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El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 69

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69: Entrega 69: Entrega (Diana) Víktor se acercaba, y no era el hombre que había traído del pueblo.

Era el Lycan en forma de hombre.

La cueva, nuestro refugio improvisado, se sentía de repente más pequeña, cargada de electricidad.

Irradiaba magia, poder y una posesividad tan densa que el aire ardía a su alrededor.

El fuego de la hoguera arrojaba sombras danzantes sobre los músculos tensos de su pecho y sus nuevas cicatrices, haciéndolo parecer aún más salvaje.

Cuando llegó a mí, arrodillada sobre las pieles, no hubo gentileza.

Me tomó con fuerza por el cabello, un agarre firme que no lastimaba, pero que exigía.

Era una orden silenciosa.

Me obligó a devorarlo.

No hubo duda.

Me aferré a sus caderas firmes, sintiendo la tensión de sus músculos bajo mis palmas, y obedecí.

Su sabor era salado y fuerte, la esencia pura de su poder.

Sentí su calor, su fuerza incontrolable, y una ola de alivio me inundó.

Esto.

Esto era justo lo que quería.

La frustración de la montaña, la derrota, el miedo…

necesitaba algo más fuerte para quemarlo todo.

Me sentía vulnerable, sí, pero bajo su dominio, me sentía igualmente poderosa.

Un momento después, tiró de mi cabello con fuerza, un tirón seco que me obligó a levantarme.

Jadeé y me puse de pie, mi cuerpo ya temblando de anticipación.

Vi la lujuria pura en sus ojos; el dorado del Lycan ardiendo intensamente.

Me besó.

Su lengua invadía cada rincón, reclamando mis labios, mi boca y mi ser.

No era el beso tierno de nuestro Lycan; era la marca de la bestia.

Se separó lentamente, su frente presionada contra la mía, mirándome fijamente a los ojos.

Era una mirada con una intensidad que hizo temblar mis muslos, provocando que la humedad escapara de mi entrepierna.

Lo vi hacer un gesto de placer, respirando hondo.

El calor de su cuerpo era un horno.

—Puedo oler tu deseo —dijo respirando cerca de mi oído, y las palabras fueron más parecidas a un rugido que a una frase, era aterrador, era simplemente perfecto.

Me tomó por el cuello, sus dedos rodeándolo, no para asfixiar, sino para guiar, para poseer.

Me empujó con sutileza hacia la cama de pieles.

Me soltó, y en un instante, tomó mis piernas.

Las separó y me jaló bruscamente hacia él por los tobillos.

Sin soltar su agarre, mantuvo mis piernas elevadas, sus manos fuertes aferrándose a mí, buscando el ángulo perfecto.

Y sin preguntar, comenzó la embestida.

Fue cruda, rápida, animal.

El sonido rebotaba en las paredes de la cueva, una mezcla salvaje de mis gemidos, que sonaban más a súplica, y la fuerza del choque de nuestras pieles.

En un instante, me giró.

Me puso boca abajo y se tumbó sobre mí, acorralándome con su peso.

Sentí sus dientes.

Mordió mi espalda, un dolor agudo que se convirtió en un placer desbordado.

Siguió recorriéndome con su lengua, calmando el ardor antes de morder mi trasero.

Se levantó sobre sus rodillas para verme, sentí en el vínculo su mente, buscando el punto perfecto y entonces me azotó con una nalgada.

El sonido fue agudo y seco, y sentí el ardor de su mano en mi piel al tiempo que mis manos se aferraban a las pieles en el piso.

Sabía que dejaría marca.

Arqueé la espalda de forma instintiva, en una mezcla de dolor y placer.

De inmediato, lo sentí dentro de mí, profundo y certero.

Su posesión animal era justo lo que necesitaba.

Mi cuerpo en sus manos se movía a su voluntad.

Después de incontables envestidas, me dio un pequeño respiro.

Se sentó sobre sus talones para mirarme.

Yo jadeaba, me senté frente a él con las piernas intencionalmente abiertas.

Su mirada recorría mi cuerpo, mi piel enrojecida, buscando dónde atacar.

Se abalanzó de nuevo sobre mí.

Esta vez, sus dientes se aferraron a mis pechos, no con suavidad, sino con la posesividad de la bestia.

Sus manos frenéticas recorrían mi piel.

Mis propias manos se aferraron a su espalda, clavando mis uñas, creando surcos en su piel.

Sabía que esas marcas solo avivaban el fuego del Lycan.

Me dejó recostada, él sobre mí, apoyado en sus fuerte brazos, observando…

A través del vínculo, sentí el destello de una idea, una intención.

Un recuerdo de la sala de los ecos, un deseo reprimido desde aquella noche mágica.

—¡Hazlo!

—dije, con tono retador—.

Sentí la intención en tu pensamiento.

¡Hazlo!

¡GRITÉ!

(Samara En la habitación del hotel en Rocagris) Entré en la habitación, tomé el libro de poemas que había comprado esa tarde y me recosté en la cama.

