El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 59
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- Capítulo 59 - 59 Guerra en el Túmulo
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59: Guerra en el Túmulo 59: Guerra en el Túmulo (Víktor) Habíamos llegado.
El aire aquí arriba, en la meseta oculta tras la cumbre del Colmillo Gris, era increíblemente fino y helado.
El mar de nubes se extendía bajo nosotros, un océano blanco e inmóvil.
Frente a nosotros se alzaba el paredón de piedra, ruinas antiguas que servían de fachada al oscuro túmulo.
Y vigilando la entrada, aquella estatua viviente de horror y escarcha: el Draugr.
Estaba inmóvil, su enorme hacha de hielo apoyada en la piedra, pero sus ojos, dos puntos de luz azul antinatural, nos siguieron mientras avanzábamos.
No había prisa.
No había dónde huir.
Intercambié una mirada con Samara y Diana.
Nuestros corazones latían como uno solo a través del vínculo, una mezcla de pavor y determinación de acero.
Este era el fin del camino.
Con un acuerdo silencioso, empezamos a avanzar por la meseta, separándonos ligeramente para formar un frente.
El Draugr reaccionó.
No nos atacó.
Levantó su hacha colosal y la golpeó contra el suelo de piedra.
El sonido, un BOOM sordo y profundo, retumbó en nuestros huesos y pareció sacudir la montaña misma.
No era un ataque.
Era una llamada.
Desde la oscuridad arqueada del túmulo, el sonido fue respondido.
Primero, un ruido de metal raspando la piedra.
Luego, pasos pesados, rápidos.
Una segunda figura salió corriendo de la oscuridad, blandiendo una espada larga y un pesado escudo de hierro.
Estaba cubierto con la misma armadura antigua y helada.
Y no venía solo.
Justo detrás de él, un tercer Draugr apareció, más ágil, con un arco largo en una mano y una daga de aspecto cruel en el cinturón.
Perfecto.
Un 3 contra 3.
El arquero levantó su arma, la flecha apuntando directamente a Samara.
El del escudo soltó un gruñido gutural y cargó.
El del hacha, el líder, nos observaba, esperando, midiendo nuestra fuerza.
El tiempo pareció ralentizarse.
Vi a Samara mirar a los no-muertos, y sentí su frustración a través del vínculo.
Pude leer su pensamiento tan claro como si fuera el mío: «No son criaturas vivas».
Su poder de Tejedora, su habilidad para manipular los hilos de la vida era inútil aquí.
No había hilos que romper.
«Solo podemos usar la fuerza bruta y la alquimia», proyectó.
«No usaremos las bombas de esencia», respondí al instante.
«Guardamos eso para el Coleccionista.
Esto…
esto lo hacemos al viejo estilo».
«¡Plan!», proyectó Diana, su mente chispeando con energía táctica.
«¡Diana, el arquero es tuyo!
¡Apágalo!», ordené.
«Samara, usa el terreno, tu velocidad y las bombas.
¡Mantén al grandote del hacha ocupado!
El del escudo es mío».
La batalla estalló.
El arquero disparó.
La flecha silbó hacia Samara, pero Diana ya estaba en movimiento.
Se transformó en un borrón plateado y veloz —su forma de leopardo de las nieves alado —, interceptando la flecha en el aire con su pata blindada por la magia de la transformación.
Con un batir de alas, se lanzó directa hacia el arquero, esquivando una segunda flecha con una pirueta imposible.
Al mismo tiempo, el Draugr del escudo me alcanzó.
Su carga era pesada, imparable.
No me transformé de inmediato.
Lo recibí con mi propia fuerza, desviando el golpe de su espada sin filo con mi antebrazo reforzado por el abrigo del Nøkk.
El impacto me hizo retroceder un paso, mis botas raspando la piedra.
Era increíblemente fuerte.
Detrás de mí, escuché a Samara gritar.
No su lamento, sino una orden alquímica.
—¡Esquirla de Hielo!
Una esfera de cristal voló por encima de mi cabeza y se estrelló contra el suelo a los pies del Draugr del hacha, que apenas comenzaba a moverse.
Una explosión de hielo mágico cubrió sus piernas, pegándolo momentáneamente al suelo.
Soltó un rugido de frustración y empezó a romper el hielo con su hacha.
Samara había comprado tiempo.
Mi propio oponente era un problema.
Cada golpe de su espada era pesado, y su escudo bloqueaba todos mis intentos de contraataque.
«¡Basta de jugar!», gruñí para mis adentros.
Dejé que el poder fluyera.
La transformación fue instantánea.
