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El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 62

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  4. Capítulo 62 - 62 Supervivencia
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62: Supervivencia 62: Supervivencia Un sonido sordo, como el de gas escapando de un pantano, llenó el aire.

Las cuatro torres comenzaron a emanar un miasma negro, un humo denso que olía a podredumbre y a magia corrupta.

La niebla se arrastró por el suelo de la arena, enfriando el aire, haciendo que cada respiración fuera más pesada, más difícil.

Era un cansancio antinatural, un veneno que buscaba debilitarnos antes de la batalla.

—¡Víktor, mira!

—La voz de Samara estaba tensa.

En las paredes de roca que nos rodeaban, los “dientes” de la arena, cientos de portales comenzaron a abrirse.

Desgarros brillantes en la realidad que zumbaban con un poder oscuro.

Y de ellos, empezó a salir el ejército.

Ghouls, más grandes y acorazados que los que habíamos enfrentado en la ladera.

Trolls de Hielo.

Draugr con armaduras oxidadas y hachas goteantes.

Y cosas peores.

Mutaciones, abominaciones que la mente no podía procesar: masas de tentáculos y garras, criaturas que parecían Wendigos, pero con alas de murciélago, bestias de sombra con demasiadas extremidades.

La colección personal del Coleccionista.

Todas compartían un rasgo aterrador: sus ojos eran pozos de oscuridad, negros como el ébano, vacíos de pensamiento o voluntad propia.

Eran marionetas, un ejército de pesadillas.

—¡Diana, busca una salida!

¡Por el aire!

—ordené, mi voz sonando desesperada.

Diana no dudó.

Se transformó en un instante, no en su majestuoso Grifo, sino en un águila veloz y ágil, la forma más rápida para escapar.

Batió las alas con fuerza y se lanzó en picada hacia el cielo abierto, buscando un punto débil en la trampa.

Y se estrelló.

Hubo un golpe sordo y enfermizo.

Chocó contra una barrera invisible, un domo mágico que cubría toda la arena.

Cayó aturdida, un bulto de plumas inconsciente.

Rodé por el suelo y apenas logré atraparla antes de que golpeara la piedra, su pequeño cuerpo de ave temblando en mis manos.

Estábamos encerrados.

Me puse de pie, con Diana volviendo a su forma humana en mis brazos, aturdida y agarrándose la cabeza.

Puse mis manos en la pared del túnel que se había cerrado.

Traté de terraformar, de llamar a la roca, de ordenarle que se abriera.

Nada.

La piedra estaba muerta, imbuida con la magia del Coleccionista, sorda a mi llamado.

Y no había tiempo.

La horda avanzaba.

—¡Formación!

—grité.

Dejé a Diana en el suelo junto a Samara y nos agrupamos, espalda contra espalda, en el centro de la arena.

El miasma ya nos llegaba a las rodillas, pesado, letal.

La respiración se volvió una tarea consciente, cada bocanada se sentía como inhalar polvo frío.

—¡Radar!

—proyectó Samara en el vínculo, su voz mental clara a pesar del caos—.

¡Víktor, la tierra!

¡Diana, los sentidos!

¡Yo, los hilos!

¡Conecten ahora!

Cerramos los ojos por una fracción de segundo.

El mundo se expandió.

Me anclé.

Sentí la vibración de mil pies marchando sobre la piedra.

Pude sentir a los Trolls más pesados, sus pasos retumbando, una advertencia de dónde golpearían.

Sentí la agilidad caótica y reptante de los Ghouls.

«¡Halcón!», proyectó Diana.

Su mente se aclaró, superando el dolor de la colisión.

Sentí sus sentidos animales agudizarse, su visión penetrando el miasma, su oído captando el silbido de las garras de los Wendigos-murciélago que volaban bajo, listos para emboscar desde arriba.

«Hilos por todas partes», dijo Samara, su voz tensa en nuestra mente.

«Opacos, corruptos.

Demasiados para contarlos.

¡Se mueven rápido!».

La primera oleada nos golpeó.

Fue un infierno de garras y magia oscura.

Luchamos como demonios.

Nuestro radar trino era lo único que nos mantenía vivos.

«¡Troll a tu izquierda, Víktor!», «¡Diana, dos sombras desde arriba!», «¡Samara, Draugr a las seis!».

Diana era un torbellino, transformándose sin cesar.

La vi convertirse en Lycan para desgarrar a un Draugr, y al segundo siguiente ser una pantera para esquivar el garrote de un Troll.

Samara usaba su grito físico como un ariete, lanzando ondas de fuerza pura para abrir brechas en sus filas, enviando a los Ghouls volando por los aires.

Yo me concentré en el fuego.

Dondequiera que veía una concentración de enemigos, lanzaba corrientes de llamas, usando su propia magia corrupta y el miasma como combustible.

Pero por cada uno que quemábamos, dos más salían de los portales.

Y las torres…

las malditas torres.

Disparaban al azar, rayos de alma que nos obligaban a saltar y romper nuestra formación.

Un rayo pasó rozando mi hombro, y sentí un frío antinatural, un tirón en mi esencia que me dejó sin aliento por un segundo.

El miasma nos estaba matando lentamente.

El cansancio era antinatural, pesado.

Mis brazos se sentían como plomo.

Cada golpe requería un esfuerzo monumental.

Estábamos recibiendo daño.

Un Draugr me alcanzó con el pomo de su hacha, golpeándome en las costillas, rompiendo mi armadura de raíces y haciéndome caer.

Samara tuvo que usar un grito potente para salvarme, pero la dejó vulnerable, y un Wendigo-murciélago la hirió en el brazo, sus garras dejando surcos profundos.

Diana, en forma de oso, recibió un golpe directo de un Troll.

Rugió de dolor y volvió a su forma base, su brazo colgando en un ángulo extraño.

«¿En serio, el brazo otra vez?

» proyectó Diana.

Estábamos heridos.

Agotados.

Y el miasma era tan espeso que apenas podíamos vernos.

«Sam…

Diana…», jadeé, tratando de ponerme en pie.

«No…

no puedo…», susurró Diana, con la respiración entrecortada.

«Demasiados…», proyectó Samara, su voz perdiendo fuerza.

Todo parecía perdido.

Nos acorralaron contra la pared del túnel sellado.

La horda se detuvo, sus ojos negros y vacíos observándonos, saboreando el momento.

Y entonces, el suelo tembló.

No fue un temblor.

Fue un terremoto.

Una grieta enorme se abrió en el centro de la arena, un abismo negro que se tragó a una docena de Trolls y a incontables Ghouls que cayeron gritando al vacío.

De la grieta, emergió una figura.

Un gigante hecho de corteza antigua, musgo y una furia milenaria.

¡El Leshy!

Rugió, un sonido como el de un bosque entero siendo arrancado de raíz, y sus brazos de liana se dispararon como látigos, partiendo a los Draugr por la mitad, enredando a las criaturas aladas y arrastrándolas a la grieta.

No venía solo.

Un viento helado barrió la arena.

La Yuki-onna se materializó desde el miasma, sus ojos de hielo brillando con furia.

Levantó sus manos pálidas, y el miasma no se disipó: se congeló.

El aire se volvió cristalino, y una avalancha de nieve y hielo que ella arrancó de la pared de la montaña barrió a toda una sección de la horda, sepultándola.

Se giró hacia nosotros, su voz un susurro en el viento.

—¡El túnel por el que llegué!

¡Limpia la podredumbre que invade la montaña!

Señaló la grieta que el Leshy había abierto.

Era nuestra única salida.

Se desvaneció en una ráfaga de nieve, corriendo hacia el túnel del que habíamos salido, para contener el miasma que seguramente se estaba extendiendo.

El Leshy permaneció, un coloso en medio de la batalla, abriéndonos un camino hacia la grieta, hacia la salvación.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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