El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 54
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- Capítulo 54 - 54 El Asedio Silencioso
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54: El Asedio Silencioso 54: El Asedio Silencioso (Víktor) Nos miramos en la penumbra, el miedo reflejado en los ojos de las otras.
La euforia de nuestra carrera salvaje el día anterior parecía una memoria lejana, una imprudencia juvenil.
—Nos ha probado —dijo Samara, su voz baja, rompiendo el silencio—.
Sabe que estamos aquí y sabe qué somos.
Me levanté, mi cuerpo protestando por el esfuerzo de cavar nuestro refugio.
—Fue una declaración, sí —respondí, mi voz grave—.
Pero también un error.
Nos expusimos.
Diana, que estaba inusualmente callada, asintió.
—Ya no podemos correr así.
La decisión fue tácita, una certeza compartida que no necesitaba debate.
La prudencia era nuestra única arma.
Salimos de la cueva que habíamos cavado en la pared de roca y nos enfrentamos a la mañana.
El Colmillo Gris se alzaba más cerca, sus picos nevados recortados contra un cielo azul pálido, pero ahora no parecía una meta, sino una fortaleza enemiga.
—No más transformaciones —dije, estableciendo la nueva regla—.
No Lycan, no Grifo, no Bansheaver.
Avanzamos a pie.
Lento, en silencio.
No podemos volver a ser un faro para cada monstruo en este plano.
Mis instintos de Lycan protestaron, anhelando la velocidad y la fuerza.
Pero la lógica, y la mirada seria de Samara, sabían que era el único camino.
El día se convirtió en una marcha monótona y agotadora.
El ascenso era brutal.
Mis músculos, aún sanando de la batalla con el Gorgolith, ardían con cada paso.
La ropa del Nøkk nos protegía del viento cortante, pero el esfuerzo físico nos hacía sudar por debajo, una combinación incómoda de frío y humedad.
Nos adaptamos a un nuevo ritmo, uno de sigilo y paranoia.
Caímos en una formación de equipo casi sin darnos cuenta.
Yo iba delante, usando mi conexión con la naturaleza no para ataques llamativos, sino para la sutileza.
Sentía la estabilidad de la roca bajo mis botas, advertía de placas de hielo ocultas o cornisas inestables.
Me convertí en el guía, leyendo el susurro de la montaña.
Diana caminaba detrás de mí.
Ya no era el torbellino de energía.
Estaba callada, concentrada.
Sus sentidos, que ahora podía tomar prestados sin transformarse, eran nuestro sistema de alerta temprana.
Se detenía, inclinaba la cabeza.
«Huelo algo…
viejo», susurraba.
«Como metal oxidado y ozono, viene de esa grieta».
Y nosotros cambiábamos de rumbo, evitando un peligro que nunca llegamos a ver.
Samara cerraba la marcha.
Su rol era el más agotador mentalmente.
Como Tejedora, mantenía su percepción extendida, vigilando los hilos de la escasa vida en la montaña.
Buscaba cualquier cosa anómala, cualquier hilo que no perteneciera, cualquier vibración de magia hostil.
Recolectábamos lo que podíamos sobre la marcha, hierbas que crecían entre las rocas, musgos extraños.
Comíamos nuestras raciones —insectos tostados y carne seca — mientras caminábamos, sin permitirnos el lujo de una parada larga.
Al caer la noche, repetimos el ritual.
Diana usó sus sentidos prestados para encontrar una pared de roca sólida, protegida de la vista y del viento.
Yo puse mis manos sobre la piedra.
Ella puso las suyas sobre las mías.
No fue una explosión de poder, sino un empuje constante, agotador.
Usando su fuerza de oso prestada y mi dominio sobre la tierra, empujamos la roca, creando un refugio lo bastante grande para los tres.
Estábamos agotados, pero a salvo.
Mientras encendíamos un fuego pequeño, Samara se sentó en la entrada, con los ojos cerrados.
A través del vínculo, sentí lo que estaba haciendo.
Era increíble.
Tomó nuestros hilos vitales, normalmente brillantes en el plano etéreo, y los tejió con la energía de la roca circundante.
