Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 60

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo
  4. Capítulo 60 - 60 En las Profundidades
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

60: En las Profundidades 60: En las Profundidades (Samara) El silencio que siguió a la caída del último Draugr fue más pesado que el granito de la montaña.

El eco del hacha de Víktor golpeando el casco helado pareció congelarse en el aire fino, un punto final y brutal a una batalla que nos había costado más adrenalina de la que creíamos tener.

Víktor seguía en su forma de Lycan, jadeando, con vapor saliendo de su hocico, sus garras goteando la escarcha oscura que era la sangre del no-muerto.

Diana, que había vuelto a su forma humana desde su quimera de leopardo alado, estaba apoyada contra una roca, su pecho subiendo y bajando con fuerza.

Yo me limpié el sudor helado de la frente, mi magia de Bansheaver retrocediendo, dejando esa familiar sensación de vacío y cansancio.

—Bueno —jadeó Diana, rompiendo el silencio—.

Parece que Ványar nos enseñó bien a pelear contra armaduras.

Víktor soltó un gruñido que podría haber sido una risa, y su forma comenzó a disolverse.

El pelaje negro retrocedió, los músculos se contrajeron y mis ojos se encontraron con los suyos.

—Ah, diablos —murmuró, mirando hacia abajo.

Su ropa, como siempre, había sido víctima de la transformación.

Estaba desnudo en la cima helada del mundo.

Diana soltó una carcajada agotada.

—¡Víktor, en serio!

Tienes que pedirle a Caelum lecciones de materialización de ropa.

¡Esto se está volviendo un hábito!

—Ahora no, Diana —dije, aunque una pequeña sonrisa tiró de mis labios.

Me acerqué y canalicé la magia evanescente, tejiendo niebla plateada a su alrededor hasta que se solidificó en una copia de su ropa de viaje.

El gasto de energía fue mínimo, casi un reflejo.

Él asintió con gratitud, su expresión volviéndose sombría mientras se giraba para encarar nuestro verdadero objetivo.

La entrada al túmulo.

Era un arco perfecto de piedra negra, una boca oscura que parecía tragarse la pálida luz del amanecer.

El aire que salía de él era antiguo, viciado y olía a polvo y a algo más…

algo metálico y frío que no me gustaba nada.

Me acerqué con cautela, extendiendo mi percepción de Tejedora.

Busqué hilos vitales, esperando más guardianes.

No encontré nada.

Ni un insecto, ni un roedor, ni un Draugr.

El lugar estaba muerto.

—No siento vida —dije en voz baja—.

Pero siento…

magia.

Antigua.

Dormida.

Y está…

mal.

Los hilos están torcidos, como si estuvieran atados en nudos apretados.

—El Coleccionista —dijo Víktor.

Saqué un vial de nuestro bolso mágico, una poción de luz simple.

Lo agité y lo arrojé al interior.

Se estrelló, y una luz blanca y fría iluminó lo que había dentro: el comienzo de una escalera de caracol que descendía hacia la oscuridad más absoluta.

Nos miramos los tres.

El miedo era real, una cosa fría en mi estómago.

Pero la cuerda de acero de nuestro vínculo se tensó, sólida y reconfortante.

«Juntos», proyectó Diana, su pensamiento simple y firme.

«Juntos», respondimos Víktor y yo.

Él tomó la delantera, sus sentidos de Lycan agudizados incluso en forma base.

Yo fui en medio, mi percepción de Tejedora extendida como una red, y Diana cubrió la retaguardia, sus ojos moviéndose constantemente, lista para transformarse al menor signo de peligro.

Comenzamos el descenso.

El aire se volvió más frío, más denso.

El único sonido era el de nuestras botas sobre los escalones de piedra desgastados.

La escalera parecía interminable, hundiéndose en el corazón mismo de la montaña.

Las paredes estaban cubiertas de runas, y Víktor se detuvo un momento, pasando los dedos sobre un grabado.

—Élfico antiguo —susurró, y pude sentir su piel erizarse—.

Es el mismo tipo de escritura del Veritas Ancestral, pero…

más viejo.

Más formal.

Me concentré en las runas, no para leerlas, sino para sentir su propósito.

Mi sospecha se confirmó.

—Son runas de contención.

De almacenamiento.

De propiedad.

Esto no es una tumba.

Es una bóveda.

Continuamos bajando, el peso de esa revelación oprimiéndonos el pecho.

Después de lo que pareció una hora, la escalera finalmente se abrió a una caverna inmensa.

Era tan vasta que la luz de mi magia apenas iluminaba los bordes.

El techo estaba tan alto que se perdía en la oscuridad.

Y la fuente de la luz…

No eran antorchas.

Eran cristales.

Cientos de ellos, quizás miles, incrustados en las paredes de la caverna como estrellas robadas.

Cada uno pulsaba con una luz tenue y enfermiza: rojos, azules, verdes, dorados.

—Es…

un museo —susurró Diana, asombrada por la belleza sombría.

Pero yo sabía que no lo era.

Me acerqué a la pared, a un cristal del tamaño de mi cabeza que emitía una luz roja parpadeante.

Me concentré, enfoqué mi vista de Tejedora, y mi respiración se atascó en mi garganta.

