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El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 61

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  4. Capítulo 61 - 61 Campo de batalla
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61: Campo de batalla 61: Campo de batalla (Víktor) Habíamos descansado en aquel refugio improvisado, pero no fue un descanso reparador.

La simple amenaza del coleccionista, su invisible presencia, nos había dejado una sensación pegajosa de paranoia.

Habíamos despertado con la certeza de que nuestro vínculo reforzado era lo único que se interponía entre nosotros y una eternidad como un espécimen más en su colección.

Seguimos recorriendo los pasillos del túmulo.

El silencio era absoluto, antinatural.

Solo el sonido de nuestras botas sobre la piedra desgastada rompía la quietud.

A medida que avanzábamos, más cristales aparecían esporádicamente en las paredes, prisiones de almas que brillaban con una luz enfermiza.

Vi la esencia retorcida de un lobo de montaña, la energía vibrante de un espíritu del bosque, incluso el tenue destello de lo que pareció ser un hada.

Cada uno de ellos era un martillazo a mi autocontrol.

La ira crecía en mi pecho, fría y pesada.

No era la furia ciega de la bestia que fui; era una rabia consciente, protectora.

Era la ira de un Lycan que ve a la naturaleza profanada, enjaulada, convertida en un trofeo.

Samara nos había compartido su teoría durante el último turno de guardia.

Un Elfo.

Quizás un Elfo Oscuro, de un clan tan antiguo como la Primera Era, obsesionado con coleccionar y esconder la magia que creía “unica”.

La idea me heló la sangre.

Jamás habíamos enfrentado a uno, pero si algo aprendimos del brutal entrenamiento con Ványar, es que no era fácil hacerle frente a un elfo.

Su velocidad, su magia ancestral, su arrogancia táctica…

Ványar casi nos mata, y él estaba, supuestamente, conteniéndose.

La idea de un Elfo Oscuro milenario que nos consideraba especímenes era aterradora.

El pasillo finalmente se abrió a una sala más amplia, una caverna que claramente había sido tallada por manos inteligentes.

No era una prisión.

Parecía…

una oficina abandonada.

Hileras de libreros de piedra negra se alineaban en las paredes, pero estaban completamente vacíos.

Unos cuantos escritorios de obsidiana pulida estaban repartidos por la sala, limpios, sin un solo pergamino, sin una mota de polvo.

Era un lugar muerto, estéril.

Diana miró a su alrededor, sus ojos escaneando nerviosamente las sombras.

«¿Creen que se haya escapado?», proyectó en nuestro vínculo, su voz mental un susurro tenso.

«Quizás sintió nuestra Sinfonía del Alma, sintió que reforzamos el vínculo, y prefirió no confrontarnos».

Samara, que estaba examinando una puerta de piedra al otro lado de la sala, negó con la cabeza.

«No», respondió en voz baja, su mano rozando la superficie fría.

«Esto no es una huida.

Es demasiado limpio, demasiado ordenado.

Nos está guiando.

Esto es una trampa» Abrió la puerta.

Daba a otro pasillo, pero este era diferente.

Al instante, sentí una brisa apenas perceptible en mi rostro.

Aire fresco.

Aire de la montaña.

—Una salida —dije.

La palabra sonó extraña en mi garganta.

La esperanza nos hizo imprudentes.

Avanzamos más rápido, siguiendo la corriente de aire que prometía el cielo abierto.

Usamos nuestras habilidades combinadas, pero esta vez para acelerar el paso.

Yo sentía la estabilidad de la roca bajo mis pies, instando a las chicas a evitar las piedras sueltas.

Diana, en su forma de leopardo, se adelantaba, sus patas apenas haciendo ruido, confirmando que el camino estaba despejado.

Samara vigilaba nuestra retaguardia, sus hilos extendidos, asegurándose de que nada nos siguiera.

El pasillo terminó en una luz grisácea y brillante.

Salimos, uno tras otro, a un espacio abierto.

Parpadeé, mis ojos acostumbrándose a la luz después de tanto tiempo en la penumbra.

Estábamos en la cima, pero…

esto no era natural.

Era una enorme meseta circular, un cráter perfecto excavado en la cima de la montaña.

El borde exterior estaba rodeado por un círculo de picos de piedra afilados, erguidos como los dientes de una trampa para osos gigantesca.

Era como la boca abierta de una bestia muerta, y nosotros estábamos parados en su lengua de piedra.

Y entonces las vi.

En los cuatro puntos cardinales, se alzaban cuatro torres de obsidiana, lisas y amenazantes.

En la cima de cada una, descansaba una esfera de cristal blanco, perfecta, del tamaño de un carruaje.

Eran idénticas a las prisiones de cristal del interior, pero estas estaban vacías.

Esperando.

Un zumbido agudo perforó el silencio de la montaña.

La torre norte, la que estaba directamente frente a nosotros, brilló con una luz blanca y cegadora.

Un rayo de pura energía salió disparado de su cristal, no hacia el suelo, sino horizontalmente.

Directo hacia mí.

No hubo tiempo para pensar.

Solo instinto.

Me lancé a un lado, mi cuerpo reaccionando con la velocidad que me quedaba.

Rodé sobre la piedra helada, sintiendo el frío quemar a través de mi ropa.

El rayo pasó exactamente por donde había estado parado un segundo antes.

No hubo explosión.

Hubo un sonido…

absorbente, como un vacío formándose y colapsando en un instante.

Me puse en pie de un salto, mi corazón martillando contra mis costillas, la adrenalina quemando mis venas.

Mis sentidos de Lycan, mi conexión con la naturaleza, todo mi ser gritaba en alarma.

El rayo no apuntaba a mi cuerpo.

Lo había sentido.

Había apuntado a mí.

A mi esencia.

A mi hilo vital.

Si esa cosa me hubiera golpeado…

ahora mismo sería un brillo más en ese horrible museo.

Mi esencia, mi magia, mi alma, atrapada en uno de esos cristales vacíos en las torres.

—¡Hay que regresar!

—grité, mi voz rota por el pánico—.

¡Es una trampa!

¡Vuelvan al túnel!

Nos giramos y corrimos hacia la salida por la que habíamos llegado.

Pero no había nada.

La pared de la montaña era sólida, lisa.

La piedra nos había cerrado el paso.

Estábamos atrapados.

Un sonido sordo y repugnante, como el de gas escapando de un pantano, llenó el aire.

Las cuatro torres comenzaron a emanar un miasma negro, un humo espeso que olía a podredumbre, a muerte antigua.

La niebla comenzó a llenar la arena desde los bordes, arrastrándose por el suelo.

Y entonces, las paredes de la meseta, los “dientes” de roca, cobraron vida.

Cientos de portales se abrieron al mismo tiempo, desgarros brillantes en la realidad que zumbaban con poder oscuro.

De ellos empezaron a salir.

Criaturas.

Cosas que había visto en los peores bestiarios de ULTIMA y cosas que ni siquiera tenían nombre.

Abominaciones retorcidas, mezclas imposibles de bestias y sombras, sombras con demasiadas extremidades, Ghouls más grandes y acorazados que los que habíamos enfrentado, Trolls de Hielo con ojos llameantes.

Era su colección personal.

Su ejército privado.

Mire a Samara.

Miré a Diana.

Sus rostros estaban pálidos como la nieve, pero sus ojos brillaban con furia.

Lo entendí todo en ese instante.

El maldito Elfo Oscuro.

No se quería ensuciar las manos.

Habíamos caído en su trampa.

Esto no era una guarida.

Era una arena de combate.

Y nosotros éramos el espectáculo.

Las criaturas avanzaban, un mar interminable de garras, colmillos y magia corrupta.

Perder aquí significaba ser parte de la colección.

Miré la marea de pesadillas que avanzaba hacia nosotros.

Ganar…

ganar no parecía una opción.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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