Nos estaba ocultando, no de la vista, sino de la percepción mágica de otras criaturas.
Éramos, para cualquier sentido arcano, solo un pedazo más de la montaña.
Comimos en silencio y caímos en un sueño profundo, agotados por el esfuerzo físico y mental.
Nos encontramos de nuevo en el plano onírico.
El cielo púrpura y gris estaba tranquilo, como la última vez.
Nuestra primera parada obligatoria era revisar el estado del vínculo.
Flotaba frente a nosotros: la cuerda de acero tricolor, gruesa y sólida.
El gran arañazo oscuro del ataque directo del Coleccionista seguía allí, una cicatriz fea.
Respiramos aliviados al ver que no había nuevos daños importantes.
Pero entonces Samara jadeó.
—Miren.
Señaló la superficie brillante de la cuerda.
Al principio no lo vi.
Parecían simples motas de polvo.
Pero al acercarnos, el horror se asentó.
Eran pequeñas manchas negras, corrosivas, como salpicaduras de alquitrán.
Decenas de ellas.
—¿Qué es eso?
—preguntó Diana, su voz temblando.
Extendió un dedo para tocar una.
—¡No lo hagas!
—gritó Samara—.
Es magia impura.
Son…
ataques.
Me quedé helado.
—Pero…
no sentimos nada.
Todo el día.
Estuvimos caminando, no hubo…
—Exacto —me interrumpió Samara, su voz sombría—.
La cuerda aguanta.
Nuestro refuerzo funcionó.
Es tan fuerte que estos golpes más débiles ni siquiera nos alertan conscientemente.
Pero…
lo están desgastando.
Tocó con cuidado el borde de una de las manchas.
Chisporroteó, y la mancha pareció extenderse un milímetro.
—No nos está atacando de frente —dije, entendiendo la aterradora estrategia—.
Nos está desgastando.
Como el agua que erosiona la piedra.
Está esperando a que nos cansemos, a que bajemos la guardia, y sigue golpeando, una y otra vez, hasta que la cuerda se debilite lo suficiente como para romperla.
Despertamos de golpe, el corazón latiendo con un pánico frío.
La mañana siguiente fue tensa.
Compartimos el conocimiento del sueño sin necesidad de palabras.
El enemigo no solo era poderoso; era paciente.
Era invisible.
El segundo día transcurrió idéntico al primero.
Caminar.
Recolectar.
Avanzar.
Pero ahora, la paranoia era nuestra compañera constante.
Cada ráfaga de viento nos hacía saltar.
Cada sombra en la roca parecía una amenaza oculta.
¿Era eso un ataque?
¿Y eso?
No podíamos sentirlo.
Solo podíamos confiar en que el vínculo aguantaría.
Llegó la noche.
Repetimos el ritual.
Diana y yo cavamos un nuevo refugio.
Samara tejió su velo de ocultamiento.
Comimos en silencio y nos preparamos para dormir, no con alivio, sino con una ansiedad terrible por lo que íbamos a encontrar.
Cerramos los ojos y volvimos al plano onírico.
El cambio fue instantáneo y aterrador.
El cielo, usualmente calmado y nebuloso, era una tempestad.
Nubes negras y púrpuras se arremolinaban con violencia.
El aire estaba cargado de una electricidad estática que hacía que mi piel espiritual se erizara.
—¿Qué está pasando?
—gritó Diana por encima del aullido del viento astral.
Y entonces lo vimos.
—¡Ahí!
—gritó Samara, señalando el cielo tormentoso.
El cielo se rasgó.
No era un solo ataque.
Eran cientos.
Meteoros de magia oscura, pequeños, pero increíblemente rápidos, lloviendo sin cesar desde la tormenta que el Coleccionista había creado.
Y todos se dirigían a un solo punto.
Nuestra cuerda de acero.
Nos quedamos allí, flotando en nuestro sueño compartido, observando con absoluto horror cómo el escudo que acabábamos de forjar, nuestra mayor defensa, era sometido a un bombardeo implacable, cada impacto resonando como un martillazo contra nuestras almas, sabiendo que era solo cuestión de tiempo antes de que la primera grieta real apareciera.
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