No era un cristal.

Era una prisión.

Dentro, vi un hilo de magia.

Un hilo rojo, furioso, retorciéndose como un animal atrapado.

Era la esencia de un Licántropo.

No la energía de Víktor, pero inconfundiblemente la misma furia primigenia.

Miré a otro cristal, uno verde pálido.

Dentro había un hilo fino y tembloroso, un eco de un lamento…

la esencia de una Banshee.

Miré otro más, uno azul helado…

la magia de un Troll de Hielo.

—Víktor…

—mi voz tembló—.

No colecciona criaturas.

Colecciona magia.

Sus esencias vitales.

Es una biblioteca de almas robadas.

—Es un monstruo —murmuró Víktor, su voz cargada de una rabia helada que compartí.

Mi mirada se dirigió al centro de la caverna.

Allí, sobre una plataforma elevada de piedra negra pulida, había una estructura.

Un disco, grabado con un círculo complejo de runas élficas que brillaban con una luz oscura.

Los hilos de todos los cristales, miles de delgadas líneas de energía robada, fluían desde sus prisiones hacia el disco central, alimentándolo, convergiendo en él como ríos de poder.

—Es una batería —dije, mi voz helada—.

Está usando estas esencias para alimentar algo.

—El portal —dijo Víktor, señalando el centro del disco—.

La “puerta brillante” de la que habló la Yuki-onna.

Y probablemente…

al propio Coleccionista.

La caverna solo tenía otra salida, un túnel oscuro al otro lado de la plataforma.

Avanzamos con cautela, rodeando la batería central, sintiendo el poder crudo y robado vibrando en el aire.

Entramos en el túnel, que pronto se convirtió en un laberinto de roca y oscuridad.

Las paredes aquí eran diferentes.

Ya no eran lisas, sino ásperas, y los cristales seguían allí, incrustados en la roca, pero más dispersos.

Y eran más que prisiones.

—Siento…

que nos miran —susurró Diana, su voz tensa, pegándose más a la espalda de Víktor.

Me detuve y me concentré.

Tenía razón.

El pánico me inundó.

—No son solo prisiones.

Son ojos.

Víktor, nos está viendo.

El sentimiento de ser observados se volvió abrumador.

Cada paso, cada susurro, cada respiración.

Sabía que el Coleccionista nos observaba a través de los ojos de sus víctimas, desde la seguridad de su escondite.

La paranoia era un veneno que se filtraba en nuestro vínculo.

Avanzamos durante horas, o quizás solo minutos.

El tiempo se distorsionaba en este lugar opresivo.

El laberinto parecía diseñado para desgastarnos.

El cansancio de la batalla contra los Draugr, combinado con la tensión constante de ser observados, estaba haciendo mella en nosotros.

—Necesitamos parar —dijo Víktor, su voz grave resonando en el pasillo estrecho—.

Estamos agotados.

No podemos seguir así.

Encontró un pequeño camino sin salida, un alcove en la roca lo suficientemente grande para los tres, con una sola entrada.

Era defendible.

—Acamparemos aquí —decidió—.

Unas horas.

Comemos.

Descansamos.

Hacemos guardias.

Nos instalamos, dándonos la espalda, cubriendo la entrada.

Encender un fuego estaba fuera de discusión; sería como encender una bengala para él.

Comimos nuestras raciones frías —carne seca y bayas— en un silencio tenso, sintiendo la mirada de mil cristales clavada en nuestra nuca.

Víktor tomó la primera guardia, de pie en la entrada, con su magia de tierra lista.

Diana tomó la segunda, acurrucada en su forma de leopardo de las nieves, sus oídos girando ante cada goteo distante.

Yo tomé la última.

Me senté en la oscuridad fría, escuchando las respiraciones profundas pero inquietas de mis compañeros.

Mi mente no descansaba.

Miré un cristal que pulsaba débilmente en la pared de nuestro refugio, sintiendo la esencia agonizante en su interior.

Runas élficas antiguas.

Una colección de magia.

Las palabras de la Dama del Velo Gris volvieron a mí.

Recordé nuestra conversación en su tienda, la historia que me contó sobre el mundo.

«En la primera era, los elfos se autoproclamaron defensores de la magia…

y la escondían».

«…solo la compartían con alguien digno…».

Miré la prisión de cristal.

¿Era esto “esconder” la magia?

¿Era esto un archivo de un “defensor” que juzgaba quién era digno?

La horrible revelación se asentó en mi alma con la frialdad del hielo de la montaña.

Escondían…

¿o coleccionaban?

Nuestro enemigo…

esto no era la guarida de una bestia.

Era una bóveda.

Una biblioteca.

Una colección.

Es un Elfo.

Un descendiente de un clan muy antiguo, de la Primera Era.

Y este lugar…

este túmulo oscuro, el museo privado de ese parásito que se alimenta de magias robadas…

—Un Elfo Oscuro —susurré en la oscuridad, y el sonido de mi propia voz me hizo temblar.

Sabía, con una certeza absoluta, que estábamos en la guarida de una criatura de paciencia infinita, de inteligencia aterradora, y de una crueldad metódica.

Estábamos en el corazón mismo del Coleccionista.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo