Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 6

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo
  4. Capítulo 6 - 6 Capítulo 6 El gran ciclo
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

6: Capítulo 6: El gran ciclo.

6: Capítulo 6: El gran ciclo.

(Víktor) La intimidad compartida había creado una sincronía que se sentía tan natural como respirar.

Salimos de la habitación del hotel con las manos entrelazadas, listos para el día.

Nos dirigimos juntos al bosque.

El aire era fresco, y la luz del sol se filtraba entre los árboles, pintando el suelo de manchas doradas.

Caminar a su lado ahora era diferente.

Ya no era solo mi compañera de equipo; era algo más, algo que aún no tenía nombre, pero que se sentía irrevocablemente mío, nuestro.

Nuestra recolección fue una danza de habilidades que ahora se sentía más íntima.

—Cierra los ojos —le dije, deteniéndome en un pequeño claro—.

Siento el pulso de la tierra.

Ahí arriba, Diana.

Lado este de ese monolito, a unos diez metros.

Un hongo de esporas plateadas.

Vibra con energía calmante.

Ella no respondió con palabras.

Solo sonrió, y en un parpadeo, un majestuoso halcón de plumaje rojizo ascendió en espirales.

La vi volar, una mancha de libertad contra el tapiz verde.

Regresó momentos después, aterrizando suavemente en mi antebrazo extendido—una confianza que hizo que mi corazón diera un vuelco—antes de volver a su forma base.

—¡Aquí está!

—dijo, depositando el hongo en mi mano—.

¿Qué sigue, cazador?

Su agilidad y mi percepción trabajaban en una armonía perfecta.

Llenamos nuestros bolsos mágicos con una eficiencia asombrosa, comunicándonos casi sin palabras.

Cuando nuestros inventarios estuvieron razonablemente llenos, supe que era el momento.

—¿Lista?

—le pregunté.

Ella asintió, sus ojos brillando con una mezcla de emoción y nerviosismo.

Nos adentramos más, a la parte del bosque donde la vida salvaje era más densa.

Me detuve y cerré los ojos, pidiendo permiso al bosque, escuchando su sinfonía de vida.

El pulso de la tierra se alteró bajo mis pies; era el latido rítmico de un ciervo joven, pastando tranquilamente en un claro no muy lejos de allí.

La bestia en mí, el licántropo, despertó.

Cazar.

Correr.

Derribar.

Era un rugido familiar en mi sangre, una sed que reconocía.

Pero la otra voz, la nueva, el susurro de la tierra que hasta hace poco me había enseñado a escuchar, habló más fuerte.

Paciencia.

Respeto.

Ciclo.

«Lo tengo», proyecté el pensamiento, abriendo los ojos.

Diana me miró, esperando instrucciones, lista.

«Necesito que lo guíes hacia el oeste, hacia el arroyo.

No lo asustes demasiado, solo acósalo un poco.

Guíalo hacia el agua».

Asintió y, en un remolino de hojas y energía, adoptó la forma de un hermoso lobo de pelaje rojizo.

Me sorprendió la elección, pero entendí al instante.

Un lobo no solo asusta; un lobo guía la huida de su presa, la dirige con estrategia.

Salió disparada entre los árboles, un borrón de color fuego, su alegría pura fluyendo a través de nuestro vínculo.

Yo me moví por mi cuenta, usando la velocidad del licántropo no para atacar, sino para posicionarme.

Me deslicé entre las sombras, mis pies descalzos sin hacer ruido sobre el musgo.

Preparé mis trampas de lianas, no para capturar, sino para crear un embudo, un camino sin salida que terminaba en la orilla del arroyo.

Escuché el primer ladrido juguetón de Diana.

El ciervo alzó la cabeza, alarmado, y comenzó a correr, justo en la dirección que necesitábamos.

Lo vi pasar como una sombra, con el lobo rojizo siguiéndolo a una distancia prudente, una pastora experta guiando a su rebaño.

Cuando el ciervo llegó al embudo de lianas, se detuvo, confundido.

Estaba atrapado entre la vegetación densa y el agua.

Fue mi momento.

La velocidad de la bestia inundó mis músculos.

En un parpadeo, crucé la distancia que nos separaba.

El final fue apacible.

Mis manos, que antes solo sabían desgarrar, ahora sabían ser rápidas, precisas.

Un movimiento certero.

Sin dolor.

Sin miedo.

Diana llegó un segundo después, volviendo a su forma base.

Observó la escena en silencio, sus ojos grandes y llenos de una solemnidad que no le había visto antes.

Me arrodillé junto al ciervo y puse una mano sobre su costado aún tibio, cerrando los ojos.

Sentí la última chispa de su energía vital antes de que se disolviera y regresara a la tierra.

Le agradecí.

Por su vida, por su fuerza, por el sustento que nos daría.

Cuando terminé, Diana seguía allí, quieta.

—Fue…

triste y hermoso a la vez —susurró.

Asentí.

—Es el ciclo.

Ella me miró, y supe lo que iba a pedir antes de que lo dijera.

—Quiero verlo.

Tu forma de licántropo…

quiero verla en acción.

Quiero correr contigo.

No dudé.

Era una petición nacida de la confianza que acabábamos de forjar.

Cerré los ojos, llamando a la bestia.

La transformación fue fluida, un estallido de poder controlado.

El pelaje negro cubrió mi piel, mis músculos se expandieron, mis sentidos explotaron.

Me erguí, ya no como hombre, sino como Licántropo, y la miré con mis ojos ahora dorados.

