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El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 56

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  4. Capítulo 56 - 56 El Corazón Cambiante
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56: El Corazón Cambiante 56: El Corazón Cambiante (Víktor) Despertamos al amanecer, si es que a eso se le puede llamar despertar.

El sueño había sido todo menos reparador.

Abrí los ojos en la oscuridad de nuestra cueva, sintiendo el frío de la piedra a mi espalda y el calor de Diana y Samara a mis lados.

Ellas también estaban despertando, sus mentes conectándose a la mía con una lentitud cargada de pavor.

El recuerdo de la tormenta astral era demasiado vívido: el cielo púrpura y negro arremolinándose, la lluvia incesante de meteoros de magia oscura, y el sonido ensordecedor de los impactos contra nuestro vínculo.

Nuestra cuerda tricolor, nuestra “Sinfonía del Alma”, había resistido, pero habíamos sentido cada golpe como si fuera dirigido a nuestros propios cuerpos.

—Sigue ahí fuera —susurró Samara, su voz apenas audible en la quietud de la mañana.

No necesitaba especificar a qué se refería.

El Coleccionista.

Salimos de la cueva con una prudencia que rayaba en la paranoia.

La confianza que habíamos ganado en la “carrera salvaje” se había evaporado, reemplazada por la cruda realidad de que éramos la presa en una cacería cósmica.

Decidimos no usar nuestras formas salvajes.

La espectacularidad de ayer era la imprudencia de hoy.

Avanzaríamos a pie, como simples viajeros, ahorrando cada gramo de magia, haciendo cada rastro lo más débil posible.

El día transcurrió en una marcha monótona y agotadora.

El Colmillo Gris se alzaba frente a nosotros, más cercano, sí, pero cada metro ganado se sentía como una victoria hueca.

El paisaje era desolador: roca gris, hielo y un viento que nunca dejaba de susurrar amenazas.

Seguimos nuestra nueva rutina.

Yo lideraba, usando mi conexión con la montaña no para grandes hazañas, sino para sentir la solidez del camino, para encontrar la ruta más segura.

Diana, con sus sentidos prestados de halcón, vigilaba los cielos y las cornisas lejanas, alertándonos de cualquier movimiento sospechoso.

Samara cerraba la marcha, su percepción de Tejedora extendida como una red, buscando hilos de vida…

o de magia hostil.

Recolectábamos lo que podíamos a nuestro paso.

Musgos que crecían bajo los salientes, líquenes con propiedades energéticas, bayas de invierno casi congeladas.

Cada pequeña cosa iba a parar a nuestros bolsos mágicos, nuestra despensa compartida.

A media tarde, cuando el sol estaba en su punto más alto (aunque su calor apenas se sentía), hicimos una pausa para comer.

Buscamos un recodo protegido del viento y nos sentamos, sacando la carne de jabalí.

Mientras comíamos en silencio, mi mente, siempre práctica, se centró en el siguiente paso.

La batalla contra la horda y el Gorgolith había mermado nuestro arsenal alquímico.

Revisé mentalmente el contenido de nuestros bolsos.

—Tenemos un problema —dije en voz baja.

Ellas me miraron, dejando de comer.

—Tenemos muchos ingredientes —expliqué, limpiando mi cuchillo—.

Raíces, esencias de flores, polvos de cristal, musgo…

pero casi no nos quedan catalizadores.

Usamos la mayoría de los viales que nos dio Thörne para crear las bombas que ya gastamos.

Sin un catalizador, todos estos ingredientes son inútiles.

No podremos hacer muchas más armas o defensas.

La alquimia no será una opción esta vez.

Un silencio pesado cayó sobre nosotros.

La alquimia había sido nuestra ventaja táctica, nuestra forma de igualar el campo de juego contra criaturas más fuertes.

Sin ella, solo teníamos nuestra magia…

y la esperanza de que el vínculo resistiera.

Samara frunció el ceño, su mente de estratega buscando soluciones.

—Podríamos intentar usar mi magia de Bansheaver como catalizador, pero el gasto de esencia vital sería demasiado arriesgado…

—O.… quizás no —interrumpió Diana.

Estaba sonriendo, una chispa traviesa volviendo a sus ojos por primera vez desde el sueño.

Samara la miró…

—Diana, esto es serio.

—¡Y yo también!

—insistió ella—.

Creo que es momento de mostrarles algo.

Samara suspiró, pero su expresión se suavizó.

Puso una mano sobre la rodilla de Diana.

—Eres un hermoso vendaval lleno de sorpresas, mi Nextherian.

Muéstrame qué tienes esta vez.

Diana se sonrojó visiblemente, un gesto encantador que contrastaba con la seriedad de la situación.

Metió la mano en su bolso mágico y, tras rebuscar un segundo, sacó algo.

Lo sostuvo en la palma de su mano.

Era una piedra.

Del tamaño de mi puño, pero no era como nada que hubiera visto en la montaña.

Era de un color plateado semitransparente, como si fuera cuarzo ahumado y plata fundida.

Brillaba con una luz interna suave.

Pero lo más fascinante era su interior.

Una neblina pálida e infinita se arremolinaba dentro, y mientras la mirábamos, las formas cambiaban constantemente.