La tranquilidad del hotel era un bálsamo después de la tensión del día, después de aquel momento solemne con el Nøkk.

Abrí el libro, intentando perderme en los versos, pero fue inútil.

La rudeza de la melodía que comenzaba llegaba a través de nuestro vínculo me impedía por completo poder leer.

No eran pensamientos, eran sensaciones puras, crudas.

El vínculo ya no era un susurro; era un grito.

Sentí las mordidas.

El dolor agudo y placentero en la espalda de Diana, en sus pechos.

Sentí los rasguños; sentí sus propias uñas clavándose en la espalda de Víktor.

Sentí la invasión y el deseo.

Era una experiencia tan vívida, tan abrumadora, que mi cuerpo reaccionó sin mi permiso.

Sin notarlo, mis manos ya exploraban mi intimidad.

La calma de la lectura se convirtió en una sinfonía de gemidos ahogados contra la almohada de mi habitación, mi magia me despojo instintivamente de las ropas para poder disfrutar el momento.

Fue entonces cuando lo sentí…

una bofetada.

La sentí en mi propia piel, un eco agudo.

Firme, pero cuidadosa.

Me quedé sorprendida por un instante.

Pero la ola de placer puro que le siguió, el eco de la excitación extática de Diana me hizo entender.

Me hizo desear más.

Cerré los ojos, arrojando el libro a un lado.

Me dejé llevar al son de su canto de furia y placer.

Seguí tocándome con un frenetismo que no conocía en mí, escuchando su ritmo, sintiendo su calor, unida a ellos a pesar de la distancia.

(Diana en la cueva) después de responder a mi reto y dejar enrojecida mi mejilla, el beso que le siguió se sintió como una orden, mi cuerpo se acomodó sin que yo se lo pidiera.

Víktor me sujetó por la cintura.

Yo ya estaba a manos y rodillas sobre las pieles, apoyada en cuatro puntos, con la curvatura de mi espalda invitándolo a seguir.

Él se estaba arrodillado detrás de mí, su cuerpo como una forja irradiando calor.

Lo sentí de nuevo en el vínculo, cómo me miraba con una lujuria increíble, casi venerando mi desnudez, mi cuerpo expuesto ante él, deseando el calor de su piel dentro de mí.

Sus embestidas fueron firmes, profundas, sonoras.

El eco de su poder llenaba la cueva.

Cada golpe era un eco de la nalgada anterior.

El sonido de sus manos impactando mi trasero enrojecido era igual de rítmico que el choque de nuestros cuerpos.

Pero entonces, se detuvo.

El ritmo se rompió.

A través del vínculo, no sentí duda, sino una intención nueva, más oscura, más posesiva.

Su “perversión desatada”.

Una de sus manos, áspera y caliente, se aferró a mi cadera, manteniéndome inmóvil.

La otra…

la sentí moverse.

Sus dedos exploraron con una audacia que me hizo contener el aliento, trazando un camino lento, preparándome, rozando un umbral que nadie había cruzado.

Mi cuerpo se tensó.

Era una mezcla de miedo y una excitación tan aguda que dolía.

«¡Hazlo!», proyecté en el vínculo, una súplica ahogada.

«Sé que lo estás deseando.

Tómalo todo.

¡Hazme tuya de todas las formas posibles!» Sus dedos seguían estimulando el terreno antes desconocido, sentí como se movía, su respiración cálida resoplo en la piel de mi trasero enrojecido, un beso que no fue un beso, y su lengua provoco un gemido de placer como nunca lo había sentido, nacido desde donde nunca lo había sentido.

Se coloco de nuevo de rodillas tras de mí.

Lento…Firme…Me hizo suya de una forma que nunca imaginé.

Mi cuerpo se tensó por completo, un siseo de dolor agudo y placentero escapó de mis labios.

Me aferré a las pieles, mis nudillos blancos.

Era un territorio nuevo, una invasión total.

Confié ciegamente en su control, entregándome a la sensación.

Comenzó con un vaivén suave, cauteloso, dándome tiempo, y sentí cómo ese dolor inicial se derretía, transformándose en una satisfacción pura, más profunda que cualquier cosa que hubiera conocido.

Me relajé.

Y en ese instante, se acabó la sutileza.

El Lycan reclamó su nueva frontera.

Sus embestidas se volvieron profundas, posesivas, un ritmo salvaje que golpeaba el núcleo de mi ser.

Perdí el control.

La frustración de la montaña, el miedo, la derrota…

todo se estaba quemando, purificándose en este fuego.

Ya no pensaba.

Solo sentía.

Grité, mi voz desgarrada, ahogada contra las pieles, una rendición total.

—¡Cógeme!

¡Cógeme!

¡Hazme tuya, Lycan!

El sonido de mi propia voz, de mi entrega absoluta, solo pareció darle más fuerzas.

Lo hacía seguir.

Con cada embestida, con cada golpe de su mano en mi piel enrojecida, me hacía suya.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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