El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 68
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- Capítulo 68 - 68 La Furia Salvaje
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68: La Furia Salvaje 68: La Furia Salvaje (Diana) Víktor y yo caminábamos juntos, dejando atrás la relativa seguridad de la habitación del hotel.
Samara se había quedado, entendiendo sin palabras que yo necesitaba…
algo.
El vínculo era genial para la honestidad, pero a veces era como tener un altavoz en el alma.
Ahora, solo éramos él y yo, y el silencio de la montaña.
Nos dirigimos hacia la ladera donde, hacía ya una eternidad, habíamos cazado las pieles para el Nøkk.
El aire era frío, pero mi sangre hervía.
La derrota en la cima, la huida por los túneles del Leshy, el peso de la gema del Dragón en nuestro bolso…
todo se sentía como un fracaso.
Como si hubiéramos sido juguetes en la arena de ese maldito Coleccionista.
—¿A dónde vamos, Diana?
—preguntó Víktor.
Su voz era tranquila, paciente.
Esa paciencia, normalmente un bálsamo, hoy me irritaba.
—Solo sígueme, Lycan —dije, tratando de sonar juguetona, pero mi voz salió más tensa de lo que quería—.
Ya lo verás.
Para mi sorpresa, me devolvió la sonrisa.
No una sonrisa completa, pero sí una llena de esa complicidad ciega que había empezado a adorar.
Ese gesto fue como un beso directo en mi corazón.
Él confiaba en mí.
Incluso cuando yo me sentía un caos andante, él confiaba.
Pasamos el recodo donde habíamos visto al Nøkk por primera vez y seguimos bordeando la pared de la montaña.
Unos metros más adelante, encontré el lugar perfecto.
—Aquí es —dije, deteniéndome.
Era un pequeño parche boscoso, protegido por un saliente de roca, completamente oculto de cualquier sendero y de los ojos del pueblo abajo.
Lejos del mundo.
Respiré profundo y puse mis manos en la pared de piedra, sintiendo su frialdad.
Miré a Víktor.
—¿Juntos?
Él entendió de inmediato.
Puso sus manos junto a las mías, su calor contrastando con la roca.
—Juntos —respondió.
Cerramos los ojos.
No necesité invocar la fuerza del oso; el vínculo hizo su trabajo.
Sentí su poder de Lycan, esa conexión profunda con la tierra, fluir hacia mí, y yo le di mi energía adaptable, mi magia de Nexo.
Empujamos.
La montaña gimió.
La piedra cedió.
No estábamos rompiendo la roca, la estábamos…
convenciendo.
Moldeándola.
La terraformamos, empujando hacia adentro hasta crear una cueva profunda, oscura y, sobre todo, nuestra.
Cuando terminamos, estaba jadeando, pero me sentía mejor.
Había usado mi poder.
Había hecho algo.
—¿Serías tan amable, mi querido Lycan, de cerrar la puerta mientras preparo un fuego?
—dije, haciendo una reverencia exagerada.
Víktor soltó una risa breve y canalizó su energía de nuevo.
La roca a la entrada de la cueva se cerró casi por completo, dejando solo unas pequeñas fisuras en la parte superior para que entrara el aire.
Se apoyó de espaldas contra la pared de roca, observándome.
Saqué un poco de leña seca de mi bolso mágico (¡siempre preparada!) y usé un trozo de pedernal para encenderla.
Sentí su mirada recorrer mi cuerpo mientras las primeras llamas comenzaban a brotar.
Sus ojos dorados, intensos, me veían de verdad.
No como la aliada caótica, no como la amiga parlanchina.
Me veía a mí.
Cuando el fuego crepitó, llenando la cueva de un calor anaranjado, me giré para mirarlo.
La frustración que había estado conteniendo todo el día volvió con fuerza.
—Te necesito —susurré, y mi voz se quebró.
Odiaba sonar débil—.
Esta maldita frustración…
este dolor…
no se van.
Lo detesto.
Necesito sacudirme esto, necesito olvidar.
Te necesito a ti.
Tu fuerza.
Te quiero salvaje…
Hice una pausa, buscando las palabras.
¿Cómo explicarlo?
—…no corriendo por el bosque, no adoptando formas animales esta vez…
No sé cómo decirlo.
Víktor se acercó, su rostro lleno de esa ternura que a veces me desarmaba.
Me tomó por los hombros, sus manos grandes y cálidas.
Besó mi frente.
—Solo dilo, Diana.
Lo que necesites.
Estoy para ti.
Su gentileza fue la gota que derramó el vaso.
¡No quería gentileza!
¡Quería fuego!
¡Quería la fuerza que había sentido en él cuando luchaba, la bestia que había aprendido a admirar!
—¡No!
—grité, apartándome de él.
Apreté mis puños.
—No quiero esta ternura.
No soy frágil.
¡No me trates como si fuera a romperme!
Le di la espalda, caminando hacia el fondo de la cueva, Él se quedó expectante.
Saqué las pieles de oso de mi bolso mágico, lanzándolas al suelo para hacer una cama improvisada.
Mi cuerpo temblaba de ira, de necesidad, de no saber cómo pedir lo que mi alma gritaba.
Cuando terminé, me desvestí con furia, arrojando mi ropa al suelo.
La luz del fuego acariciaba mi piel.
Me giré para mirarlo.
Su sorpresa era palpable, sus ojos fijos en mí, recorriendo mi cuerpo desnudo.
Bien.
Al menos estaba prestando atención.
—Víktor…
—dije, y mi voz tembló, no de miedo, sino de una vulnerabilidad cruda—.
Sin transformaciones.
Pero quiero al Lycan.
Quiero su fuerza.
Quiero su intensidad.
Esta noche, no quiero hacer el amor… Quiero…
¡quiero coger!
La sorpresa en su rostro se transformó.
Desapareció la ternura, la confusión.
Sus ojos dorados se oscurecieron, volviéndose casi negros en los bordes.
Vi el cambio.
El Lycan, la bestia dominante que mantenía encadenada bajo capas de control acababa de despertar.
Y estaba mirándome.
Una sonrisa lenta y peligrosa curvó sus labios.
Una sonrisa que no era de Víktor.
Era del depredador.
No dijo nada.
Solo se movió.
Sentí cómo canalizaba su fuerza salvaje.
No para cambiar de forma, sino para alimentar su cuerpo base.
La energía roja, la furia primigenia, brotó de él.
Y entonces, con un gruñido bajo que vibró en mi pecho, desgarró su propia camisa, los botones saltando contra la pared de la cueva.
No se detuvo ahí.
Sus manos fueron a su cinturón, luego a sus pantalones, desgarrando la tela con una impaciencia que me hizo jadear.
Se acercó a mí, no caminando, sino acechando.
Desnudo, poderoso, sus ojos fijos en los míos, una promesa de devorarme.
Y yo…
yo no sentí miedo.
Sentí alivio.
Me arrodillé sobre las pieles, esperándolo.
Me convertí en su presa, tal como quería.
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