Vi por un instante el perfil de un ala de águila, luego la garra de un león, la silueta de un lobo, e incluso la forma etérea de una Banshee.

—¿Qué es eso?

—pregunté, hipnotizado.

—Apareció la primera vez que logré la transformación del Grifo, cuando estaba a solas con el Profesor Caelum —explicó Diana, su voz llena de orgullo—.

Cuando volví a mi forma base, agotada, esta piedra…

simplemente cayó a mi lado.

Caelum dijo que era mi nueva esencia.

Que, así como tú tienes tu Polvo de Luna y Samara tiene su Raíz de Lamento, yo tenía esto.

Lo llamó…

el “Corazón Cambiante”.

Samara y yo nos miramos, asombrados.

La esencia misma de su poder trascendido.

—Pero eso no es todo —continuó Diana, su emoción creciendo—.

Un día, mientras ustedes estaban en otra clase…

se la llevé al Profesor Thörne.

Tenía curiosidad.

¡Víktor, tenías que haberlo visto!

El viejo gruñón casi sonríe.

Se emocionó muchísimo.

La analizó, raspó una pequeña parte e hizo unas pruebas.

Hizo una pausa dramática.

—Concluyó que la esencia pura del cambio, mi magia de Nextherian, ¡convierte esta piedra en un catalizador universal!

¡Universal!

Dijo que podíamos pulverizar pequeños fragmentos y usarla para crear casi cualquier cosa.

Podemos…

¡podemos pasar la tarde creando!

Me encanta cuando hacemos alquimia juntos.

Nos quedamos en silencio, procesando la magnitud de su revelación.

Un catalizador universal.

Diana, nuestro nexo, no solo nos unía a nosotros, sino que ahora era la clave literal para nuestra alquimia.

Samara fue la primera en reaccionar.

Se rió, un sonido de puro alivio.

—Diana Wilder, nunca dejas de sorprenderme.

Es una idea excelente.

Pero no podemos hacerlo aquí al descubierto.

El proceso de alquimia libera picos de energía.

El Coleccionista lo sentiría.

—Busquemos refugio —dije, poniéndome de pie.

La fatiga del día había sido reemplazada por una nueva energía—.

Una cueva, una grieta profunda.

Algo que nos oculte.

Buscamos durante casi una hora, pero la ladera de la montaña era implacable.

Solo encontramos pequeños salientes que apenas nos protegerían del viento.

Nada lo bastante grande o profundo para ocultar el destello de la alquimia.

—No hay nada —dijo Diana, frustrada, pateando una piedra suelta.

Me detuve frente a una pared de roca sólida que parecía estructuralmente estable.

Miré a Diana.

Ella me devolvió la mirada y entendió al instante.

—Repetiremos el proceso —dije—.

Diana, necesito tu fuerza.

Samara, tu velo.

Samara cerró los ojos.

Sentí su magia extenderse, tejiendo un manto de silencio y ocultación a nuestro alrededor, enmascarando nuestra energía de cualquier percepción externa, volviéndonos invisibles a los sentidos mágicos.

Diana puso sus manos junto a las mías sobre la roca, sus músculos tensándose mientras canalizaba la fuerza de un oso.

«Juntos», proyecté.

Empujamos.

La roca gimió, un sonido sordo que murió al instante, ahogado por el velo de Samara.

Fue un esfuerzo agotador, más que la noche anterior.

La montaña no cedía su piedra fácilmente.

Pero centímetro a centímetro, la empujamos hacia adentro, terraformando un nuevo refugio, una cueva lo suficientemente grande para trabajar y descansar.

Samara se acercó a la entrada de la cueva, sus manos brillando con una suave luz verde.

Sentí cómo su poder de Tejedora se extendía, tejiendo un velo de ocultamiento sobre la abertura, no solo cubriendo nuestro rastro físico, sino enmascarando nuestra presencia mágica de cualquier percepción externa.

Apenas terminó su hechizo, un olor extraño comenzó a llenar la cueva.

No era el aroma limpio a piedra y tierra húmeda que habíamos liberado al cavar.

Esto era diferente.

Dulce, pesado y con un matiz metálico.

—¿Huelen eso?

—preguntó Diana, su voz sonando de repente extrañamente pastosa, sus movimientos volviéndose lentos.

Una oleada de cansancio me golpeó, tan repentina y densa que me hizo tambalear.

No era el agotamiento físico de la caminata o de terraformar la roca.

Era un peso que se hundía directamente en mis huesos, nublando mi mente.

—Es magia…—susurró Samara, luchando visiblemente por mantenerse en pie, sus párpados temblando.

Intenté moverme, gritar una advertencia, sacar un antídoto de mi bolso, pero mis miembros pesaban como si estuvieran hechos de plomo.

La voluntad seguía ahí, pero el cuerpo no respondía.

Vi a Diana desplomarse primero, cayendo lentamente al suelo sin siquiera un quejido, ya perdida en la inconsciencia.

Samara se apoyó contra la pared de la cueva, deslizándose lentamente hacia el suelo, sus ojos luchando por enfocarme antes de cerrarse contra su voluntad.

Mi última visión fue la oscuridad de la cueva cerrándose sobre mí, Caí de rodillas, arrastrado no por el sueño, sino por un estupor mágico e ineludible.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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