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El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 Capítulo 7 Una última caería
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7: Capítulo 7: Una última caería.

7: Capítulo 7: Una última caería.

(Víktor) La mañana siguiente nos encontró en un cálido enredo de extremidades.

Desperté con el cabello rojizo de Diana haciéndome cosquillas en la nariz y el ritmo tranquilo de la respiración de Samara contra mi espalda.

Por un instante, en la neblina del sueño, solo existió esa paz, esa simple y abrumadora certeza de estar exactamente donde debía.

Con un esfuerzo que se sintió monumental, me desenredé y pedí servicio a la habitación.

Desayunamos en la cama, entre risas y el agradable desorden de platos y tazas, un ritual que se había convertido en nuestra forma favorita de empezar el día.

Mientras apuraba mi café, la realidad de nuestra misión se asentó de nuevo, no como un peso, sino como un mapa que finalmente debíamos empezar a seguir.

—Ya ha pasado una semana —dije, mi voz rompiendo la calma—.

Y creo que ya sanamos por completo.

Este debería ser nuestro último día en el pueblo.

Ambas me miraron, atentas, dejando sus tazas a un lado.

—Iremos en auto hasta el siguiente pueblo, Rocagris, que está al pie de la montaña —continué, trazando el plan en voz alta—.

Ahí descansaremos un par de días antes de subir a pie las montañas del norte.

En nuestra forma base, deberíamos llegar al primer descanso, “El Yelmo de Hierro”, en una semana.

De ahí a la punta del “Colmillo Gris”, donde está el túmulo del coleccionista, es poco más de una semana más.

Hice una pausa, mirándolas a ambas.

—¿Alguna duda?

Samara y Diana negaron con la cabeza al unísono.

La confianza en sus ojos era un ancla más fuerte que cualquier armadura.

—Bien —asentí, sintiendo el rol de líder asentarse sobre mis hombros con una naturalidad que ya no me era extraña—.

En ese caso, iré a cazar de nuevo.

Necesitaremos comida para el camino.

Ustedes consigan frutos y hierbas comestibles en donde sea que decidan entrenar hoy.

Samara se estiró, sus movimientos eran fluidos como los de un gato.

—Iré de nuevo al lago —dijo—.

Puedo conseguir frutos y raíces en la orilla, y quizá algún pescado.

El agua está tranquila, me ayuda a concentrarme.

Diana, que había estado inusualmente callada, miró a Samara.

—¿Puedo acompañarte?

—preguntó, su voz más suave de lo normal—.

El día de ayer con Víktor y mi práctica al atardecer fueron muy agotadores.

Meditar un poco contigo me vendría bien.

Vi la sorpresa en el rostro de Samara, seguida de una ternura infinita.

La idea de que Diana, nuestro torbellino de energía, buscara voluntariamente la quietud era una prueba más de cuánto habíamos cambiado, de cuánto nos habíamos sincronizado.

—Claro que sí —respondió Samara, tomando su mano—.

Vamos juntas.

Después de desayunar, las vi marcharse, caminando lado a lado, sus voces una mezcla de murmullos suaves y risas ocasionales.

Me quedé un momento en la ventana, observándolas.

El vínculo que las unía era una fuerza visible, una calidez que yo podía sentir incluso a la distancia.

Y no sentí celos, ni exclusión.

Solo una profunda y serena felicidad.

Mi propia tarea me esperaba.

El bosque me recibió como un viejo amigo.

El aire olía a pino y a tierra húmeda, y mi conexión con la naturaleza se encendió en cuanto mis pies tocaron la hojarasca.

Esta vez, la caza era diferente.

No era un entrenamiento ni un descubrimiento.

Era un propósito.

Estaba proveyendo para mi familia, para nuestra manada.

Me adentré en la espesura, buscando una presa más sustanciosa.

Cerré los ojos y escuché.

Sentí el latido del bosque, y entre la sinfonía de vida, percibí un rastro de poder y resistencia: un jabalí salvaje, solitario, moviéndose por una ladera a un par de kilómetros.

El viejo instinto rugió, pidiendo una persecución directa, una demostración de fuerza.

Pero lo acallé con facilidad.

La velocidad y la fuerza del Licántropo ya no eran mis únicas herramientas; eran parte de un arsenal mucho más grande y sutil.

Me moví con el viento, mi olor enmascarado por el aroma de las resinas de los árboles.

Sentí la ruta del jabalí a través de las vibraciones en la tierra, anticipando su camino.

No necesité trampas elaboradas.

Un par de lianas estratégicamente colocadas para desviar su atención, un sonido provocado al otro lado del sendero para hacerlo girar.

Fue una danza, un juego de ajedrez con la naturaleza en el que yo no era el rey, sino una pieza más, moviéndose en armonía con el resto.

Cuando finalmente lo acorralé en un pequeño barranco, no hubo una batalla prolongada.

Un solo movimiento, rápido como un relámpago, preciso y letal.

Me arrodillé junto a la imponente criatura.

El vapor escapaba de su hocico en el aire frío.

Puse mi mano sobre su tosco pelaje y sentí el último pulso de su poderosa vida.

—Gracias, hermano del bosque —susurré—.

Tu fuerza nos dará fuerza.

Tu vida continuará en la nuestra.

El ritual ya no se sentía extraño.

Era una necesidad, una parte tan fundamental de mí como el latido de mi propio corazón.

Pasé las siguientes horas preparando la carne, almacenándola cuidadosamente en mi bolso mágico, sabiendo que cada pieza era un día más de energía para nuestro viaje.

El trabajo era duro, físico, pero mi mente estaba en otro lugar.

Pensaba en ellas.

En la sonrisa de Diana, en la calma de los ojos de Samara.

En el peso de la responsabilidad que sentía, un peso que no me aplastaba, sino que me daba un propósito.

El coleccionista de magias nos esperaba en las montañas.

Una entidad que codiciaba nuestro vínculo.

Que venga.

Que lo intente.

Proteger lo que habíamos construido se había convertido en la única misión que me importaba.

Al atardecer, el cuerpo estaba ya cansado, golpeado y un tanto sucio, pero el espíritu en calma.

No podía esperar a ver a mis amores, siempre listas para contarme todo sobre su día en nuestro hermoso ritual de cada noche.

Un momento que sin duda libera el peso de mis hombros, sus voces siempre logran calmarme y llenarme de paz, incluso el torbellino de palabras ocasional de Diana.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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