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El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 53

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  4. Capítulo 53 - 53 El Sueño Compartido
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53: El Sueño Compartido 53: El Sueño Compartido (Samara) La batalla contra la horda de Ghouls había sido agotadora, pero el asalto psíquico del Wendigo y la ominosa advertencia de la Yuki-onna habían dejado nuestras mentes magulladas y expuestas.

El sueño no fue una invitación gentil; fue un abismo que nos tragó a los tres casi al mismo instante.

Pero no caímos en sueños separados, perdidos cada uno en su propia oscuridad.

La intención compartida, esa necesidad desesperada de ejecutar el plan de Diana para reforzar nuestra conexión, actuó como un ancla.

Nuestros espíritus, ya irremediablemente enredados por el vínculo, descendieron juntos al único lugar donde podíamos realizar un trabajo tan fundamental: el plano onírico.

Me “desperté” en un lugar de silencio absoluto.

No era la cueva, sino un espacio vasto, que recordaba a la Sala de los Ecos por su solemnidad, pero sin sus columnas de obsidiana.

Estábamos de pie sobre un suelo de piedra pulida, tan oscuro que parecía un espejo líquido, reflejando un cielo arremolinado, una nebulosa de nubes púrpuras y grises que se movían con lentitud.

El aire estaba quieto, sin temperatura.

Miré a mi lado.

Víktor estaba allí, sólido y real, su energía roja contenida latiendo bajo su piel.

A mi otro lado, Diana, con los ojos muy abiertos, observaba el paisaje onírico con asombro.

Estábamos lúcidos.

Estábamos juntos.

Instintivamente, miré “hacia adentro”, hacia el vínculo, buscando el objeto de nuestra meditación.

Y allí estaba.

Y mi corazón se encogió.

Flotando en el aire nebuloso entre nosotros, vi la representación de nuestra conexión tal como la habíamos temido: tres hilos separados.

Uno rojo intenso, uno verde espectral, uno plateado y brillante.

Eran hermosos, sí, pero se veían…

terriblemente frágiles.

Aterradoramente delgados.

Y al observarlos más de cerca, como Tejedora, pude ver el daño.

Había puntos deshilachados, casi quemados, cicatrices oscuras donde la energía corrosiva del Wendigo había golpeado, donde el miedo y la paranoia casi los habían roto.

—Diana tiene razón —dije, mi voz resonando extrañamente en el espacio sin eco—.

Es demasiado débil.

Es un milagro que haya resistido.

Víktor asintió, su rostro sombrío.

—Si eso fue lo que nos atacó…

no aguantará un segundo golpe directo.

—Entonces vamos a reforzarlo —dijo Diana, su voz firme, sin rastro de su habitual ligereza.

Había una determinación en ella que me llenó de fuerza—.

Cierren los ojos.

No vean solo un hilo.

Vean lo que es en realidad.

Nos tomamos de las manos.

Su simple lógica era nuestra mejor arma.

Cerré los ojos y me concentré en mi hilo verde.

No era solo un cordón.

Era mi esencia de Bansheaver.

Lo visualicé como realmente era: un tejido complejo, un tapiz de miles de hebras finísimas.

Hilos de vida, hilos de muerte, hilos de magia espectral, todos entrelazándose en una danza de equilibrio.

A mi lado, sentí el cambio en Víktor.

Su hilo rojo comenzó a vibrar con un poder terrenal.

Dejó de ser una simple línea de energía.

Brotaron de él raíces gruesas, antiguas, como las de un roble milenario, retorciéndose con una fuerza inflexible.

Y en el corazón de esas raíces, vi latir el fuego rojo e indómito del Lycan, dándole una base sólida.

Y Diana…

su hilo plateado se licuó.

Se convirtió en un río de luz adaptable, flexible, capaz de cambiar de forma, de rodearlo todo.

Era la esencia pura de la Nextherian, el nexo que unía lo imposible.

—Ahora —susurré—.

Juntos.

Con una voluntad colectiva que nació de la desesperación y el amor, ordenamos a nuestras esencias que se fusionaran.

Fue una sensación indescriptible.

Sentí el río plateado de Diana fluir primero, creando el núcleo, el canal central.

Sentí las rocas de Víktor enroscarse a su alrededor, dándole a la conexión una fuerza inflexible, una base sólida que no podría romperse.

Y finalmente, sentí mis propios hilos de Tejedora entrar en acción, tejiéndolo todo, uniendo cada fibra, cada raíz, cada hebra de luz, cosiendo nuestras almas en una sola entidad indestructible.

El aire vibró.

Hubo un sonido, no de metal, sino como el de una gran campana de templo resonando en la distancia.

Abrimos los ojos.

Frente a nosotros, los tres hilos frágiles habían desaparecido.

En su lugar flotaba una única y masiva cuerda, gruesa como el brazo de Víktor.

Estaba viva.

Podía ver la madera de raíz roja pulsando con un calor sordo, la seda espectral verde brillando con una luz de otro mundo, y los hilos de plata líquida fluyendo entre ambos, uniéndolo todo.

Era sólida.

Era real.

Era nuestra.

—Vaya —dijo Diana, sintiéndose increíblemente segura—.

Eso sí que es un cable de acero.

—Es…

una obra de arte —murmuré, admirando la complejidad del tejido.

—Es fuerte —fue todo lo que dijo Víktor, pero en su voz había una satisfacción tan profunda que sentí cómo calmaba mi propio corazón.

—Una solución elegante para un problema complejo.

La sencilla complejidad de su vínculo nunca deja de fascinarme.

Nos giramos de golpe.

El Profesor Caelum estaba allí, flotando a unos metros de nosotros.

Aquí, en su “plano favorito”, no era la aparición neblinosa de ULTIMA.

Parecía más sólido, casi físico.

Su túnica de estrellas era nítida, y sus ojos blancos brillaban con un genuino interés académico.

—Profesor —dijo Víktor, asintiendo con un respeto que todos sentíamos.

—Los felicito —dijo Caelum, su voz clara y directa, sin los ecos habituales—.

No necesitaron grimorios antiguos ni rituales complejos que yo hubiera sugerido.

Solo necesitaron confianza absoluta.

Han reforzado su vínculo desde adentro, usando la esencia pura de lo que son.

Es un logro impresionante.

El orgullo nos habría inflado el pecho, pero la expresión de Caelum se volvió grave, casi sombría.

—Aunque este logro —continuó—, me hace cuestionar aún más la decisión de Ványar.

Me tensé.

—¿Qué quiere decir, profesor?

—Enviarlos solos al túmulo…

—Caelum sacudió la cabeza, un gesto extrañamente vulnerable en él—.

Han crecido, sí.

Su poder es innegable.

Pero lo que les espera no es un simple guardián.

El Coleccionista…

es un mago muy habilidoso.

Se giró hacia la nebulosa arremolinada sobre nosotros.

—Por más que me mueva entre planos, por más que busque su rastro en el éter…

no logro dar con él.

Oculta su presencia y su identidad de una forma que nunca había visto.

Eso lo hace increíblemente peligroso.

Un escalofrío me recorrió.

Si Caelum, el Augur del Velo, no podía encontrarlo…

—Pero —continuó el profesor, girándose de nuevo hacia nosotros—, si la experiencia me ha enseñado algo, es a confiar en el juicio de Ványar.

Él ha sido el guardián de los secretos de ULTIMA por más tiempo del que imaginan.

Si él cree que esta tarea es para ustedes, que ustedes son la clave…

entonces debemos creerlo.

Su presencia pareció desvanecerse un poco, su forma volviéndose más translúcida.

—Sigan avanzando, mi enigma favorito.

Y no suelten esa cuerda.

Y con eso, se disolvió en el aire nebuloso.

Nos quedamos solos de nuevo, pero la cueva mental se sentía infinitamente más segura.

Miramos nuestra nueva cuerda, admirando su fuerza, su solidez…

Y entonces lo sentimos.

Un frío que no venía de la montaña.

Una presencia hostil, antigua y poderosa.

No estaba en el sueño con nosotros.

Estaba afuera, golpeando.

Nuestra perspectiva cambió de golpe.

Dejamos de estar dentro del sueño para observarlo desde fuera, como si fuéramos los tres espectadores de nuestra propia mente.

Vimos nuestro sueño como una esfera de luz tricolor, brillante y cálida.

Vimos nuestra cuerda de acero en el centro, latiendo.

Y vimos a la cosa que la atacaba.

A lo lejos, en la oscuridad sin estrellas del plano astral, había una figura alta, encapuchada, hecha de sombras y de una quietud que aterraba.

Era él.

El Coleccionista.

Levantó una mano que parecía absorber toda la luz a su alrededor.

De ella salió un rayo de pura malicia, de un frío corrosivo que buscaba deshacerlo todo.

El rayo golpeó nuestra cuerda.

Hubo un sonido ensordecedor, un chirrido metálico que sacudió los cimientos de nuestro sueño.

Esperé que el vínculo se rompiera, que la paranoia y el miedo volvieran a inundarnos.

Pero no lo hizo.

La cuerda aguantó.

El ataque del Coleccionista resbaló por la superficie trenzada de rojo, verde y plata.

Dejó un arañazo oscuro, humeante, pero no penetró.

El vínculo se dobló bajo la presión, vibró con dolor, pero no se rompió.

¡Había funcionado!

Sin embargo, el impacto, la pura intención asesina detrás de él, fue demasiado para sostener el delicado estado de sueño.

La esfera de luz se fracturó.

Despertamos de golpe.

Los tres nos incorporamos al mismo tiempo en la cueva oscura, jadeando, cubiertos de un sudor frío.

La fogata era solo un montón de brasas rojas.

Diana temblaba.

Víktor tenía las garras medio extendidas, su respiración era un gruñido contenido.

Nos miramos en la penumbra, nuestros corazones latiendo a un ritmo frenético y sincronizado.

—Lo sintieron, ¿verdad?

—susurró Víktor, su voz grave resonando en la pequeña cueva.

—El ataque…

—dije, tocando mi propio pecho, justo donde sentía el vínculo vibrar con el eco del golpe—.

Era real.

—Sí —dijo Diana, su voz temblaba, pero había un orgullo feroz en ella—.

Pero aguantó.

Chicos…

¡aguantó!

El alivio nos inundó, pero duró solo un segundo, reemplazado por la sombría y aterradora realidad.

Ya no éramos los cazadores.

El Coleccionista sabía que estábamos allí.

Y acababa de probar nuestras defensas.

La guerra silenciosa se había declarado oficialmente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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