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El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 58

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  4. Capítulo 58 - 58 El Fin del Camino
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58: El Fin del Camino 58: El Fin del Camino (Víktor) La magnífica mesa de alquimia que Samara había manifestado para nosotros nos esperaba, sus mecheros etéreos ardiendo con una silenciosa llama azul.

Nuestros bolsos mágicos, anclados a nosotros en ambos planos, se sentían pesados con los ingredientes que habíamos recolectado con tanto esfuerzo.

—Muy bien —dije, mi voz resonando en la quietud del sueño—.

Tenemos un laboratorio y, gracias a Caelum, tenemos tiempo.

Es hora de crear nuestro arsenal.

Nos pusimos manos a la obra.

El proceso fue casi surrealista.

Samara, con su precisión de Tejedora, pulverizaba cristales en un mortero de mármol onírico, sus movimientos fluidos y perfectos.

Diana, con un entusiasmo contagioso, medía gotas de savia pegajosa y esencias de flores que habíamos guardado.

Yo me encargaba de las mezclas más volátiles, usando mi Polvo de Luna y la Raíz de Lamento de Samara que Thörne nos había devuelto a través de Caelum.

Llenamos viales con pociones de curación mejoradas, venenos paralizantes más potentes, y una nueva tanda de granadas sónicas y de hielo.

El trabajo era metódico, una sinfonía de tres manos trabajando como una sola, nuestro vínculo transmitiendo necesidades sin palabras: «Más calor en este mechero», «pásame el polvo de Velosperma», «cuidado, esa mezcla es inestable».

Fue Diana quien rompió la concentración.

Sostenía su Corazón Cambiante, esa piedra plateada que vibraba con un poder imposible.

—Oigan…

—dijo, su voz titubeando con una idea que claramente la asustaba y la emocionaba a partes iguales—.

El Profesor Caelum mencionó esa “bomba energética más poderosa del universo” que podíamos soñar, pero no llevarnos.

Pero eso fue antes de que supiéramos que mi piedra era un catalizador universal.

Levantó la vista, sus ojos brillando con una chispa de genialidad caótica.

—¿Qué pasaría si fuéramos literales?

¿Si combinamos tres ingredientes explosivos…

con las tres esencias de nuestros linajes?

¿Mi Corazón, tu Polvo y la Raíz de Samara?

Me quedé helado.

La idea era demencial.

Mezclar tres magias primordiales tan volátiles…

era una receta para el desastre.

La explosión podría destruirnos aquí, en el plano onírico.

Miré a Samara, esperando que impusiera la lógica, que señalara los riesgos.

Pero ella estaba sonriendo.

Una sonrisa lenta, peligrosa, esa sonrisa de Bansheaver que decía que adoraba el riesgo tanto como yo.

—”La magia llama a la magia”.

Vale la pena intentarlo —dijo.

Así que lo hicimos.

Pasamos lo que parecieron horas en ese sueño, refinando la fórmula.

El tiempo aquí era un regalo.

Nos permitió fallar.

Nuestro primer intento de combinar azufre, polen de Girasol de Fuego y mi Polvo de Luna resultó en una explosión de humo plateado que nos dejó tosiendo y cubiertos de hollín astral.

El segundo, mezclando la Raíz de Samara con cristales de energía, simplemente se derritió en un charco burbujeante e inútil.

Pero aprendimos.

Aprendimos que mi esencia estabilizaba, la de Samara canalizaba, y la de Diana…

la de Diana lo unía todo.

Al final, logramos crear tres esferas de cristal oscuro, cada una conteniendo una suspensión inestable de nuestras tres esencias, zumbando con un poder contenido que daba miedo.

Nuestra arma definitiva, una para cada uno.

Cuando por fin estuvimos satisfechos con nuestro arsenal, el agotamiento mental era absoluto.

Nos desplomamos en el suelo del sueño, uno al lado del otro, y nos dejamos llevar, cerrando los ojos en el plano astral para, paradójicamente, despertar Abrí los ojos en la cueva.

El olor a tierra fría y piedra me golpeó.

Por un segundo, sentí el pánico de que todo hubiera sido un sueño inútil.

Pero entonces sentí el peso extra en mi cinturón.

Toqué el bolso mágico.

Estaba lleno.

¡Las pociones eran reales!

Diana y Samara se movían a mi lado, despertando también, sus manos yendo instintivamente a sus propios bolsos.

—¿Qué hora es?

—murmuró Diana.

Me arrastré hasta la entrada que habíamos cavado.

Moví la piedra.

El sol aún estaba alto en el cielo, apenas un poco más inclinado hacia el oeste que cuando habíamos entrado.

—No lo van a creer —dije, asombrado—.

A juzgar por la posición del sol, pasaron, como mucho, un par de horas.

Caelum tenía razón sobre el flujo del tiempo.

Me puse de pie.

El dolor muscular, el agotamiento…

habían desaparecido.

Me sentía fuerte.

Revitalizado.

Nuestro trabajo en el plano onírico no solo había sido productivo, sino profundamente reparador.

—El Colmillo Gris está cerca —dije, mirando la cumbre lejana—.

Y nos sentimos fuertes.

No hay razón para esperar a mañana.

Avancemos.

Salimos de la cueva, listos para continuar.

La montaña seguía siendo un enemigo implacable, pero la vitalidad que nos dio el sueño era asombrosa.

Caminamos sin parar, sintiéndonos más fuertes que nunca.

El sol se puso, pero la noche era tranquila.

No había viento, solo el sonido de nuestras botas en la nieve y el aire fino y helado.

Encendimos nuestras linternas mágicas de ULTIMA y seguimos subiendo.

El descanso nos había dado tanta vitalidad que decidimos no parar.

La oscuridad era una ventaja para nuestros sentidos mejorados.

Diana, con su visión nocturna animal, detectaba los peligros del camino.

Samara sentía cualquier hilo de vida que se moviera en las sombras.

Yo cazaba.

Nuestra rutina se invirtió.

Avanzábamos de noche, cazando pequeños animales nocturnos e insectos de montaña, y descansábamos breves horas durante el día.

Fue al segundo amanecer, mientras la primera luz teñía el cielo de un naranja pálido, cuando la pendiente finalmente se suavizó.

El aire era tan fino que dolía respirar, pero la vista…

era indescriptible.

Estábamos por encima de un mar de nubes blancas y esponjosas que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.

—La cima…

—susurró Samara.

Pero al llegar al punto más alto, no había nada.

Solo la punta rocosa de la montaña, azotada por el viento.

Estábamos confundidos.

¿Dónde estaba el túmulo?

—Tenemos que cruzar al otro lado —dije, señalando el estrecho borde del pico.

Caminamos con cuidado por la cresta.

Y entonces, lo vimos.

Al otro lado, protegida de los vientos por la propia cumbre, se abría una vasta meseta de piedra negra.

No era natural.

Era una enorme estructura, un paredón tallado con runas antiguas que el tiempo casi había borrado.

Y en el centro, al fondo, excavada en el corazón mismo de la montaña, había una entrada oscura, un arco perfecto que se hundía en las profundidades.

El túmulo.

Y no estaba solo.

De pie frente a la entrada, inmóvil como una estatua, había un guardián.

Su armadura antigua estaba cubierta de escarcha, sus manos huesudas aferraban un hacha enorme que goteaba hielo.

Sus ojos no eran más que dos puntos de luz azul helada que se fijaron en nosotros en el instante en que aparecimos.

Un Draugr.

Intercambiamos una mirada.

El miedo era real, pero también la determinación.

Habíamos llegado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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