El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 66
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- Capítulo 66 - 66 El Eco de las Almas
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66: El Eco de las Almas 66: El Eco de las Almas (Samara) La montaña nos concedió dos días de tregua, envueltos en la quietud terrenal de la cueva que el Leshy había tejido a nuestro alrededor.
El tiempo se volvió fluido, medido no en horas, sino en ciclos de sueño reparador y vigilia silenciosa.
Nuestros cuerpos, magullados y rotos por la batalla en la arena, sanaron lentamente, pero el verdadero agotamiento era del alma.
Me desperté en algún momento durante la segunda noche, rodeada por el calor de mis dos amores.
Diana dormía profundamente a mi izquierda, su respiración era un murmullo tranquilo.
Víktor, a mi derecha, estaba inmóvil, pero sentía el latido constante y fuerte de su corazón, un sonido que era un milagro en sí mismo.
Observé, en la penumbra, cómo la luz de los cristales pálidos de la cueva se reflejaba en el mechón plateado de mi propio cabello.
La marca de mi sacrificio.
La prueba de que casi lo había perdido.
Estábamos listos para partir.
Sin un plan fijo, sin un rumbo claro más allá de la necesidad abrumadora de escapar del frío de las alturas, decidimos regresar al pueblo.
Rocagris, con su promesa de muros sólidos y calor de chimenea, se sentía como el único alivio posible.
El Leshy, entendiendo nuestra necesidad sin que la expresáramos, nos guio de nuevo a su sendero oculto.
La caminata de regreso a través de los túneles de la montaña fue una prueba de resistencia completamente diferente.
Fue una larga caminata, poco más de una semana.
El silencio nos acompañaba, denso y pesado.
El único sonido era el eco de nuestras botas sobre la piedra antigua, un ritmo monótono: paso, paso, paso.
La oscuridad era casi total, rota solo por un suave orbe de luz espectral que yo mantenía flotando frente a nosotros, o por el fuego que Víktor invocaba en su palma cuando el frío se volvía demasiado intenso.
Hacíamos escalas para dormir y comer, pero nuestras raciones, recolectadas con tanto esmero, menguaban con una rapidez alarmante.
La carne de jabalí, los peces, los insectos tostados…todo se reducía a migajas.
Cuando finalmente vimos la luz de la salida, coincidiendo con el último trozo de raíz seca, el alivio fue casi doloroso.
Pero el vínculo, nuestra cuerda tricolor reforzada, me transmitía una sinfonía de melancolía.
El silencio prolongado en la oscuridad nos había dado demasiado tiempo para pensar, y nuestros miedos se filtraban constantemente por la conexión.
Diana había estado más callada de lo normal.
Su energía plateada, usualmente un torbellino chispeante de alegría caótica, ahora se sentía contenida, casi opaca.
A través del vínculo, sentía picos de su frustración.
Ella es energía, acción; para ella, esta lenta y oscura caminata después de una derrota estratégica era una tortura.
Habíamos sobrevivido, sí, pero habíamos fracasado.
Habíamos perdido al Dragón.
La derrota era un peso insoportable para ella, y su silencio antinatural era más ruidoso que cualquiera de sus habituales parloteos.
Varias veces intenté enviarle una oleada de calma a través del vínculo, pero ella la rechazaba.
Necesitaba procesar su propia ira.
Víktor, por su parte, estaba sumido en una profunda melancolía.
Yo era la única que podía sentir la verdadera naturaleza de sus pensamientos arremolinados, su esencia roja vibrando con duda.
Cuestionaba la misión misma.
¿Habíamos hecho lo correcto?
¿O nuestra interferencia solo había dañado más la montaña, sacrificando a su Guardián?
A veces, lo sentía tocar las paredes del túnel, su conexión con la tierra sintonizando no con la vida, sino con el dolor de la piedra, sintiendo el vacío que había dejado el Dragón.
Sentí su culpa, la duda de que Ványar nos hubiera enviado a una tarea que, quizás, había estado más allá de nuestras habilidades.
Él, nuestro líder, dudaba del camino que su propio mentor le había trazado.
Y yo…
yo no dejaba de pensar en las almas.
La imagen de esos miles de hilos de luz liberándose de las prisiones de cristal del Coleccionista se repetía en mi mente.
¿Habían trascendido?
¿Habían encontrado la paz?
¿O simplemente desaparecieron en el éter?
Como Tejedora, la incertidumbre de su destino era una espina en mi propia esencia.
Me preguntaba, con un dolor sordo en el pecho, si alguna de esas luces errantes se encontraría con el eco dorado de Alun’diel, dondequiera que ella estuviera esperando.
La montaña, como dijo Víktor, nos había cambiado.
Ver las primeras chimeneas humeantes de Rocagris fue un bálsamo.
El pueblo nos recibió con la misma normalidad ruda que recordábamos.
La vida seguía.
Los humanos, ajenos a la guerra cósmica que se había librado sobre sus cabezas, continuaban con sus rutinas.
Escuchamos a un par de lugareños en la posada hablar sobre la “extraña aurora boreal” que habían presenciado hacía más de una semana.
Una aurora boreal.
Me detuve un momento en la calle embarrada, mirando a un comerciante que regateaba el precio de unas pieles.
Si tan solo supieran.
Si tan solo pudieran concebir que lo que vieron no fue luz en el cielo, sino la agonía y la trascendencia de un Dragón ancestral, y la liberación de miles de almas robadas.
Por un instante, con una intensidad que me dolió, envidié su simpleza.
Estábamos agotados, sucios y emocionalmente vacíos.
Fuimos directo al hotel y tomamos la habitación más grande que tenían.
No hablamos de la misión, ni del Coleccionista.
Solo queríamos una cama blanda y comida caliente.
Y yo, más que nada, moría por algo dulce.
Necesitaba un pastelillo, el más dulce y empalagoso que pudieran hornear en este pueblo de piedra fría.
Algo que pudiera quitarme este persistente trago amargo de la derrota y el fracaso que se aferraba a mi garganta.
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