El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 64
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64: El Fin… 64: El Fin… (Samara) El rayo de energía del alma golpeó al Dragón en pleno rostro.
Un rugido de agonía pura sacudió la montaña, un sonido que partió el cielo.
La bestia majestuosa, el Guardián del Corazón, se tambaleó en el aire, su vuelo volviéndose errático.
Aprovechamos el ataque del guardián furioso.
Su agonía fue nuestra cobertura.
Mientras el Dragón luchaba por mantenerse en el aire, el resto de las criaturas del Coleccionista se detuvieron, sus ojos negros y vacíos mirando confundidos la caída de su enemigo más grande.
«¡Ahora!», rugió Víktor en el vínculo, y nos lanzamos sobre los enemigos restantes.
Diana era una avalancha de furia y formas.
La vi como un relámpago plateado, una Quimera de garras y colmillos, destrozando a los Golems de Hielo con una velocidad imposible.
Víktor, en su forma de Lycan gigante, era un ariete imparable, usando su masa y poder para acabar con las criaturas más grandes, sus garras destrozando las armaduras de los Draugr como si fueran de papel.
Y yo…
yo hice mi parte.
Me concentré en los grupos de Ghouls y las mutaciones restantes.
Sus ojos, negros como el ébano, me miraban sin ver, marionetas sin voluntad.
Me sentía culpable cegando la vida de esas corruptas almas sin voluntad, pero la necesidad era mayor que mi compasión en ese momento.
Abrí la boca y dejé salir mi poder, no el lamento calmante, sino el grito físico, una onda de sonido pura que golpeaba sus cuerpos.
Sentía, a través de mi percepción de Tejedora, cómo sus órganos internos se destrozaban bajo la presión sónica.
Caían en silencio, sus hilos opacos apagándose uno por uno.
La criatura de miasma, esa cosa de podredumbre pura intentó reformarse en el centro de la arena.
Pero el Dragón, en su último acto de furia, exhaló un rayo final de magia pura que la desintegró por completo, limpiando su mancha del mundo.
La batalla terminó en el instante en que escuchamos el suelo temblar.
El Dragón, incapaz de seguir volando, su energía agotada, se estrelló de frente contra la última torre, la torre norte.
El impacto fue ensordecedor, una explosión de piedra y magia.
La torre de obsidiana se hizo añicos.
El Dragón cayó pesadamente a la meseta, inmóvil.
Corrí con cautela hacia la criatura caída.
Sus ojos, antes llenos de furia y poder antiguo, ahora eran grises, opacos, sin vida.
Su enorme cuerpo comenzó a evaporarse, no en humo, sino en finas gotas de magia pura, una llovizna azul turquesa que se esparcía por la arena.
Donde tocaba la piedra manchada por el miasma, la limpiaba.
La magia pura del Dragón devolvía la vitalidad a la montaña.
Miré hacia los restos de la torre.
El cristal blanco, ahora expuesto, brillaba con una intensidad dolorosa.
Estaba lleno con la esencia del Dragón.
La energía azul y turquesa se arremolinaba furiosamente en su interior, comprimiéndose visiblemente.
Y entonces lo escuché.
Mi percepción de Bansheaver captó los gritos de dolor del alma del Dragón, un lamento silencioso y terrible, mientras era absorbido y aprisionado.
El cristal se encogió, convirtiéndose en una esfera no más grande que un balón, que cayó y rodó por los escombros antes de detenerse.
La torre se desmoronó por completo.
El miasma se había ido.
La magia pura del Dragón caído no solo limpió la arena, sino que tocó a los muertos.
Los cuerpos impuros y corruptos de los Ghouls y las abominaciones se disolvieron, convirtiéndose en polvo y desapareciendo del suelo.
Pero fue más que eso.
Mi habilidad de Tejedora me permitió ver el verdadero milagro.
La energía del Dragón golpeó los miles de cristales-prisión que el Coleccionista había dejado en el túmulo.
La magia pura liberó las almas de su interior.
