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El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 65

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  4. Capítulo 65 - 65 La Calma Después de la Tormenta
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65: La Calma Después de la Tormenta 65: La Calma Después de la Tormenta (Diana) Estábamos de pie, los tres, sintiéndonos pequeños y golpeados bajo el cielo limpio de la montaña.

El Leshy, que nos había protegido mientras dormíamos, seguía frente a nosotros, su voz tan seca, vieja y llena de paz que siempre me impresionaba.

Había hablado de cómo limpiamos la montaña y salvamos almas, pero también del “precio demasiado” que se había pagado.

Y ahora, en su mano de corteza, sostenía la prueba: la gema del Dragón.

Era lo único que quedaba de la batalla, además de nosotros.

Ya no era una esfera grande, se había encogido hasta ser una joya de color turquesa intenso.

Con solo mirarla, podías sentir el poder que guardaba, como una tormenta embotellada.

El Leshy, con una seriedad increíble, se acercó y le entregó la gema a Samara.

—No puedo permitir que esta gema se quede aquí —dijo, su voz retumbando suavemente—.

El alma del Guardián del Corazón es un faro.

Víktor dio un paso al frente, cuestionándolo de inmediato.

—¿Por qué a nosotros?

¿Por qué no la liberas?

—No tengo los medios para liberar una esencia tan poderosa de una prisión élfica —respondió el Leshy, sin apartar sus ojos brillantes de Samara—.

Y siendo esta la única gema restante de la colección en la montaña, y siendo nada menos que un Dragón, el Coleccionista vendrá por ella.

Mi instinto me dice que estará mejor con ustedes.

Yo quería protestar.

No podía creerlo, estábamos agotados, golpeados…

me sentía derrotada, humillada por todo lo que habíamos pasado.

Víktor casi muere, Samara gastó parte de su esencia vital para traerlo de vuelta, y ahora…

¿teníamos que ser niñeras de una gema de Dragón súper poderosa que el peor villano del mundo quería?

No parecía justo.

Pero…

algo en la gema me llamaba.

Un zumbido bajito, una vibración que sentía en mis huesos.

No era algo malo.

Era…

familiar.

Quería tenerla cerca.

Quería protegerla.

—Sam…

¿puedo verla?

—le pedí, mi voz sonando más suave de lo que esperaba—.

Solo un momento, para mirarla más de cerca.

Samara me miró, quizás extrañada por mi tono, pero asintió y me la pasó con cuidado.

En el instante en que toqué la gema, todo desapareció.

El frío, la montaña, el dolor de mis músculos, Víktor, Samara…

todo se fue.

Ya no estaba en la meseta.

Estaba en un lugar cálido, enorme, como si flotara en el centro de una nube dorada.

Y frente a mí estaba él.

El Dragón.

No estaba muerto.

Su forma era pura luz turquesa, tan brillante que no podía ver dónde empezaba y dónde terminaba.

Era majestuoso.

Sus ojos, grandes como lunas grises, me miraban, y en ellos vi una tristeza tan antigua que me rompió el corazón.

«Pequeña Nextherian», su voz no sonó en mis oídos.

Estaba en mi cabeza, en todas partes, como mil ecos cantando al mismo tiempo.

Hablamos.

No sé cómo explicarlo.

Las ideas simplemente fluían entre nosotros.

Me contó sobre la arrogancia de los elfos, sobre cómo siempre se han sentido la raza superior.

Me contó la historia de su especie, una historia de eones, de cómo los elfos de la Primera Era, los habían cazado por su poder, obligándolos a esconderse para mantener su magia.

Los linajes élficos más antiguos, los que se decían guardianes, usaban prisiones como las del coleccionista de la montaña «Él no colecciona», dijo su voz triste.

«Él consume.

Él encierra la magia para que nadie más pueda usarla, creyéndose su único guardián».

Y entonces, me dejó sentirlo.

Me dejó volar sobre el mundo, yo era él cuando era joven, me mostró los bosques antes de que tuvieran nombre, me dejó sentir el viento puro en mis alas.

Era una criatura increíblemente sabia, poderosa…

y tan terriblemente sola.

