El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 67
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- Capítulo 67 - 67 La Calma y la Tormenta
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67: La Calma y la Tormenta 67: La Calma y la Tormenta (Samara) Pasamos la mañana siguiente escondidos en la habitación del hotel, y fue una extraña y dolorosa parodia de la normalidad.
Nos atiborramos de los postres que habíamos pedido: pastel de chocolate, helado medio derretido y café recalentado.
Era un intento desesperado de usar el azúcar para borrar el sabor amargo de la derrota que aún se aferraba a nuestras lenguas.
La derrota.
Habíamos sobrevivido, pero no nos sentíamos victoriosos.
Nos sentíamos humillados.
Habíamos sido juguetes en la arena de un lunático, y solo nos salvó una intervención que ni siquiera entendíamos.
Víktor estaba callado, melancólico, su esencia roja vibrando con furia y dolor.
Diana, por otro lado, comía con una frustración casi maníaca, como si quisiera devorar su propia ira.
Su silencio era lo más ruidoso de la habitación.
Tomamos turnos largos en la regadera, uno por uno, dejando que el agua caliente se llevara los últimos restos de la arena: el polvo de hueso, la escarcha del Draugr, el miasma congelado de la Yuki-onna.
El agua nos devolvía la cordura, pero era una cordura frágil.
Por la tarde, finalmente nos aventuramos a salir.
Caminamos por las calles ruidosas de Rocagris, mezclándonos con los humanos.
El olor a herrería y pan recién horneado era un ancla a la realidad.
Diana, necesitando una distracción, nos arrastró a los puestos de los vendedores ambulantes.
Terminó comprando un ridículo sombrero de lana con orejas de oso, y Víktor, siempre práctico, compró una pequeña piedra de afilar.
Yo encontré un pequeño libro de poemas locales en un puesto de segunda mano, cuyas páginas olían a polvo y tiempo.
Al atardecer, el frío nos empujó a la taberna local.
El lugar estaba lleno de vida, un calor ruidoso que contrastaba con el silencio helado de la cumbre.
Pedimos tres cervezas y nos sentamos en una mesa del rincón, dejando que el murmullo de las conversaciones nos envolviera.
Fue entonces cuando una figura se acercó.
Era el Nøkk, el espíritu del agua, en su forma de cazador curtido.
—Forasteros —dijo, su voz áspera como la piedra.
Levantó su jarra a modo de saludo—.
Oí que subieron.
—Lo hicimos —respondió Víktor, su voz grave.
El Nøkk tomó un largo trago.
—La montaña está más tranquila.
Mi manantial…
está limpio.
El agua canta de nuevo.
El monstruo de piedra ya no ensucia las aguas altas.
Les debo una.
—Nos alegra haber ayudado —dije, aunque la palabra “ayuda” se sentía hueca.
El Nøkk nos miró, sus ojos acuáticos entrecerrados.
—Pero está…
vacía.
Algo se fue.
Un poder que siempre estuvo ahí, como el corazón de la montaña, ha dejado de latir.
—Era un Dragón —dijo Diana en voz baja, incapaz de contenerse—.
El Guardián del Corazón.
Vi la sorpresa genuina en el rostro del Nøkk.
—Así que las viejas leyendas eran ciertas.
Un Dragón…
Contempló su bebida, perdido en un pensamiento de eras.
—Su magia permanece.
La sentí caer sobre las laderas, como una lluvia de luz limpiadora.
Pero su cuerpo, su presencia…
la ausencia de ese poder que habitó nuestro mundo desde la Era Antigua es palpable.
La montaña está de luto.
El espíritu levantó su jarra.
—Por el Guardián.
Levantamos las nuestras.
Bebimos en un minuto de silencio reverente por el alma que se había sacrificado por la montaña.
—Gracias por las ropas, por cierto —dijo Víktor, rompiendo el silencio—.
Nos salvaron la vida.
El Nøkk simplemente inclinó la cabeza en reconocimiento.
Terminó su bebida de un trago y se levantó.
—Cuídense, viajeros.
El mal es una sombra que se aferra.
Y ahora, la montaña no tiene corazón que lo detenga.
—Sin más, se marchó.
Nos quedamos bebiendo un rato más, dejando que el alcohol relajara nuestros músculos y, por un momento, nos permitiera olvidar.
El camino de regreso al hotel fue silencioso, el aire frío de la noche nos ayudó a despejar la cabeza.
Caminábamos juntos, hombro con hombro.
Fue entonces cuando sentí el llamado, no en mis oídos, sino directamente en mi mente.
Un susurro plateado en la cuerda tricolor de nuestro vínculo.
«Sam.…» Era Diana.
Me estaba hablando solo a mí.
Mantuve mi rostro impasible, caminando junto a Víktor como si nada.
«¿Recuerdas la noche en la cueva, en la montaña?», continuó, su pensamiento teñido de una timidez que rara vez mostraba.
«La noche en que fui a cazar insectos…
«Lo recuerdo, Diana, me diste un momento a solas con Víktor cuando más lo necesitaba», respondí suavemente en el vínculo.
«¿Puedo…
puedo pedir lo mismo esta noche?».
Su frustración era un zumbido bajo su petición.
«No quiero que te vayas.
Quédate calientita en la habitación.
Yo llevaré a Víktor a otro lugar.
Necesito…
tengo que sacudir esta maldita frustración de mi cuerpo».
Hizo una pausa.
«Por favor.
Deja el vínculo abierto si quieres.
Solo…
préstamelo un rato».
Supe exactamente lo que necesitaba.
Su energía estaba bloqueada por la derrota.
Extendí mi propia esencia a través del vínculo, enviándole una oleada de calma y permiso incondicional.
«Haz lo que tengas que hacer, mi amada Nextherian», le respondí.
«No temas pedir tiempo a solas con él.
Es tan tuyo como mío, y las dos somos suyas.
Es lo hermoso de nuestra relación: comunicación, confianza, respeto».
Le envié una imagen mental de mi propia frustración con el fracaso, y cómo yo me la había tragado con la dulzura de los postres.
«Sé que Víktor y tú conectan de una forma más salvaje cuando se transforman.
Corran, salten, cacen…
lo que sea que necesiten hacer para que estés bien».
Escuché su risita traviesa resonar en mi mente.
«No es exactamente una carrera lo que necesito.
Deja el vínculo abierto…
y lo sabrás».
Llegamos a la puerta de nuestra habitación de hotel.
Antes de que pudiera sacar la llave, Diana me tomó por los hombros.
Me giró hacia ella y, ante un Víktor completamente sorprendido, me besó.
Fue un beso largo, húmedo y apasionado, una transferencia deliberada de esa frustración acumulada.
Sentí un calor increíble emanar de ella.
Víktor se quedó inmóvil, sus ojos dorados muy abiertos, pero noté el leve destello de placer en su mirada.
Le encantaba vernos.
Cuando Diana finalmente me soltó, dejándome sin aliento, se giró hacia él.
—Regresamos en un rato —dijo, su voz ahora más grave, más segura.
Tomó a Víktor de la mano y, sin decir más, se lo llevó por el pasillo.
Él me lanzó una última mirada confundida por encima del hombro, pero entendió que debía ir con ella.
Entré sola en la habitación.
El silencio se sentía diferente ahora.
No era soledad, era espacio.
Tomé el libro de poemas que había comprado esa tarde, me quité las botas y me recosté en la cama, abriendo el vínculo por completo, lista para escuchar la canción que estaban a punto de crear.
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