Músculos expandiéndose, pelaje brotando, garras afiladas rasgando el aire.
Rugí, y el sonido del Lycan chocó con el gruñido del no-muerto.
Ahora la pelea era más pareja.
Mis garras chocaban contra su escudo, chispas volando, mientras yo esquivaba su espada.
Era fuerte, pero yo era más rápido.
«¡Samara, necesito una apertura!», proyecté.
«¡Agáchate!», fue su única respuesta.
Confié en ella.
En mitad de un intercambio de golpes, me dejé caer al suelo.
Un instante después, una onda de sonido pura pasó por encima de mi cabeza.
El grito físico de Bansheaver golpeó al Draugr del escudo directamente en el pecho.
El no-muerto no sintió dolor, pero la fuerza de la conmoción fue tan brutal que lo hizo tambalearse hacia atrás, su postura rota, su escudo bajado por una fracción de segundo.
Fue suficiente.
Me levanté del suelo como un resorte e invoqué mi nueva habilidad.
No ataqué con las garras.
Extendí mi mano, y las llamas que ardían en la fogata de la horda de Ghouls me habían enseñado algo.
Canalicé mi furia, mi calor, y una ráfaga de fuego brotó de mi palma, envolviendo el brazo y el escudo del Draugr.
El metal se puso al rojo vivo al instante.
El Draugr soltó un chillido de furia, no por el dolor, sino porque el calor fundió su agarre al escudo.
Obligado, soltó el arma, que cayó al suelo con un ruido sordo.
«¡Ahora es mío!».
Rugí y me lancé sobre él, mis garras buscando la unión de su armadura helada.
Al otro lado de la meseta, la batalla de Diana había terminado.
Vi, por el rabillo del ojo, cómo su forma de leopardo alado derribaba al arquero.
Hubo un breve y feroz forcejeo, el sonido de garras desgarrando armadura vieja, y luego un silencio definitivo.
Se giró, su pelaje manchado de polvo de hueso, y corrió a ayudarme.
El Draugr sin escudo era torpe.
Con Diana atacando su espalda y yo su frente, la batalla duró apenas diez segundos más.
Lo abrumamos, reduciéndolo a un montón de armadura rota y escarcha disuelta.
Dos menos.
Quedaba el líder.
Nos giramos.
El Draugr del hacha finalmente se había liberado del hielo de Samara.
Estaba furioso.
Nos miró a los tres, levantó su hacha…
y entonces Samara le lanzó una bomba sónica directamente a la cara.
La explosión lo aturdió, haciéndolo llevarse las manos a los oídos que no tenía.
Era nuestra oportunidad.
Ya no había tiempo para tácticas sutiles.
«¡Plan Diana!
¡ataque coordinado!», proyecté.
«¡Entendido!», respondió ella.
«¡Ahora!», grité.
Samara lanzó su grito de Bansheaver, una onda de fuerza pura para desequilibrarlo.
En el mismo instante, canalicé toda mi conexión con la tierra.
La piedra bajo los pies del Draugr cobró vida.
Dos manos masivas de roca brotaron del suelo y se cerraron con fuerza alrededor de sus tobillos, anclándolo en el lugar.
Rugió, intentando liberarse, pero estaba atrapado.
Fue entonces cuando Diana atacó.
No como un leopardo.
Se había lanzado desde una roca alta, su cuerpo cambiando en el aire.
La fuerza del león, las alas del águila.
Aterrizó sobre los hombros del Draugr, sus garras de Grifo buscando un punto de apoyo en el metal helado.
El Draugr se sacudió, intentando quitársela de encima, pero ella se aferró.
«¡Víktor, su cabeza!», gritó en mi mente.
No esperé más.
Corrí hacia el monstruo inmovilizado.
Salté, usando la espalda del Draugr como plataforma, y me impulsé por encima de Diana.
En el aire, extendí mis garras de Lycan, cargadas con la energía de la tierra.
Aterricé sobre su cabeza y enterré mis garras profundamente en su casco antiguo.
Tiré con toda la fuerza de la bestia.
Hubo un crujido horrible de metal y hueso congelado.
La luz azul de sus ojos parpadeó.
Y luego, se apagó.
El Draugr se quedó inmóvil, una estatua de nuevo, esta vez para siempre.
Respiramos hondo, el vapor saliendo de nuestros pulmones en grandes nubes.
Estábamos agotados, magullados, pero victoriosos.
Nos acercamos lentamente a la entrada del túmulo, ahora indefensa.
La oscuridad que emanaba de ella era fría, antigua y olía a secretos.
Habíamos ganado la batalla.
Ahora, empezaba el verdadero descenso.
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