Vi cada hilo —de Licántropo, de Troll, de Banshee — liberarse de su prisión de cristal.
Todos trascendieron en un lúgubre espectáculo de luz, miles de puntos luminosos ascendiendo hacia el cielo nocturno, como una aurora boreal de almas encontrando la paz.
El caos había terminado.
Estaba sola en medio de este cementerio de luz.
Entonces, escuché un gruñido suave.
Víktor se acercó, volviendo a su forma humana.
Traía a Diana en brazos.
Estaba sana, pero inconsciente, agotada por su increíble despliegue de poder.
Él la dejó con cuidado a mis pies.
Yo estaba cubierta de heridas que no había notado, el precio de mis gritos sónicos y los ataques que apenas logré esquivar.
Antes de que pudiera buscar una poción en mi bolso, Víktor puso sus manos sobre mis hombros.
Sentí el calor familiar, su conexión con la tierra fluyendo hacia mí.
Usó la poca magia que le quedaba para curar mis heridas, cerrando los cortes, aliviando el dolor.
Lo hizo hasta que su propia energía, ya agotada por la batalla y su transformación gigante, se consumió.
Lo vi vacilar, sus ojos dorados perdiendo el enfoque.
Cayó desmayado a mi lado.
Y así me quedé.
Sola, despierta.
Me senté en la piedra fría, con los dos amores de mi vida inconscientes a mi lado, viendo el horrible y hermoso espectáculo de muerte y trascendencia.
Observé cómo el último hilo de alma robada encontraba su paz y ascendía hacia las estrellas, como los últimos vestigios de la magia del dragón cubrían el cuerpo de Diana, hasta que el agotamiento finalmente me venció.
Caí dormida sobre la misma roca, vigilando nuestro frágil descanso.
No sé cuánto dormimos.
Lo primero que sentí no fue el frío de la piedra, sino…
calidez.
Y un olor a musgo y tierra mojada.
Abrí los ojos lentamente.
Estaba oscuro, pero no era la oscuridad de la cueva.
Era un techo bajo, hecho de ramas y hojas vivas, entrelazadas sobre nosotras como un capullo.
Me incorporé de golpe, buscando a Samara.
Ella estaba a mi lado, despertando también, y Víktor…
¡Víktor estaba despierto!
Se estaba sentando, mirándonos con alivio.
Pero no estábamos solos.
A nuestro lado, sentado tan quieto como un árbol antiguo, estaba el Leshy.
Fue entonces cuando me di cuenta.
El refugio.
No lo habíamos construido.
Salía de él.
De su cuerpo salían incontables ramas en todas direcciones, tejiendo una choza protectora a nuestro alrededor mientras dormíamos.
Nos pusimos de pie, nuestros cuerpos adoloridos, pero…
vivos.
Fue hasta que los tres estuvimos de pie que las ramas comenzaron a moverse, retrocediendo lenta y suavemente hacia su cuerpo, como si nos estuviera dando permiso para salir.
La luz del sol nos golpeó, brillante y limpia.
La montaña se sentía…
en paz.
Pura.
El miasma, el olor a muerte…
todo se había ido.
—Durmieron por días —dijo su voz baja y protectora, sonando como el crujido de un roble.
Nos había estado protegiendo todo este tiempo—.
Limpiaron la montaña.
Salvaron miles de almas.
—Su mirada de luz brillante pareció posarse en el lugar donde Víktor había caído—.
Pero el precio fue demasiado.
El Leshy extendió su mano de corteza.
Sobre ella descansaba algo.
El cristal del Dragón.
Era el único que seguía lleno, el único que no se había liberado.
Pero había cambiado.
Se había encogido más, ya no era del tamaño de un balón.
Ahora era como una pequeña gema, de un color turquesa tan intenso que dolía mirarlo.
Y el poder…
con solo verlo notabas el poder que guardaba.
Era como sostener una tormenta en la palma de la mano.
Un amargo sabor a derrota lleno mis sentidos por completo.
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