto es un problema mágico, un fallo en la estructura de nuestro vínculo.

Mi instinto de Tejedora buscaba una solución en el conocimiento.

—Si estuviéramos en ULTIMA, pasaría semanas en los Archivos Oscuros, buscando grimorios sobre barreras psíquicas o vínculos astrales.

A falta de libros para estudiar vínculos mentales…

—Suspiré, frustrada—.

Supongo que nuestra única opción es la introspección.

Podríamos pasar la noche en meditación profunda.

Intentar sentir los bordes de nuestra conexión, mapear el plano mental que compartimos y.…no sé…

¿levantar muros?

¿Construir defensas desde adentro?

Era una idea abstracta, agotadora, y honestamente, no tenía idea de por dónde empezar.

Víktor pareció igual de poco convencido.

Estábamos en un punto muerto: su solución era demasiado física, la mía demasiado teórica.

—Oigan…

—La voz de Diana nos interrumpió.

Estaba callada, mirando sus manos, como si ordenara un pensamiento complicado—.

Quizá…

¿quizá si lo visualizamos más fuerte, se vuelve más fuerte?

Víktor y yo la miramos.

—¿A qué te refieres?

—preguntó él.

Diana levantó la vista, sus ojos claros y serios.

—Bueno, piénsenlo.

Casi siempre, cuando estamos bien, el vínculo es como…

aire.

Simplemente está.

Nos transmitimos todo en automático, lo que pensamos…

es como si estuviéramos en una sola mente, ¿saben?

Y cuando sentimos…

como cuando nos tocamos o.… bueno, ya saben…

Los recuerdos de Diana inundaron el vínculo, aquel día en la cabaña del bosque, cuando nos turnamos para vernos y tocarnos, Víktor tambien lo vio, no dijimos nada, disfrutamos por un momento la reminiscencia de Diana, hasta que ella nos notó perdidos en su imagen mental.

—¡ah!

Lo siento, me…me distraje, bueno, si…eso, cuando pasa eso, es, como si tuviéramos una sola piel.

Es solo…

una sensación total.

Hizo una pausa, asegurándose de que la seguíamos.

—Pero cuando hago un esfuerzo consciente por encontrar el vínculo…

como cuando estábamos en la batalla contra Ványar y quería mandarles un mensaje específico, como “¡cuidado!”…

no es un océano.

Es un cable.

Veo un cablecito plateado que va de mí a ustedes.

Y ahí es donde pongo el mensaje.

¿Ustedes no?

Miré a Víktor.

La miré a ella.

Y la simplicidad de su lógica me golpeó.

Tenía razón.

—Me pasa lo “mismo” —admití, asombrada—.

Cuando me enfoco para enviar una orden o una imagen, no es el todo.

Es un canal.

Un hilo de luz verde que dirijo hacia ustedes.

—Un hilo rojo para mí —confirmó Víktor, sus ojos abriéndose con la comprensión—.

Un solo canal de comunicación activa.

—¡Pues ahí está la respuesta!

—dijo Diana, su voz ganando confianza—.

El Wendigo y el Djinn no atacaron el “océano”.

Atacaron ese cable.

Porque estaba solo, era delgado, fácil de encontrar y de ensuciar con su basura mental.

Pero…

¿y si ese pequeño cable lo visualizamos…

diferente?

¿Qué tal si no es un hilo fino?

¿Si es un enorme cable de acero, con incontables hilos más pequeños trenzados uno junto a otro ?

¿Rojo, verde y plateado, todos juntos, formando una soga gruesa e imposible de romper?

Podríamos…

reforzarlo en realidad, ¿no creen?

El silencio que siguió fue de pura revelación.

Era tan simple.

Tan brillante.

Nuestra magia respondía a nuestra intención.

Si nuestra intención colectiva era que el vínculo fuera inquebrantable, tal vez así sería.

Víktor soltó una risa breve, un sonido de puro alivio que resonó en la cueva.

—A veces —dijo, mirándome—, la respuesta más simple es la correcta.

Asentí, sintiendo una nueva determinación reemplazar el miedo.

La Tejedora en mí acogió la idea.

No construiríamos muros abstractos; reforzaríamos el tejido existente.

—De acuerdo —dije, mi voz recuperando su firmeza—.

A partir de ahora, siempre que visualicemos nuestro canal de comunicación consciente, no es un hilo.

Es una cuerda de acero trenzado.

Fuerte, flexible e impenetrable.

Con nuestros colores entrelazados.

Víktor y Diana asintieron, sus rostros serios, concentrados.

Podía sentirlos ya, en ese mismo instante, proyectando esa nueva imagen de fuerza, uniéndola a la mía.

Sentí el vínculo pulsar, como si respondiera a nuestra decisión, volviéndose más sólido, más denso.

La tensión en la cueva se disipó, reemplazada por un agotamiento profundo.

La batalla contra el Wendigo, la visita de la Yuki-onna y esta crisis mental nos habían dejado sin energías.

Nos acomodamos de nuevo en la cueva.

Comimos un poco más de la carne y los insectos que Diana había cazado, las palabras escaseaban mientras el cansancio físico y mágico nos vencía.

Nos acurrucamos juntos sobre las pieles, buscando el calor mutuo.

Caímos dormidos casi al instante, pero mi mente, incluso en el sueño, se aferró a la nueva imagen: una cuerda de acero tricolor, brillando en la oscuridad, fuerte e inviolable.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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