No sé cuánto tiempo pasó.

¿Horas?

¿Minutos?

El tiempo no existía allí.

Me dio lecciones de historia, del mundo y de las criaturas, me mostro eones de conocimiento, no podía comprenderlo todo, pero era fascinante.

«Debes volver, pequeña», dijo finalmente.

«Mi esencia está atada a esta prisión, pero tú…

tu eres libre, no perteneces aquí.

Cuida mi corazón.

No dejes que él lo corrompa».

Con la punta de una de sus garras de luz, tocó mi frente.

Un parpadeo.

Y estaba de vuelta.

El frío me golpeó.

Estaba arrodillada en la nieve, con la gema en la mano.

Víktor y Samara me miraban con la cara llena de preocupación.

—¡Diana!

¿Estás bien?

—preguntó Víktor, su voz llena de alarma.

Asentí, un poco aturdida, aferrando la gema.

—Sí…

sí, estoy bien.

—Disociaste por unos segundos, Diana —dijo Samara, tocando mi brazo.

—¿Segura que estás bien?

—No fue nada, Samara…

—me disculpé, intentando ordenar el millón de años de historia que acababa de recibir.

El Leshy, que me miraba con sus ojos brillantes, interrumpió.

—Las mentes más singulares a veces necesitan unos segundos para reajustarse al mundo.

Su compañera, ciertamente, tiene una mente muy singular.

Seguramente todo está bien.

Lo miré, agradecida por cubrirme.

—Así es.

Todo está bien.

El Leshy asintió, satisfecho.

—Deben irse.

El Coleccionista sentirá la destrucción de sus torres.

No tardará en volver.

Usen mi camino.

Tocó la pared de la grieta por la que había llegado, y una abertura apareció, un túnel oscuro que se hundía en la montaña.

Nos guio por el interior, un camino seguro que nos alejaría del peligro de las cumbres.

El descanso en la choza de ramas fue involuntario pero reparador; el viaje por el túnel fue más fácil de lo esperado.

Mientras caminábamos en la oscuridad silenciosa, solo con la luz de la magia de Samara para guiarnos, no pude evitar hablar.

—Era majestuoso —dije en voz baja—.

El Dragón.

¿Se imaginan?

¿Ver uno volar de verdad?

—Me pregunto si todos estarán ocultos en algún lugar —añadió Víktor, su voz era un eco en la oscuridad del túnel.

Pero yo solo podía pensar en una cosa.

—¿Sentiste eso, Sam?

—pregunté—.

Lo que sentimos al verlo caer…

lo horrible que se sintió esta derrota.

Ella asintió, su rostro sombrío.

Habíamos ganado la batalla, pero el Dragón, el verdadero Guardián, había caído.

Y ahora…

ahora su corazón estaba en nuestras manos.

El túnel del Leshy no fue un simple atajo; fue un viaje largo por el interior de la montaña.

Era…

tranquilo.

Protegido.

Después de lo que parecieron horas, el túnel se abrió a un espacio amplio, una cueva espaciosa y seca, iluminada por vetas de cristales pálidos en el techo.

El Leshy, que nos había guiado en silencio, se detuvo.

—Aquí —dijo su voz de corteza—.

Aquí deben montar campamento.

Miré a Víktor.

Podía sentir su impaciencia a través del vínculo.

Queríamos seguir avanzando, solo queríamos salir de esta montaña.

Pero el Leshy era una autoridad que no podíamos discutir.

Obedecimos de mala gana, soltando nuestras cosas al suelo.

Estábamos a salvo, sí, pero nos sentíamos sin rumbo.

El Leshy se quedó en la entrada de la cueva, un vigilante silencioso, dándonos espacio.

Nos sentamos juntos, lejos de él, mientras Víktor empezaba a preparar un pequeño fuego.

Nos quedamos ahí, en silencio.

Estábamos abrazando nuestra derrota: habíamos sobrevivido en la arena, pero la montaña había perdido a su corazón.

Y ahora…

ahora teníamos que empezar a planear o, mejor dicho, solo a pensar en cómo seguir adelante.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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