Ella no retrocedió.

No había miedo en su mirada, solo una fascinación pura y una sonrisa salvaje.

Y entonces, respondió.

Su propio cuerpo se onduló, sus huesos crujieron y se reacomodaron, hasta que frente a mí se paró una elegante y poderosa puma de pelaje dorado.

Sus ojos felinos me lanzaron un desafío juguetón.

No hubo palabras.

Solo instinto.

Comenzamos a correr.

Fue una persecución, un juego, una danza a través del bosque.

Ella, con su agilidad felina, saltaba sobre troncos caídos y se deslizaba entre las rocas.

Yo la seguía, mi fuerza bruta abriéndome paso, derribando arbustos, sintiendo el lodo volar bajo mis garras.

No era una carrera, era una celebración.

Podía oler la tierra levantada por sus patas, sentir la alegría pura, casi infantil, que emanaba de ella a través del vínculo.

Corrimos hasta que nuestros músculos ardieron y el sol comenzó a bajar, tiñendo el bosque de naranja.

Por primera vez en mi vida, alguien no solo veía a la bestia, sino que corría a su lado, como una igual.

Al atardecer, la euforia de la carrera se disipó, dejando una calma satisfecha.

Diana y yo volvimos por el ciervo, ambos de nuevo en forma base, aunque el eco de nuestras formas animales aún vibraba en nuestra piel.

—Primero —dijo ella, su voz aún jadeante pero firme—, tengo que vestirte.

Samara me matará si te dejo volver desnudo al hotel.

Usó su magia evanescente, que ahora manejaba con más confianza, para crearme un conjunto de ropa funcional.

—Y ahora —continuó, su expresión seria pero serena—, tienes que preparar al ciervo.

Prometiste no desperdiciar nada.

Yo iré a practicar mi transformación de grifo un par de horas.

¿De acuerdo?

Nos vemos en el hotel.

Sin decir más, se tornó en un petirrojo y voló lejos de mí, un pequeño punto de color perdiéndose entre las sombras crecientes del bosque.

Me quedé a solas con el ciervo.

El trabajo fue metódico, casi un ritual.

El licántropo en mí, ahora en calma, me guio.

Preparé y almacené su carne en el bolso mágico, sabiendo que nos alimentaría durante días.

Su piel también podría ser útil para crear ropas o accesorios para el viaje a las montañas.

Mientras trabajaba, olí a un par de carroñeros acercándose, atraídos por el aroma.

Les dejé el resto como ofrenda, completando el ciclo.

Después de lavar mis manos y mis herramientas en el río, me dirigí al hotel.

——————————————————————————  Encontré a Samara sentada en la cama, leyendo.

El aura tranquila que la rodeaba era casi palpable.

Alzó la vista cuando entré, sus ojos brillaban con esa luz de otro mundo, y me sonrió.

Supe en ese instante que ella lo había sentido todo: la caza, la carrera, la conexión salvaje que había compartido con Diana.

No había celos en su mirada, solo una profunda y amorosa comprensión.

Me acerqué y, después de un tierno beso, nos envolvimos en un abrazo que se sentía como volver a casa.

—¿Qué tal tu día?

—pregunté, mi voz apenas un murmullo contra su cabello.

Ella suspiró, un sonido de pura satisfacción y alivio.

—Fue increíble, Víktor.

Se apartó apenas un poco, sin romper el abrazo, y comenzó a contarme.

Escuché en silencio, aferrándome a ella, mientras su voz me guiaba a través de su conversación con la Dama del Velo Gris.

Sentí su asombro al escuchar la palabra “Tejedora”, la inmensa responsabilidad que cayó sobre sus hombros.

Y luego sentí mi propio corazón romperse de nuevo cuando me contó su última pregunta, la que más le dolía, la de Alun’diel.

La respuesta de la Dama, esa verdad agridulce de que nuestra tragedia no había creado una nueva banshee porque, en su lugar, había creado un vínculo inquebrantable entre nosotros tres, resonó en lo más profundo de mi ser.

—Parece que tú también fuiste más allá de los límites de tu linaje —respondí cuando terminó su relato, mi voz ronca por la emoción—.

Has evolucionado.

—Así es, Víktor —dijo ella, con una pequeña sonrisa—.

Al parecer, desde que destrozamos tu habitación, no dejamos de cambiar y evolucionar.

Me reí, apretándola con más fuerza.

—Y entonces, si ya eres más que una banshee, ¿cómo debería llamarte ahora?

¿Espectro extra irritante?

Justo cuando terminé la pregunta, un aleteo nos hizo girar.

Diana entró por la ventana en su forma de ave, su transformación a humana fue instantánea, elegante y sutil, aterrizando sin hacer ruido en el suelo.

—¡Excelente pregunta!

—exclamó, uniéndose a la conversación como si nunca la hubiera dejado—.

Entonces, Sam, ¿ya tienes algún nombre genial para tu nueva identidad de superhéroe?

Samara guardó silencio por un momento.

La vi meditarlo, sus ojos verdes brillando mientras sopesaba miles de posibilidades al mismo tiempo.

Después de un instante, dijo sonriendo: —Si soy una Tejedora que aún escucha el eco de la Banshee… pueden llamarme Bansheaver.

—Excelente elección, señorita políglota —dijo Diana con una reverencia teatral, antes de lanzarse a la cama con nosotras.

Yo abracé aún con más fuerza a Samara, enterrando mi rostro en su cuello, inhalando su aroma.

—Me encanta cómo suena… Te amo, Bansheaver.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo