El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 63
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- Capítulo 63 - 63 Derrota
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63: Derrota 63: Derrota (Víktor) Corrimos como pudimos.
El miasma, aunque congelado, hacía el aire pesado y el cansancio antinatural se aferraba a nosotros.
Las cuatro torres seguían activas, sus rayos de alma cortando el aire.
Un zumbido agudo.
«¡Samara, cuidado!», proyecté.
Un rayo blanco se disparó desde la torre este.
El Leshy, sin siquiera girarse, hizo brotar del suelo un escudo de corteza viva, denso y antiguo, que interceptó el rayo.
La madera explotó en un millar de astillas mágicas, pero Samara estaba a salvo.
Seguimos corriendo, tropezando sobre los restos helados de las criaturas del Coleccionista.
Estábamos a solo unos metros de la grieta, nuestra única salida de esa arena infernal.
Y entonces, con un estruendo sordo que sacudió la montaña, se cerró.
La tierra se unió como si la grieta nunca hubiera existido.
La trampa se había cerrado definitivamente.
El Leshy se detuvo, su enorme cuerpo de madera tensándose.
Los portales que habían traído a la horda de criaturas menores se desvanecieron, pero otros nuevos se abrieron en su lugar.
Más grandes.
Más oscuros.
El miasma que la Yuki-onna había contenido comenzó a filtrarse de nuevo, espeso y nauseabundo.
De estos nuevos portales no salió una horda.
Salieron los campeones.
Golems de Hielo y Roca, sus pasos pesados haciendo temblar la piedra.
Varios Cíclopes, con sus garrotes erizados de cristales oscuros, sus únicos ojos rojos fijos en nosotros.
Y luego, uno que hizo que mi sangre se helara: un Jötunn, un Gigante de Hielo de al menos diez metros de altura, con un aliento que exhalaba una ventisca visible.
Pero la peor estaba en la pared.
Una criatura espeluznante, la mitad superior de una mujer elfa pálida, fusionada con el abdomen hinchado y las ocho patas de una tarántula monstruosa.
Corría ágilmente por los muros de roca de la arena, sus múltiples ojos brillando con malicia.
El ataque fue instantáneo.
El Jötunn golpeó el suelo, y una ola de púas de hielo surgió de la tierra.
El Leshy creó un muro de raíces para desviarla, pero la fuerza fue brutal.
Estábamos perdidos.
El miasma nos asfixiaba, las torres nos disparaban tratando de robarnos el alma, y ahora esto.
El ejército personal del Coleccionista.
Miré a Diana, su rostro pálido, manchado de hollín, pero sus ojos llameando con una furia desafiante.
Miré a Samara, su mechón plateado ondeando suavemente, su expresión era una máscara de fría determinación.
No había salida.
«Este no es el final que tenía pensado para nosotros», proyecté en nuestro vínculo, mi voz mental cargada de todo el amor y el arrepentimiento que sentía, el dolor por Alun’diel, el miedo a perderlas ahora.
«Pero es un honor y un privilegio…
caer al lado de las mujeres más increíbles del universo.
Te amo, Diana.
Te amo, Samara».
Sentí sus respuestas instantáneas: una oleada de amor tan feroz y brillante por parte de Diana que me quemó el alma, y una profunda y serena ola de aceptación y amor eterno por parte de Samara.
«Siempre, mi Lycan».
Si este era el final, lo enfrentaría de pie.
Dejé que la furia me inundara.
No la rabia ciega de la bestia que fui, sino la furia hirviente y protectora del Lycan que era ahora.
Mi amor, mi determinación, nuestro vínculo…
todo ello reforzó mi transformación.
La energía roja brotó de mí.
Sentí mis huesos expandirse, mis músculos crecer más allá de sus límites habituales.
Crecí.
Era el doble de mi tamaño usual, un coloso de pelaje negro y ojos dorados llameantes.
Rugí, un sonido que desafió a la propia montaña, y corrí contra las criaturas.
Fue un infierno glorioso y terrible.
Mi primer golpe, cargado con el fuego que ahora controlaba, partió a un Golem de Roca por la mitad.
Recibí el garrote de un Cíclope en el costado; sentí mis costillas crujir bajo la armadura de roca que había invocado, pero el dolor solo alimentó mi rabia.
A mi lado, el Leshy luchaba, pero su corteza estaba astillada y maltrecha.
Diana era un borrón de formas cambiantes, ahora un Grifo desgarrando el ojo del Jötunn, ahora una pantera esquivando las redes pegajosas de la criatura araña.
Samara volaba como Bansheaver, su forma espectral la hacía un objetivo difícil, mientras sus gritos sónicos derribaban a los Cíclopes y hacían retroceder a la mujer-tarántula.
Era una ofensiva impresionante.
Era magnífica.
Y era inútil.
Por cada Golem que derribábamos, el portal escupía otro.
Estábamos siendo abrumados por pura fuerza.
Entonces, el portal central, pulsó con una luz oscura.
Una última criatura emergió.
No tenía forma sólida.
Parecía hecha del mismo miasma negro, un ser de podredumbre, sombras y maldad pura.
No atacó.
Solo existió.
Y su sola presencia irritó a la montaña.
El suelo bajo mis garras comenzó a temblar.
No un temblor leve.
Un terremoto que sacudió los cimientos del Colmillo Gris.
Los vientos arreciaron, convirtiéndose en una ventisca aullante que barrió la arena, apagando las llamas de los Golems caídos.
Todos caímos al suelo por la furia del terremoto, criaturas, aliados y nosotros por igual.
¡El Leshy se puso de pie, sus ojos brillantes fijos en el centro de la arena!
«¡Contra los muros!», gritó, su voz retumbando en nuestras mentes, llena de un pánico reverencial.
«¡Aléjense del centro!
¡El Guardián viene…
el Guardián viene…
el Guardián viene!».
Un trueno ensordecedor, que no vino del cielo sino de la tierra, impactó la piedra justo en el centro de la arena.
El suelo se abrió, una grieta colosal que se tragó a la criatura de miasma y a la mitad del ejército restante en un instante.
Segundos después, lo vimos.
De la grieta emergió.
Una figura colosal, se, se alzó hacia el cielo oscuro.
Escamas que brillaban como turquesa y hielo.
Alas membranosas, tan vastas que parecían poder abrazar la montaña entera.
Extendió sus alas, un movimiento majestuoso y poderoso que golpeó el domo mágico invisible.
El domo se hizo añicos.
Se rompió como el cristal, sus fragmentos disolviéndose en el aire.
Aire fresco, puro, entró de golpe, limpiando nuestros pulmones del miasma.
Un Dragón.
El Guardián del Corazón.
Ignorándonos por completo, voló en un círculo sobre la arena.
Abrió sus fauces y exhaló.
No fue fuego.
Fue un rayo de magia pura, un arcoíris de energía concentrada que impactó la torre sur, desintegrándola al instante.
Giró y destruyó la torre este.
Luego la oeste.
Mitigó a la horda restante con un segundo aliento, barriéndolos de la meseta.
Se giró, su enorme ojo reptiliano, grande como una roca, fijándose en la última torre: la norte, la que me había disparado.
Rugió y se abalanzó sobre ella.
Pero la torre fue más rápida.
El cristal blanco brilló con una luz desesperada.
Disparó primero.
Un rayo concentrado de energía de alma.
El impacto fue certero.
Directo en el rostro del Dragón.
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